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Soy cliente del Banco de Finanzas (BDF) desde hace más de una década y he podido comprobar en la práctica cómo, una y otra vez, “mi banco” no sabe tratar a muchos clientes, más bien en múltiples ocasiones nos maltrata, y no simplifica, como dice su lema, sino que nos complica la vida. Mi pequeña empresa tiene dos cuentas corrientes en este banco, y también hemos sido clientes de préstamos que hemos pagado sin ninguna dilación.

Las molestias que ocasiona el BDF son constantes, sistemáticas, como si tuviera un departamento encargado de hacerle la vida a cuadritos a los clientes, y no al contrario, como se supone. Su lema “Simplifícate”, es traicionado con frecuencia. No llevo un registro de todo lo que he tenido que soportar, pero en realidad, ha sido mucho, y mi esposa varias veces me ha preguntado ¿qué me ocurre que no cambio de banco?

No se trata de que sea muy tolerante o que no me importe que me causen frecuentes tensiones y me saquen más canas de las que debo tener, pero no he trasladado las cuentas corrientes a otra institución financiera, quizás sólo por no hacer los trámites burocráticos que ello implica.

Pero debo decir que hay dos excepciones: la primera, cuando recibí una estupenda atención de parte de un oficial de crédito de apellido Brockman, con el que gestionamos el segundo préstamo que hizo Editarte al BDF. Después de un pequeño mal comienzo, fue tan eficiente y cortés, que me quedé asombrado, hasta me hizo sentir un cliente importante, y eso que estoy consciente de los bajos montos de nuestros depósitos.

La segunda excepción la constituye el proceder del actual gerente de la sucursal BDF Edificio Delta, licenciado Óscar Danilo Morales, quien es gentil y amable y con una verdadera vocación de servicio. Por ejemplo, él hizo posible que yo realizara todos los trámites que requerí en un período determinado; y después ha facilitó muchas otras transacciones. Pero lo demás es una oscuridad cenagosa llena de inseguridad e incertidumbre, y hasta con el temor o la incómoda sensación de que algún problema surgirá amenazante en cualquier momento, tal ha sido la extraordinaria capacidad de esta institución de generar molestias y dificultar operaciones básicas. Mencionaré las últimas dos, que son las que recuerdo muy bien.

La más reciente –y es la que me motivó a escribir este artículo—ocurrió el 24 de diciembre. Debo explicar que este comentario lo envié a END a finales de diciembre, y aún no sé por qué no se había publicado. Entonces era más oportuno que ahora. Llegué a la sucursal del Edificio Delta, treinta y cinco minutos antes del mediodía, la hora de cierre en este día especial. Fui directo al mostrador adonde una cajera “fuera de servicio” que realizaba otras actividades internas, y le solicité dos minutas de depósito. Esto también es un problema, porque siempre estuvieron disponibles para el público, pero no desde hace varios meses en que uno debe solicitarlas expresamente. Frente a Metrocentro, por ejemplo, por un tiempo tuve que pedirlas a uno de los encargados de seguridad. Y todavía hay que soportar preguntas, ¿y para qué la quiere? O la indicación en tono de advertencia y no de ayuda amigable: “Si sólo va a depositar en efectivo no requiere minuta”. Ha sucedido que un cajero no tiene minutas, tampoco otro, ni en servicios bancarios, y hay que esperar a que alguien encuentre alguna en algún rincón secreto como si fuera una barra de oro. Qué difícil y engorroso es conseguir minutas.

Hecha esta explicación, ya saben entonces por qué tuve que ir al mostrador a solicitar minutas para hacer dos depósitos, uno en córdobas y otro en dólares. La cajera, a quien conozco, con una sonrisa y palabras amables me las dio. Me retiré a una mesa alargada junto a la pared al fondo a la derecha, para llenarlas, y al finalizar, ingresé a la fila. Todo iba bien desde que entré: pocos clientes, cajera amable que me da las minutas y al ingresar a la línea un saludo amistoso con Juanita Bermúdez, de Galería Códice. El avance no fue rápido porque no todas las cajas estaban operando, pero, ni modo. No llevaba un libro, como acostumbro al prever que haré fila o alguna espera, pero aproveché para escribir anotaciones en mi agenda sobre una reunión que tuve la tarde anterior, durante la cual no consideré pertinente tomar notas. Tengo mala memoria general, pero cuando algo me interesa, es casi fotográfica.

Cuando llegué triunfal ante la amable cajera, había pasado media hora, y el vigilante había enllavado las puertas de entrada. En unos minutos más habría cumplido mi propósito. La muchacha revisaba la primera minuta y los cheques, uno del BDF y dos de otros bancos, cuando se acercó otra empleada y le ordenó que no recibiera cheques de otras instituciones financieras. ¡Increíble! Le dije que eso no podía ser, pero ella me lo reiteró. Intentó explicarme: es que ya vinieron los que se llevan los cheques y como es Navidad no podemos quedarnos con ellos.

¿Por qué demonios no me advirtió al respecto media hora antes la cajera que me entregó las minutas de depósito? ¿Por qué ningún funcionario se acercó a la fila a decirnos que no se podía depositar cheques de otros bancos? Ese es problema del BDF --le dije a la muchacha--, vine en el horario establecido, se trata de una operación rutinaria que nadie anunció que se hubiera suspendido, y por tanto me deben atender. Pero ella se mantuvo en su posición, pese a que le dije que estuve en fila media hora, que eso era más que una mala atención al cliente y todo lo que creí razonable mencionar, eso sí, no le levanté la voz, no utilicé ninguna mala palabra ni pronuncié alguna grosería. En realidad estaba sereno, aunque molesto. Tuve que salir “de mi banco” con el rabo entre las piernas.

La penúltima vez fue también con unos depósitos. Como eran varios cheques, para no repetir el signo de córdobas o de dólares, utilicé las dos rayitas verticales, el símbolo convencional que significa que es lo mismo. El cajero dijo que eso podría confundir, a lo que respondí que no había tales, todo claro como la luz del día, que llamara a su superior para que resolviéramos el problema. Llegó una jovencita con ninguna buena disposición, el cajero le explicó y ella confirmó el veredicto. Le pregunté la razón de su rechazo y me dijo que las dos rayitas verticales podían confundir sobre la cantidad depositada. Entonces, minuta en mano, le demostré que no era posible ningún equívoco, porque además de las cifras por separado de cada cheque, había una sumatoria en números, y ésta también estaba escrita en letras, y que, adicionalmente, en la otra hoja de la minuta, estaban nuevamente desagregadas las cantidades de cada cheque y el total. Vaciló un momento, sólo un instante, pero terca, dijo que no, que volviera a hacer las minutas. Y aunque molesto, las tuve que  volver a hacer.
Por años el BDF ha tenido como lema ”Simplifícate”, pero  a mí muchas veces me ha dicho de manera rotunda y categórica: “Complícate”.

(*) Editor de la Revista Medios y Mensajes.