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Managua fue la primera ciudad en organizar una junta directiva que se encargase de los festejos en honor a Rubén, con motivo de su retorno a Nicaragua, ausente desde abril de 1893. Un tren expreso iría hasta Corinto para recibir y conducir a la capital al artista egregio —informaba El Comercio, el más importante diario del país, con un tiraje de diez mil ejemplares. La integraban Manuel Maldonado, presidente; Hildebrando A. Castellón, vicepresidente; Francisco Huezo, secretario, y tres vocales.

Castellón y Huezo formaron la comisión que llegó el 23 de noviembre de 1907 hasta el vapor norteamericano “San José”, anclado en Corinto. Tras el triunfal recibimiento en León, Rubén visitó a su venerable tía abuela; fue una entrevista sentimental, íntima, florecida de recuerdos. Luego siguió a la estación, rumbo a la capital, donde la corporación había acordado —a iniciativa del síndico Benjamín F. Zeledón— votar la cantidad de 1.500 pesos para los gastos de la recepción que se le hará al señor Darío.

Ovación triunfal
Darío bajó del tren, pero no tocó tierra: fue conducido en hombros desde la estación hasta el Gran Hotel, entre aclamaciones indescriptibles y en entusiasmo rayano en locura. Todas las clases sociales, sin distinción de ningún género, se disputaban la honra de saludar al predilecto de las Musas. Frente a la compañía eléctrica, se leía la siguiente inscripción formada por luces incandescentes: “La compañía de la luz eléctrica, saluda al eximio poeta Rubén Darío”. Ante el clamor del pueblo, Rubén se ve obligado a hablar:

—Pueblo de Managua: la espléndida recepción que acabáis de hacerme la aprecio como un premio a mi vida errante, en persecución del arte supremo y para gloria de Nicaragua; os lo agradezco desde lo más profundo de mi alma. En todas las ciudades donde mi pensamiento ha estado en obra, se me ha ofrecido una hoja de laurel, y ninguna más significativa que la que vosotros me ofrecéis y que guardo como uno de mis mejores triunfos. Os pido que, antes que echar vivas por mí, lo hagáis primero por Nicaragua y después por el general Zelaya.
De pronto, Manuel Maldonado toma la palabra y su verbo comienza a retumbar, diciendo: —Ilustre poeta: Vuestra patria es sagrada para vos, porque ella guarda las cenizas de vuestros antepasados, y porque en ella se meció vuestra cuna al pie de agrestes montañas, arrullada por las brisas de nuestros azules y tranquilos lagos —comenzó su perorata. Darío se limitó a contestar con un piropo: —Para las palabras de oro, para las frases de diamante, con que me ha saludado un gran orador, sólo tengo una palabra: ¡Gracias, gracias, gracias!

En la misma gacetilla se agregaba: En el tren Darío venía sumamente complacido, hablando a ratos de todo, ya con el doctor Castellón, ya con el doctor [Santiago] Argüello, ya con el doctor Juan de Dios Vanegas. El poeta está alojado en el Gran Hotel, y antenoche (el 24 de noviembre) fue recibido por el señor general presidente y obsequiado con una retreta en el Parque Central, a la que concurrió con riguroso traje de etiqueta. El programa de la retreta, o concierto, incluyó una marcha militar, una fantasía, dos valses y una polka.

Vista a Zelaya y obsequio a doña Blanca
Desde luego, el gobernante J. S. Zelaya lo declaró huésped de la nación. Yo nunca había tratado al presidente —escribiría Darío— le conocía por la prensa, por los elogios de sus partidarios, y por los denuestos de sus enemigos emigrados (…) Me encontré con un caballero culto, correcto, serio, afable. A las 10 a.m. de ese mismo día, 24 de noviembre, el doctor Maldonado —en cuya casa se hospedaba Rubén— hizo entrega a la esposa del presidente, Blanca Cousin, de una simbólica pulsera acompañada de un autógrafo del poeta formulado en cortesanas frases elegantes. Se trataba de un acróstico lapidario, según sus palabras; en términos más actuales, de un ejemplo de poesía concreta.

El 7 de diciembre le organizaron una gira en tren de Masaya a Diriamba. De regreso a Managua, se hospedó en casa del ministro de Zelaya, Félix Pedro del mismo apellido. Los capitalinos se congregaban en el parque central. Hernán Rosales lo recordaría: Momento conmovedor y magnético era ver a Rubén Darío, vestido todo él de blanco, paseando por el Parque Central, durante las noches de concierto que daba la Banda de los Supremos Poderes, en unión de su maestro cuando era niño, doctor Felipe Ibarra, y de su protector en la juventud, doctor Modesto Barrios. Atrás del grupo, iba un grupito de jóvenes intelectuales, como haciéndole de pajes.

Edelberto Torres, por su parte, anota y detalla que en los días subsiguientes le brindaron varios banquetes en hoteles y casas privadas. Ricas viandas degustan, pero son más los discursos que oye, todo un ciclo que él cierra con una sola palabra: Gracias. Otra comida importante: la del distinguido colombiano Carlos A. Zubiría y su esposa Julia, educadora de extraordinarias dotes. Después que el sabio Alberto Gámez, dice cosas de sabiduría trascendental, Rubén vence el imperativo de su temperamento, y discurre largamente sobre esos temas que mucho lo tientan y que trata con aticismo en la forma y profundo conocimiento en relación con el fondo. La casa en que están es una escuela que la señora Zubiría dirige, allí está el retrato de Zelaya, y de ahí las palabras que en su honor y de su esposa pronunciaran tanto Gámez como Darío.

Su nombramiento de Ministro en España
Entre tanto los amigos del poeta —Francisco Castro, Luis H. Debayle y Manuel Maldonado— logran que el presidente firme su nombramiento como Ministro residente de Nicaragua en España el 21 de noviembre. Para entonces, Rubén se halla en León, colmado de más homenajes y banquetes, sin faltar la velada del 22 del de diciembre en el Teatro Municipal y su ingreso el 29 a la Academia de Bellas Artes. El hecho en que para el 18 de enero —día de su 41 cumpleaños— se halla de nuevo en Managua, en casa de su amigo Félix Pedro Zelaya. Hasta allí llegan a darle abrazos y apretones de manos. De León recibe un telegrama de Casimira de Debayle que agrada a Rubén de modo particular: Y para usted las rosas de la amistad y los laureles de la gloria.

El joven poeta José T. Olivares, logra departir con Rubén en casa de su anfitrión. Traen a cuento a los hermanos Manuel y Antonio Machado, y a otros escritores españoles. Olivares le pide su opinión sobre Emilio Bobadilla, o Fray Candil, que mucho ha atacado a Rubén, y éste contesta que es porque nunca lo ha citado. Olivares le sigue preguntando, esta vez por el venezolano Rufino Blanco Bombona: —Ese no puede quererme porque estamos en planos distintos —aclara Rubén—. Él es asesino y yo no lo soy, y cree que la poesía se maneja con machete, como la gobernación de Táchira.

Su iniciación masónica y la velada de Managua
El 24 de enero de 1908 es otra fecha significativa de la estadía de Rubén en Managua. La Logia Progreso lo incorpora ese día, en el grado de aprendiz, a la hermandad de los señores de la escuadra y el compás, es decir, a la masonería. La ceremonia se realiza conforme al rito escocés más antiguo y aceptado, siguiendo el tradicional ágape, Rubén les cuenta a sus nuevos hermanos de fenómenos que en él han tenido lugar, de los sueños que ha experimentado y sobre los cuales ha escrito, y de los versos que le han surgido en pleno estado onírico. Padrinos suyos fueron en dicha ceremonia Manuel Maldonado y el español Dionisio Martínez Sanz.

Finalmente, el 2 de febrero se desarrolló el evento culminante en Managua: la velada en la Escuela Normal de Señoritas, dirigida por doña Josefa Toledo de Aguerri. Asistieron Zelaya, su esposa y ministros. El orador de la noche fue Francisco Huezo, pero también recitaron y discursearon Santiago Argüello, Alejandro Bermúdez y Manuel Maldonado. Rubén leyó los versos que había escrito para la primera dama (“A doña Blanca de Zelaya”), y en nombre de la Municipalidad ella le colocó en la solapa la condecoración ofrecida por la corporación edilicia: una lira de oro circundada por una corona de laurel, delicada obra del distinguido orífice nacional Miguel Silva S.

Fidel Coloma, valora la salutación “A doña Blanca de Zelaya” como lo que es: “poema cortesano en que la maestría del poeta se compadece en una erudición elegante y desenvuelta, entre sonriente e irónica”. Para uno de sus oyentes, Lino Argüello, no fue sino un “juguete literario, precioso”. Por su lado, otro testigo —Carlos A. Bravo— pergeñó estas líneas sobre la velada: “Ovación magnífica. Mil espectadores. Derroche de champagne, de luz, poesía y belleza. Darío apareció tres veces y se retiró cargado de aplausos”.

Los números musicales estuvieron a cargo de la Banda de los Supremos Poderes que ejecutó el Himno Nacional (“Hermosa Soberana”) y la Polonesa de Chopin; de María Castro y de su hermano Luis, quienes a cuatro manos tocan el piano Rigoletto de Verdi; y de Luisa Bonilla, quien recitó —al ritmo de una melopea compuesta por el maestro J[osé] I[ndalecio] Hernández— la “Sonatina” de Rubén.

Por último, el bardo leyó su discurso revelando un profundo conocimiento de la actividad política y comercial del país. Habló del movimiento de importación y exportación; se mostró perito en cuestiones de Hacienda y tuvo palabras de gratitud para su Patria, que de modo tan brillante lo acogía en su regreso.