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“No lo hagas ahora”, me dijo hace tiempo un amigo cuando le comuniqué que estaba a punto de dejar uno de esos trabajos magníficos: buen salario, buenas condiciones y muy estable. Pero sentí que tenía que irme. Le pregunté cuál era la diferencia entre hacerlo en ese momento o más tarde. Y se señaló con un dedo la sien diciendo:

“Por la luz. En invierno no es buen momento para lanzarse al vacío. Hazme caso. No hay luz”. Y seguía señalándose la sien. No hacia arriba, ni en círculo. Para él, la luz tenía que ver con lo que pasa en el cerebro.

Debe ser cosa de haber nacido en el sur y haber vivido casi toda la vida en regiones donde la luz es un elemento fundamental, cuya influencia llega, creo, a conformar el carácter de sus habitantes. Últimamente me he encontrado con varios artículos y ensayos en los que se llega a la misma conclusión: que la luz es tan fundamental que es posible que una persona decida una cosa durante el día y la contraria durante la noche, sólo por efecto de la falta de luz. Se han ensayado métodos terapéuticos con la luz y los colores para inducir estados de ánimo. Es de sobra conocido que alguien que pase muchas horas en un establecimiento pintado completamente de color rojo puede volverse más agresivo que el que habita rodeado de azul, verde o blanco. Pero creo que más que los colores, todo ello tiene que ver con la luz.

Hasta no hace mucho, los que analizaban las estadísticas de suicidios en el mundo, hablaban de que el índice de suicidios conocidos era mayor en países nórdicos donde el nivel de vida económico y social era superior al de otros. De inmediato, la conclusión moral y rápida era decir que la riqueza convertía a las personas en seres tan infelices que terminaban por irse voluntariamente de este mundo. Era más feliz ser pobre. Sin embargo, ahora, muchos están convencidos de que uno de los factores que influyen sobre la alta tasa de suicidios en algunos países tiene que ver con la luz, o bien la falta de ella, o bien el exceso de ella. Me parece que no deja de ser una explicación facilona al complejo tema del suicidio.

En Nicaragua, por ejemplo, los índices de suicidios en jóvenes han superado a los de América Central, y eso que es un país con mucha luz. Ya es un grave problema de salud pública. En el resto del mundo, la OMS viene advirtiendo desde inicios del siglo que el aumento de los índices de suicidio es vertiginoso (más de un 60% en los últimos cincuenta años), y la cifra no deja de ser espeluznante: más de un millón y medio de personas lograron quitarse la vida el año pasado. Muchísimas más lo intentaron, veinte veces más. Para el año 2020, se llegará al millón y medio de suicidios. Ya está entre las tres primeras causas de muerte para personas entre los 14 y los 45 años.

Y si lo delimitamos por países, se observa que las tasas de suicidio más altas ocurren en varios países de la antigua Unión Soviética, incluido Rusia y especialmente Lituania. En América Latina, aunque cada año suele variar, el país que suele mantenerse siempre con las tasas más altas es Cuba, junto a la Guayana y Uruguay, mientras que en la región de Centroamérica, es Nicaragua. Según varias publicaciones, hay ciertos datos curiosos. Las estadísticas permiten desgloses variopintos que no siempre son muy fiables. Pero vean, parece ser que las personas blancas se suicidan más que las que no lo son. Que los ateos se suicidan más que los creyentes, y que dentro de los creyentes son los budistas y los cristianos los que cometen más suicidios que los musulmanes, por ejemplo.

Otro dato curioso es que en las cárceles, donde suele haber bastantes suicidios, las víctimas frecuentemente son personas presas que no habían cometido delitos de sangre. En cuanto a los factores que inducen se mencionan los trastornos mentales como la depresión, la esquizofrenia, etc. Y también, la falta de luz o la exposición constante a ella.

Hay un poeta griego del siglo XX, Georges Seferis, que tenía una teoría antirracista. Decía que la humanidad no podía clasificarse en razas, sino en climas, porque la temperatura, la luz, la lluvia o la sequía eran factores más importantes a la hora de definir la identidad de un pueblo. Lo que no cabe duda es que el clima nos afecta bastante en nuestro modo de reaccionar y de enfrentar las horas. A mí me sería muy difícil vivir en un país con poca luz. Tengo un amigo en Estocolmo que me cuenta de su casa. Dice que ha comprado un sistema de iluminación interior mediante el que las paredes del salón cambian de luz durante el día de modo que en los días más oscuros, en su casa, alumbra algo parecido al sol.

El poema de Seferis que mejor define su teoría dice así:

Hace años dijiste:
“En el fondo soy una cuestión de luz”
Y hoy todavía, reclinado
en las anchas espaldas del sueño,
incluso cuando te empapan
en el pecho aletargado de la mar
persigues recovecos donde la oscuridad
se ha gastado y no resiste
a tientas vas buscando la lanza
destinada a traspasar tu corazón
y abrirlo a la luz.
Quizá sea cierto que en el fondo somos cuestión de luz. Que tengan una buena luz el día de hoy.


franciscosancho@hotmail.com