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Daniel Ortega ha vuelto a equivocarse. Para ahogar la convocatoria cívica que hiciera la sociedad civil organizada el pasado 2 de abril en respaldo de la Constitución y las leyes de la república, Ortega recurrió a una diversidad de mecanismos mañosos, que en lugar de servirle y sumarle los “créditos políticos” que busca afanosamente, desde mi óptica le dieron fuerza a las razones que amplios sectores de la población sostienen, en relación con lo abusivo, irrespetuoso, ofensivo, burlesco e irresponsable que se comporta, como presidente de Nicaragua.


Durante una semana creó un ambiente de demostración de fuerzas con fines intimidatorios. Todo ese alarde produjo congestionamientos en muchas calles de Managua, provocando atrasos, más gastos en la movilización de los trabajadores y empleados  y otros efectos que el amigo lector o amiga lectora podrá agregar.
Improvisó un festival de jóvenes en la fecha, hora y lugar donde se llevaría a cabo la concentración cívica que exigiría respeto a la voluntad popular y leyes del país; obligó a la Policía Nacional a autorizar el festival juvenil mencionado, aun cuando los trámites no cumplían en rigor lo que manda la Ley; amenazó a transportistas privados para que no trasladaran a la ciudadanía que desde el interior del país y de los barrios de Managua estaban motivados a ser partícipes de la marcha cívica.


A muchas personas les quedó claro que a Ortega no le importa la vida de los muchachos y muchachas de la autodenominada Juventud Sandinista ni la de otros. El festival mencionado podía haber llenado de luto a muchas familias nicaragüenses, si se hubieran producido choques entre las partes. Nuevamente se pone en evidencia que la vida de la gente no tiene valor para Ortega.
Con las piezas policiales bajo su mando, no solo dieron el visto bueno “a la brava” a la realización del festival improvisado, sino también cerraron las vías y las cuadras que rodeaban los puntos cercanos al lugar al que fue invitada la ciudadanía por organizaciones civiles nacionales.


El sábado 2 de abril, la Policía puso cordones humanos vestido de azul-celeste a lo largo de varias manzanas en el centro de la capital. Era una especie de “estado de sitio”. Ni vehículos, ni civiles podíamos pasar por las calles y aceras donde cotidianamente se transita. El privilegio, el respeto, y los derechos eran para quienes portaban imágenes alusivas a Ortega.


Sin embargo, todo el empeño burlesco y ofensivo fue en vano. La marcha se hizo. Cada una de las personas que llegamos a estar bajo el sol pisando el asfalto de la carretera a Masaya por el sector del Colegio Teresiano, hicimos la marcha que trataban de impedir. Hombres, mujeres; jóvenes y ancianos; gente de diversos orígenes socioeconómicos caminamos muchas cuadras con paso decidido sorteando tanto obstáculo aparecía. Más obstáculos nos ponían, más marcha hacíamos.


Al final, la masiva terquedad patriótica y la astucia de mucha gente se combinaron para llegar hasta “el punto” deseado. Gráficamente diría se trataba de un cuerpo con sus brazos estirados y sus piernas extendidas, tanto así que no había cámara que la pudiera captar y seguramente no hay evidencia gráfica de esas venas de gente que anduvimos buscando la manera de ingresar al lugar de la convocatoria.  La marcha entonces no tuvo forma, pero tenía alma, sangre y una sola razón.


Quiero terminar esta nota haciendo mención de la astucia de una persona anónima que surgió de no sé dónde, pero apareció cuando por tercera vez nos topábamos con la noticia de que la Policía Nacional no nos dejarían pasar. La señora, quizá una vendedora de alimentos por el delantal que llevaba puesto, me llamó aparte, y en secreto, como se va transmitiendo el mensaje que indica por quien no vamos a votar el 6 de noviembre, me dijo:  vayan por allá, métanse al monte y encontrarán una trocha. Por ahí váyanse. Yo les guiaré. Y fue así. Por ahí seguimos y después de unos 45 minutos bien empolvados salimos a la carretera. Éramos tantos que la Policía que tendía el cerco por el lado de la Rotonda Roberto Terán  no se atrevió a poner nuevos impedimentos.


Estoy convencido. Ortega sigue metiendo las patas. No conoce el honor y la astucia de este pueblo. Nunca los ha conocido.