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Cuando decimos que alguien es diplomático, nos referimos a su capacidad para tratar temas difíciles de manera pausada, calmando los desbordes pasionales y los conflictos. Extraordinariamente informado de lo que atañe a las relaciones entre su país y el de asignación. Su comportamiento es cortés, indirecto. Se guarda en el alma sus opiniones antes de exponerlas abiertamente, o las expresa de manera disimulada con circunlocuciones y perífrasis y no se le entiende nada. Puede hablar mucho diciendo poco. Evita la confrontación. Es un excelente negociador. Busca acuerdos mínimos.


Para muchos es tenue la línea entre hipocresía y comportamiento diplomático.  Su estilo puede ser irritante cuando no se trata de profesionales de la diplomacia; pero el funcionario de política exterior será un desbocado si no respeta la etiqueta y emite libremente opiniones sobre el país de destino. Cuando los embajadores se salen de estos causes se ganan la hostilidad de los gobiernos y de amplios sectores de opinión que les reprochan las críticas que hacen al sistema político. No faltará quien pida su expulsión por injerencista y grosero. El otro extremo es el que incumple olímpicamente sus deberes.


De manera que mal haría uno en esperar opiniones francas, cara a cara, de quienes se dedican a cultivar buenas relaciones entre los países, pues su función no consiste en decirnos cómo nos ven, sino en hacernos creer que nos ven como queremos que nos vean. Así hablan más con él o con ella, reciben más información, les cuentan historias que circulan por ahí y les ayudan a hacer su trabajo.


De un diplomático en funciones se espera que oculte a sus anfitriones la opinión que le merecen, que no tiene que ser necesariamente buena. Es más, la probabilidad es que sea altamente negativa.  Pero, ¿cuál es la necesidad de ofender?


Todo lo contrario, es cuando el diplomático transmite a sus autoridades opiniones sobre el país del gobierno en que representa. Entonces, está comprometido a transmitir su versión honesta. Desnuda y sin taparrabos. Basta asomarse a los archivos de los ministerios de relaciones exteriores de cualquier país, para entender que la labor de quienes trabajan en una embajada es formarse opiniones a propósito de funcionarios, políticos, empresarios, intelectuales, acontecimientos, políticas de gobierno, y todo cuanto sea pertinente para que con base en esa información, sus superiores, los responsables de la política exterior, decidan los rumbos a tomar. No es raro que las opiniones sean negativas. Puede ser también que los reportes sean pobres, que estén sesgados o que resulten equivocados; pero el embajador que los elabora no está traicionando la confianza de nadie. Simplemente está haciendo su trabajo.


Todo esto viene a cuento por la desafortunada iracundia de la gente del gobierno contra el embajador de los Estados Unidos Robert Callaham y viceversa.
Los documentos de Wikileaks han revelado acres pareceres de sus antecesores acerca de algunos funcionarios y su evaluación de la política del solar. Hubiéramos querido conocer los informes elaborados por los embajadores nicas que desde luego esperamos también hagan su trabajo, porque si los estadounidenses dicen eso de nosotros, nosotros también tenemos mucho que decir de ellos.


Pero hay funcionarios nuestros que se pasan el tiempo peinando la culebra y no informan nada. No gestionan ayudas de los países amigos, ni promueven proyectos de cooperación. No caminan adelante sino que los sucesos los sorprenden. Ejemplo notable, fue el del diplomático que estaba asignado a Honduras y le pasó de noche el arreglo de estos con los colombianos. Ojalá que no ocurra lo mismo con don Haroldo y venga a enterarse a posteriori de la animosidad de doña Laura.