Jorge Eduardo Arellano
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Silvio, más de veinte años esperamos por vos, más de veinte años cantamos tus canciones, porque son instrumentos de labranza, armas de nuestras batallas, porque nos ayudan a amar el amor y a odiar el odio, porque nos permiten asirnos a la tabla de salvación de nuestra esperanza.

Viniste y nos cantante, un tanto impersonal, pero nos cantante, lamentablemente la mediocridad del consumismo y la comercialización de los organizadores hicieron que tu público se dividiera en tres clases, ironías de la vida. Los de atrás o “los de abajo” no podíamos escucharte, pero nada valió para que evitaran que cantáramos, todas y cada una de tus canciones. El ambiente y la magia que circundaban en el espacio eran fantásticos, sentíamos cómo un rabo de nube nos dejaba el querube, te veíamos a los lejos y, como dice el poeta cubano, ya sin ojos seguíamos viéndote.

Los de antes ya nos somos los mismos; mucho ha cambiado desde tu última visita. Muchos se nos han ido, otros aún quedan, todos aún vivimos una realidad que sigue siendo la misma. Muchos ídolos con pies de barro se nos han caído, muchos mitos se han revelado, la lucha no se hace con las mismas armas, empero, la pobreza es igual o peor, el desamparo persiste, tenemos mayores causas para seguir luchando, tenemos mayores motivos para continuar en pie.

Urge esa canción, no por quien ahora nos gobierne o por aquellos que no nos gobiernan, no por las derechas ni las izquierdas, no por quienes se han acomodado o pretenden seguir luchando. Urge esa canción porque es la reminiscencia de una época, de una realidad, de una esperanza que aun no se agota. Urge esa canción porque aún motiva a Nicaragua el niño sano en la escuela, porque aún el espectro del monte, Sandino, nos observa y nos empuja a partir el hierro caliente, a romper la soga con cebo. Esa canción que un día nos cantante; se la dedicaste a un pueblo, a una causa, a una nación.

Te esperamos tanto tiempo, y te fuiste sin saludar a Nicaragua