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¿Por qué los antiguos guerrilleros, ahora en el poder, terminaron imitando las actitudes de los Somoza contra las libertades públicas y su propia  Constitución? ¿Acaso por defender los recursos que antes fueron del Estado,  y los nuevos negocios, a cualquier costo, incluido el costo institucional para el país, con una ilegal reelección? ¿Ha podido más en su conciencia el gusto por el bienestar material que la nobleza de los principios? ¿Creerán que engañan a la ciudadanía manejándose con el discurso revolucionario, mientras practican políticas reaccionarias? ¿Traicionaron la revolución o se traicionaron ellos mismos?


Ni por cerca se agotan las preguntas que la gente se hace respecto del cambio experimentado por buena parte de los que encabezaron la lucha armada contra la dictadura somocista, y que ahora en el poder, le clonan, copian o emulan sus métodos de gobierno. No se puede responder con exactitud matemática a estas interrogantes, porque en la conducta de los individuos influyen lo económico, cultural, ético, psicológico, moral y otros valores que funcionan de forma desigual en uno y otro individuo, aunque en determinadas condiciones se vuelven comunes para un amplio sector social.


Por eso, y por las razones que afectan toda opinión personal, no pretendo tener las respuestas exactas. Existe la tentación de recurrir al origen de clase para hallar una explicación cercana a la verdad sobre el porqué de la conducta  de los ex revolucionarios en el poder, pero eso no salva de caer en un lugar común. Porque aun siendo cierto, no ofrece garantía absoluta –ni en ninguna medida— de que los individuos, por su origen social, tienen una conciencia revolucionaria ni que, teniéndola, será siempre igual, firme y sostenida.


Hay otros factores, además del origen de clase, que ayudan a formar al revolucionario y su conciencia. Sin pretender darle un orden de importancia a nada, menciono: el estudio, conocimiento y dominio de la teoría social de avanzada, en primer lugar la marxista; la forma en que liga la teoría a su práctica política y social, en la cual no vale aplicarla mecánicamente, como una receta médica o un dogma religioso; su relación con el proceso productivo social, donde se expresan las contradicciones entre capital y trabajo, y qué actitud toma ante ellas; su participación en la lucha organizada de los trabajadores por la justicia social; y su conducta personal dentro del medio social en que vive o ha vivido.


No es todo, pero suficiente para los individuos que tienen una vocación para la actividad social y por la conducción de tal actividad. Pero también sirve para quienes, sin pretender eso, le es útil como ciudadano para tener una orientación espontánea hacia la justicia social. Fuera de los ejemplos citados como factores de formación revolucionaria, hay otros más individuales y tal vez más complejos: el entusiasmo, la emotividad, el interés, la reacción y la conducta ante los problemas sociales. Según sea consciente su actitud –calculada, organizada o planificada—, y con algún análisis de las situaciones a que el individuo se enfrenta a su realidad social, estará menos expuesto a tener reacciones espontáneas, extremas o anárquicas, porque habrá empezado el aprendizaje, no académico, como revolucionario. Luego, ligar esto con la teoría, le pondrá en condiciones no sólo de ser un revolucionario, sino de aprender a serlo mejor.


Después de este intento por explicar algunas causas que forman al revolucionario, aterricemos en nuestro país cincuenta años atrás, cuando los larvados esfuerzos por crear una vanguardia de la revolución  –que, después de varios intentos, resultó ser el Frente Sandinista de Liberación Nacional—, para ver si encontramos las causas de su actual deformación. Empecemos por reconocer que el proceso de formación de la vanguardia político-militar se desplegó en las difíciles condiciones de Nicaragua bajo la dictadura somocista. Sus líderes iniciales, ya tenían una experiencia  política e iniciación ideológica ligada a un partido político considerado marxista; a ellos se les fueron sumando otros con más o menos experiencias similares, hasta llegar a ser y a desempeñar su anhelado papel de vanguardia de las luchas sociales revolucionarias del país, hasta el derrocamiento de la dictadura.


Con la eclosión revolucionaria de 1979, y desde un poco antes, la incorporación a la lucha fue un fenómeno masivo y en medio del entusiasmo de aquella “fiesta revolucionaria”, más la salida a luz pública del Frente, la integración se hizo menos rigurosa, aunque después, ya en el poder, en su estructuración partidaria se discriminó entre militantes de primera y de segunda promoción, dejando a la mayoría en la condición de afiliada. Pero no fue esto lo más importante del fenómeno, sino que: a) los antiguos militantes, aparte de los fundadores, no tuvieron tiempo, espacio ni libertad para su formación ideológica sistemática, sólo tenían nociones generales de marxismo (algunos hasta eran anti marxistas en su forma de de pensar); y b) la gran mayoría de militantes y afiliados no tenía nociones de la teoría marxista y, en consecuencia, se limitaban a recitar las consignas revolucionarias y sus simpatías por los cambios sociales. Debido a los avatares políticos y bélicos de los años ochenta , tuvo mayor peso la participación que la formación.


Hubo otra eclosión, ahora en el interior de los individuos: todo lo acumulado en el ánimo y en la conciencia durante los años de lucha armada, más lo nuevo incorporado en los inicios del poder, comenzó a crearles otra visión sobre el poder y una nueva conducta ante los problemas. Los peligros de la lucha sin más perspectiva que la muerte, endureció el odio hacia los represores; las ansias de libertad; el dolor por la pérdida de compañeros; la incertidumbre sobre la suerte de la familia y la certeza junto a las dudas sobre el momento en que llegaría el triunfo, ocuparon la vida y el corazón las 24 horas en la vida de los combatientes. No hubo lugar para las teorizaciones.


Lo dicho, más la ausencia de una experiencia, aunque fuera mínima, en la lucha política ordinaria o en la lucha ideológica, de la mayoría de los combatientes, no les permitió prepararse debidamente, en ningún sentido, para ejercer el poder y enfrentar sus ignorados y complejos problemas en la paz y en la guerra. Y vino la debacle política, ética y moral dentro de la vanguardia que, cada día y en cada acto personal o colectivo, daba evidencias de agotamiento, desgaste e incapacidad para desempeñar el viejo y añorado papel de auténtica vanguardia revolucionaria.


Llámese “piñata” o como quiera llamarse a la descomposición del Frente, sobre todo a raíz de la derrota electoral del 90, tiene un nombre más contundente: fracaso ético de la revolución. Es que para entonces, ya habían hecho explosión en los individuos con diferentes niveles de responsabilidad en el Frente y en el gobierno, los vicios acumulados durante toda una vida o soterrados bajo las emociones del combate bélico. El manejo casi por la libre del poder; el bienestar material alcanzado con facilidad y la impunidad de los abusos cometidos, acentuó el egoísmo, la ambición, el irrespeto hacia las personas y la legalidad institucional partidaria. Ahora, también contra  la institucionalidad del país.


En pocas palabras, así  se metamorfoseó el sandinismo el orteguismo, el mismo que hoy conocemos y sufrimos, con el culto a la personalidad de Ortega, y todo lo negativo que puede derivarse de un fracaso revolucionario.