•  |
  •  |

Para Fray Alfredo Olochrainn  o.f.m., sacerdote irlandés, religioso sencillo, carismático y comprometido.

El Lunes de Pascua, al concluir la Semana Santa de hace 95 años ocurrió en Irlanda el Levantamiento de Pascua (14/4/1916), principio de su independencia del Reino Unido y de la Constitución de la República, y que algunos han afirmado pudo ser la primera revolución socialista de Europa. Mario Vargas Llosa (Nobel de Literatura 2010), vuelve a aquellos sucesos con su novela biográfica “El sueño del celta”, recreando la vida del emblemático y polémico Roger Casement (1864 – 1916), quien fuera diplomático británico, condenado por la causa del nacionalismo irlandés en el que militó activamente, reafirmando su voluntad de “acabar con tantos siglos de servidumbre”. Fue ahorcado, acusado de traición y espionaje contra la Corona británica en Londres, el 3/8/1916, mientras se desarrollaba la Primera Guerra Mundial.


Casement negoció con Alemania, a pesar de las desconfianzas, el apoyo para la independencia de Irlanda, pidiendo armas para los rebeldes y aprovechando una posible ofensiva militar alemana que inmovilizara el poderío inglés. Fue iluso e ingenuo. Por problemas de coordinación y comunicación entre los disidentes nacionalistas, las armas no llegaron y se realizó el Levantamiento (14 – 30 abril), acción descoordinada y que implicaría un baño de sangre.  Procedente de Alemania, fue descubierto y capturado cuando intentó ingresar al país con la intensión de parar la rebelión.  Producto del frustrado acontecimiento fueron fusilados los principales líderes de los Voluntarios Irlandeses y de otras agrupaciones, detenidos y pasados a los tribunales muchos más.  Aunque el hecho ha sido considerado un fracaso, es indudable que puso la vista mundial sobre la cuestión nacional irlandesa, inició el proceso que llevó a la independencia, constitución y reconocimiento en 1949 de la República de Irlanda (capital Dublín), quedando fuera Irlanda de Norte, (capital Belfast), que continua bajo el Reino Unido, viviendo durante la mayor parte del siglo XX una agitada convulsión.


La novela de Vargas Llosa obliga a reflexionar sobre el colonialismo: “La colonización llega a castrar el espíritu”.  Casement desde su posición diplomática al servicio inglés, se convirtió en un abanderado del nacionalismo y alimentó un espíritu anticolonial desde el reconocimiento de su identidad a partir de su experiencia en el Congo y América del Sur, particularmente en la investigación sobre los abusos y atrocidades cometidos en la Amazonia Peruana por la compañía cauchera Peruvian Amazon Company, de capital británico, comprobando que, entre ambas realidades, “los horrores se repetían con mínimas variantes”, al considerarlos una forma inferior de existencia, “más cerca de los animales que de los civilizados”, consideraban legítimo explotarlos, violarlos, azotarlos, secuestrarlos y matarlos.


En la Conferencia de Berlín (1885), a la que no asistió ningún congolés, “las catorce potencias encabezadas por Gran Bretaña, USA, Francia y Alemania dieron a Leopoldo II de Bélgica, 2.5 millones de kilómetros cuadrados del Congo y sus 20 millones de habitantes para que abriera ese territorio al comercio, aboliera la esclavitud y civilizara y cristianizara a los paganos”.  Fue constituido el Estado Independiente del Congo y el rey belga tomó 250 mil kilómetros cuadrados ricos en caucho, estableció una despiadada explotación de la mano de obra justificando la necesidad de “una fuerza de orden”. Los europeos en general “trataban a los negros como animales sin alma”, era el aporte de Europa “para que salieran del primitivismo”, trayendo como consecuencia un “despoblado paisaje”.  Identificó rasgos comunes entre aquel colonialismo salvaje y el que padecía Irlanda con un colonialismo moderno; al tomar conciencia de sus raíces, encontró “su verdadero yo: el incorregible irlandés”. Se dio cuenta que se equivocó cuando creyó que Europa llegaba a África para “salvar vidas y almas, a civilizar a los salvajes”.  Fue enviado como cónsul británico a investigar las atrocidades, convirtiéndose en “el hombre más odiado del Imperio belga” por el “Informe sobre el Congo” que evidenció los desmanes coloniales.  A pesar de la distinción como caballero inglés, no aceptó de Su Majestad la condecoración Companion of St. Michael and St. George por los servicios prestados en el Congo, argumentando “una afección a  la rodilla que le impedía arrodillarse ante el rey”.


Casement, huérfano, de madre católica y bautizado a escondidas por ella, criado desde niño por parientes protestantes al fallecimiento de su padre, se debatió y finalmente volvió a su inicio católico, religión que se fue identificando como parte inseparable del nacionalismo irlandés. El fervor católico se convirtió paulatinamente en un ferviente patriotismo en la sociedad irlandesa. Casement sintió simpatía por los jesuitas y los franciscanos, “conoció la labor que hacían en los barrios más pobres de Dublín los curas franciscanos. Trabajaban en las fábricas y talleres y vivían en las mismas estrecheces y privaciones que los trabajadores”. Se debatió entre sus creencias religiosas y la homosexualidad prohibida que no le permitió construir una familia como hubiera querido, ni encontrar el amor, solamente refugiarse en encuentros con frecuencia pagados, quedándose después con una profunda desolación.


Alice Stopford, estudiosa de la historia, leyendas irlandeses y del movimiento nacionalista, influyó particularmente en Casement. El trébol verde de tres hojas, que cuenta la tradición  utilizó san Patricio para explicar el misterio de la Santísima Trinidad,  la ausencia de culebras en la isla interpretada como bendición divina, el arpa (escudo de Leinster), el Libro de Kells (Gran Evangeliario de san Columba), el día de san Patricio, patrono de Irlanda (17 de marzo; Fiesta Nacional)  y el de santa Brígida, la segunda referencia del inicio del cristianismo, el gaélico hablado como lengua materna por una minoría de la población, son leyendas y realidades culturales del espíritu irlandés y su origen celta.  La separación de la mayor parte de Irlanda de Gran Bretaña se relacionó al renacimiento de la cultura, volver los nombres nativos a los lugares y aldeas, resucitar las canciones y las viejas danzas, el hilado y el bordado,  hablar su lengua.  Una nación de poetas, cantores, juguetones y alegres bailarines, emprendedores, de artistas y escribanos desde inicios de la Edad Media. Según fray Alfredo O., “los líderes del Lunes de Pascua eran gente buena, maestros, poetas y enamorados del ideal de religión, lengua y patria”.


Joyce innovó la novela con “Ulises” y recreó con sus narraciones dublinesas la ciudad y su gente; Oscar Wilde, autor de “El retrato de Dorian Grey”, el creador de las “Crónicas de Nardia”, C. S. Lewis. Los Nobel de Literatura: el místico poeta William Yeats (1923), “expresión del espíritu de una nación”, Bernard Shaw (1925), de “idealismo y sátira estimulante”, Samuel Beckett (1969), revelando la “miseria del hombre moderno” y Seamus Heaney (1995) de “belleza lírica y profundidad ética”…


Esa nación, estereotipada y reducida por los códigos coloniales, según Thomas Cahill (“De cómo los irlandeses salvaron la civilización”, 1995), pretendían olvidara su aporte a la cultura occidental. En el Siglo V, con la caída de Roma envuelta en su corrupción, crecimiento, expansión y asediada por invasiones bárbaras, fueron destruidos los registros, ampliada la esclavitud, la cultura moría, las bibliotecas eran saqueadas, el oscurantismo se extendía sumergiendo en el caos…  Patricio llegó a Irlanda y adaptando las tradiciones locales, logró evangelizarlos; los cristianos fueron alfabetizados y cultos; monjes y monjas,  tradujeron los clásicos griegos y latinos que se extinguían en el continente barbarizado, la cultura occidental desde los numerosos monasterios fue preservada y con los siglos, a pesar de las invasiones vikingas, los misioneros se expandían hacia Europa; reprodujeron el pensamiento greco latino, judío y cristiano que parecía ahogarse. “Elevaron la capacidad de leer y escribir a la condición de un acto fundamental religioso” y comenzaron a producir y difundir conocimientos y libros.  Favoreció la evangelización, la distancia de Irlanda del centro de poder católico; permitió adaptar la tradición local y la doctrina a la luz de los inicios del cristianismo.  No es casual que el nacionalismo irlandés esté ligado al catolicismo, símbolo de identidad, existe un vínculo estrecho, cultural e histórico, a pesar del desencanto contemporáneo y el descenso masivo a los servicios religiosos, relacionado quizás al “milagro económico irlandés” (1980 – 2000), que sacó al país de la pobreza para ser uno de los de mayor desarrollo humano, pero que ahora sufre los efectos de la crisis económica mundial desde el 2008.

www.franciscobautista.com

Managua, 1/4/2011.