Jorge Eduardo Arellano
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Si desde siempre he sido admiradora, no sólo de su música, sino también de su compromiso revolucionario, Silvio Rodríguez, el domingo pasado, en su concierto, me produjo un infinito respeto a su integridad revolucionaria, al no aceptar cantar: “Canción urgente para Nicaragua”, que a coro desafinado pedían muchos asistentes al cierre del concierto. Amigos y amigas que no fueron al concierto, me han desconcertado con comentarios que han escuchado en taxis y centros de trabajo que denotan tanta ignorancia que da tristeza, sobre “que Silvio no cantó la mencionada canción porque se le olvidó la letra”, otros que expresaron “que mejor ni vuelva a venir”, en fin, no entendieron la intensidad de su mensaje.

Silvio afirmó que en el actual contexto no podría cantar esa canción. Y estoy totalmente de acuerdo, al igual que miles de los que asistimos al concierto. Muchos quieren confundir el proceso vivido durante la revolución, y por el que muchos sandinistas murieron, con la farsa de que el actual gobierno es una continuidad de ese proceso. Nada más infame y lejos de la realidad.

La revolución defendió el derecho humano inalienable de las mujeres, al respetar como derecho constitucional el aborto terapéutico; la revolución rescató el laicismo del Estado; la revolución no tuvo clientes políticos, tuvo ciudadanos comprometidos en hacer una sociedad más igualitaria; la revolución no asaltó los poderes del Estado para beneficio personal de una familia; la revolución no institucionalizó el robo, ni la impunidad, ni fue para hacer ricos a una nomenclatura que al amparo de los sueños de muchos se fue enriqueciendo hasta igualar su capital con los más ricos del país, a los que dijeron combatir. Acomplejados. Qué tristeza, lo que querían era tener lo que los ricos tenían al amparo del latifundio, el analfabetismo y el fomento de la miseria.

Me preocupaba y todavía me preocupa observar cómo muchos amigos campesinos, ex colaboradores históricos de lo que fue el FSLN, sigan engañados acerca de que la familia Ortega defiende sus intereses y representa los sueños de los que murieron antes y durante la revolución. A veces siento que el proceso de desenmascarar a la actual familia Ortega- Murillo nos llevará mucho tiempo.

Pero el domingo 2 de marzo) rescaté mis esperanzas, al sentir que muchos coincidimos con Silvio Rodríguez, quien --no como cualquier cantante comercial para quien lo único que vale es lo que pagó el asistente-- se negó a darle gusto a gente que todavía no acepta que lo que vivimos hoy no es la continuación de la revolución, sino todo lo contrario: estamos viviendo un gobierno de corte ultra-derecha conservadora, pues fomenta la misoginia (odio a las mujeres); se hace acompañar de curas católicos para que “bendigan” cada acto político, institucionalizando e imponiéndonos una sola religión (propio de la época de la inquisición); gobierna para un núcleo cerrado de la sociedad (“clientela política” o consejos del poder ciudadano); asaltó la institucionalidad y el respeto de los poderes del Estado, al crear una mafia en la Corte Suprema de Justicia para gobernar a su antojo, ya que no tiene un ejército como lo tenía la familia Somoza. Es más, en el somocismo muchos guerrilleros sandinistas fueron liberados a través de juicios ganados en una Corte Suprema de corte dictatorial viciada pero que no llega a los extremos actuales, donde la justicia sólo es para Ortega y compañía.

En fin, estoy contenta de que todavía no puedan los seudos-revolucionarios-sandinistas en el gobierno engañar a un cubano que defiende un proceso, que tendrá muchos defectos, pero que no aparecen sus ciudadanos en los índices mundiales de desnutrición, analfabetismo o de muertos por hambre, como sí aparecemos nosotros. Y que no digan los del gobierno que la culpa es de los “16 años de gobiernos oligárquicos”, pues sin ellos ninguna ley ni ninguna política neoliberal pudo ser implementada en ese periodo. Es más, muchos de sus “militantes revolucionarios”, hechos diputados, magistrados, hoy pertenecen a la clase económica dominante.