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Cuando Guillermina Zapata llegó a la rotonda Rubén Darío (Metrocentro), entre la multitud que marchaba blandiendo banderas azul y blanco, escuchó los primeros disparos de armas de fuego. Alzó la mirada en dirección a la Universidad Centroamericana (UCA), a unos 300 metros al oeste, y se quedó paralizada. “Sentí miedo, no pude avanzar, sin saber que en esos minutos mi hijo había muerto; fue uno de los primeros que cayó”, rememora un año después.

Yadira Córdoba recibió una llamada telefónica en su casa del barrio Francisco Meza Rojas, al final de la tarde, mientras reposaba tras un día de trabajo pesado. Orlando, su hijo de 15 años, estaba herido de bala en el hospital Vélez Paiz, le informó una amiga de la iglesia evangélica a la que asiste.

Era el 30 de mayo de 2018, Día de la Madre en Nicaragua. En Managua, la marcha opositora más grande de las últimas seis semanas y también de la última década, culminaba con una masacre porque policías y parapolicías (civiles armados enmascarados) atacaban a balazos a los ciudadanos cuando llegaban al final del recorrido.

Guillermina decidió salir de la zona de Metrocentro, caminó hacia el este, buscando la rotonda Cristo Rey; solo se detuvo para comprar una recarga de teléfono y llamó con insistencia a Francisco, su hijo, sin recibir respuesta.

Los últimos 42 días habían sido violentos en el país. El 18 de abril, turbas progubernamentales agredieron a grupos de ciudadanos en León y Managua que salieron a reclamar por una reforma a la seguridad social. Fue tanta la violencia contra los manifestantes indefensos que ocasionó la rebelión de centenares de estudiantes y pobladores en diferentes ciudades, y la policía empezó a disparar contra los protestantes.

“No me contestaba, yo lo llamaba y mi hijo no me levantaba la llamada; me monté en el primer bus que pasó, cuando en eso me llama mi jefa y me pregunta dónde estoy, porque había muchos heridos y muertos, y le dije que ya iba para mi casa”, recuerda Guillermina.

Yadira Córdoba hizo en la sala de su casa un mural con fotos de su hijo Orlando. Orlando Valenzuela/END

A Francisco Reyes Zapata, de 34 años, lo mataron cerca de las 4:30 p.m. La bala de fusil AK-47, un arma de guerra, fue directa a su cabeza como si un francotirador hubiera jalado el disparador. Él estaba entre la UCA y la Universidad de Ingeniería (UNI), cuando inició el ataque a los manifestantes. En una moto lo llevaron al Hospital Bautista, pero ya nada podían hacer por él.

Algo planeado

El adolescente Orlando Aguirre Córdoba recibió el balazo en el abdomen, estaba en la misma área que Francisco y ocurrió casi al mismo tiempo. Sus compañeros lo llevaron al hospital Vélez Paiz y horas después falleció.

Yadira, su mamá, recuerda que en el hospital los médicos le dijeron que la bala le perforó el hígado, un pulmón y la vía torácica. “Mi hijo iba consciente, iba con vida, a él lo traslada al hospital uno de los muchachos en moto que andaba ayudando a los heridos, y en el hospital tardaron más de media hora para atenderlo. Mi hijo tenía sed, pedía agua porque estaba agonizando, él se estaba ahogando y no me lo atendieron”, afirma.

Al terminar el día 29 de mayo, Nicaragua ya registraba una cifra de 90 muertos, como consecuencia de la represión posterior al 18 de abril. Por eso, las mujeres que habían perdido a sus hijos se unieron para exigir justicia y el movimiento universitario las apoyó con la convocatoria a “La madre de todas las marchas”, una manifestación pacífica que reunió en Managua a centenares de miles de nicaragüenses. Sin embargo, al caer la noche del 30 de mayo había 19 muertos más como consecuencia de los ataques del Gobierno.

En Estelí, León, Masaya y Matagalpa también fueron agredidas a balazos las manifestaciones locales de apoyo a las madres. “Desde que comenzamos a reunirnos en el punto de salida, nos fijamos que había bastante presencia de policías y antimotines. Entre nosotros mismos nos decíamos que tuviéramos cuidado, oramos antes de iniciar la marcha; y como había una contramarcha de los sandinistas, agarramos otra ruta hasta llegar a la plaza”, relata Francisca Machado Dávila, testigo de la represión a balazos ese día en Estelí, al norte del país.

“Colochos”, el héroe anónimo que asistió a heridos en la marcha de las madres. Óscar Sánchez/END

A su hijo, Franco Valdivia Machado, de 20 años, lo habían matado 40 días antes, durante las protestas del viernes 20 de abril, frente al edificio de la alcaldía esteliana.

“La marcha terminó bien, quien la dirigía dijo que nos fuéramos para nuestras casas, todo estaba normal, pero en ese momento comenzó el ataque e interceptaron en el parque a los muchachos que habían participado”, recuerda Francisca.

Ella cree que las agresiones del 30 de mayo fueron acciones premeditadas de la Policía. “Nadie se imaginó que ese día iba a ocurrir esa masacre, pero ellos ya tenían planeado atacar esa marcha que en toda Nicaragua fue exitosa”, comenta.

“El dolor se hizo más grande porque era el Día de las Madres; de hecho, para mí ya era doloroso porque ya no tenía a mi hijo y ese mismo día otras madres quedan sin sus hijos. Es algo inexplicable, muy triste”, expresa.

La última foto

Era miércoles y Orlando invitó a su mamá, Yadira Córdoba, para asistir a la marcha en Managua. Irían con los fieles de la iglesia evangélica del barrio. “Esas palabras resuenan en mi mente, cuando Orlandito me decía: Pobrecitas esas madres, vamos a la marcha a acompañarlas; pero, esa mañana me fui a lavar y vine cansada. Almorzamos juntos y hasta nos tomamos la última foto en la computadora, antes que se fuera”, lamenta.

Cuando ella llegó al hospital, Orlando había expirado. “Me hinqué, le pedí a Dios que me diera fuerza y fortaleza porque eso es una cosa muy dura, es un proceso muy doloroso perder un hijo, de esa manera o de la que sea. Cuando uno tiene un hijo enfermo está preparado psicológicamente, pero que se lo asesinen es duro, no estás preparado mentalmente para eso”, relata.

Poco antes de recibir la llamada con la noticia fatal, Yadira veía por televisión el discurso del presidente Daniel Ortega Saavedra. A unos tres kilómetros de distancia de la rotonda Rubén Darío, en la avenida Bolívar, los simpatizantes del Gobierno estaban concentrados; “una cantada en honor a las madres”, le llamaron a su mitin. Ortega llegó allí a las 4:45 p.m. y a las 5:00 p.m. empezó a hablar desde una tarima.

“Él (Orlando) se fue y yo me acosté, pero me levanté justo cuando el presidente (Ortega) estaba hablando. Recuerdo que en el canal que estaba viendo la transmisión pusieron en la pantalla las dos marchas juntas y el presidente dijo: ‘Nicaragua no es de nadie, aquí nos quedamos’”.

Uno de los tantos heridos en la marcha del día de las madres cerca de la UNI. Archivo/Óscar Sánchez/END

Para entonces, la balacera contra los marchistas opositores ya había ensangrentado la calle cercana a la UCA.

Armas pesadas

Guillermina Zapata, de 66 años, llegó a la rotonda Jean Paul Genie antes de las dos de la tarde, con sus compañeros de trabajo. La multitud se desbordaba; adultos, niños, ancianos, jóvenes. La marcha empezó puntual. Francisco, su hijo, caminaba adelante con amigos recordando a uno de los jóvenes muertos en abril, quien había sido su vecino.

“Cuando yo miraba a las madres que estaban llorando por la muerte de sus hijos, yo decía que no quería pasar por ese dolor; me dolía mirar cómo sufrían, sin imaginarme que a los días yo también iba a estar llorando a mi hijo en una caja”, dice Guillermina un año después.

Le tiemblan las manos, las lágrimas brotan incesantes y con la voz quebrantada repite que en la mañana de ese 30 de mayo, Día de la Madre, su hijo la abrazó y la felicitó por última vez.

Guillermina Zapata, madre de Francisco Reyes Zapata, muestra la bandera manchada con la sangre de su hijo. Archivo/ Nayira Valenzuela/END

Cuando ella volvía a la casa esa tarde, preocupada porque Francisco no respondía las llamadas, se comunicó con otro de sus hijos y este le dijo lo peor. “Me contesta el teléfono llorando y le pregunto: ¿Qué te pasa? Me dice: Mamá, acaban de llamar del Hospital Bautista para decir que Francisco está muerto”.

Además del balazo en la cabeza, Francisco tenía dos heridas más, de charneles, en el tórax y en el corazón, afirma Guillermina. En la redes sociales circularon la misma tarde videos de cuando lo están auxiliando y montando en una motocicleta, desvanecido, para llevarlo al centro médico.

“Jamás pensé que al apoyar a las madres yo iba a tener el mismo dolor. Este dolor no lo vas a comparar con nada; no pensé que ellos iban a poner policías y francotiradores a disparar. Mi hijo fue asesinado en la masacre del 30 de mayo. Era un muchacho sano, trabajador, no era delincuente como ellos dicen”, insiste.

El padre de Francisco Reyes era entonces subinspector de la Policía Nacional, de la que se retiró después que asesinaron a su hijo.

El Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) demostró, con videos, que la Policía Nacional, apoyada por parapolicías hizo un uso desproporcionado de la fuerza y utilizó armamento de guerra, entre estos fusiles AR-15, AK-47, AK-74, fusiles Dragunov y ametralladoras.

El GIEI, que llegó al país el 1 de julio por un acuerdo entre la Secretaría General de la Organización de Estados Americanos (OEA), la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y el Gobierno, investigó los hechos de violencia ocurridos entre el 18 de abril y el 30 de mayo.

La marcha del 30 de mayo del 2018 fue la más grandes en el contexto de crisis. Archivo/Oscar Sánchez/END

Siguió esperando al hijo

Maricruz Bermúdez Medrano, madre del joven Richard Pavón, asesinado el 19 de abril frente a la Alcaldía de Tipitapa, iba en la marcha del 30 de mayo con más de 60 madres que exigían justicia por las muertes de sus hijos. Pavón fue la primera víctima mortal de las protestas ciudadanas iniciadas el 18 de abril de 2018.

“Nosotros estábamos por Metrocentro, cuando inició el ataque. Como era una multitud, nosotros no habíamos llegado a la UCA, pero las personas que iban adelante sí… Seguíamos caminando, los disparos aún se escuchaban, cuando vemos que la gente empezó a correr, a pegar gritos; y como nosotros andábamos con niños, buscamos cómo refugiarnos”, recuerda Maricruz.

Maritza Ruedas Sáenz, abuela materna de Jessner Rivas, el adolescente de 16 años que murió de un disparo en el pecho el 22 de abril, sintió desesperación al escuchar los disparos la tarde del 30 de mayo.

“Yo iba en una camioneta con otras madres, mis hijos iban caminado, cuando empiezan a disparar. Nos resguardamos en la UCA, pero mis hijos no estaban conmigo, yo me quería salir y la gente no me dejaba. Estaba angustiada porque ya me habían matado a mi nieto y me iban a matar a mis hijos también”, rememora.

Jóvenes del barrio Walter Ferreti nombraron “Pepito” a un equipo de futbol en memoria de Jessner Rivas.  Nayira Valenzuela/END

“Yo gritaba que me iban a matar a mis hijos, porque no los veía; gritaba que quería un arma para defenderlos, pero obviamente no iba ser así. Logramos salir por el consulado tico y me trajeron a mi casa, como a las nueve de la noche, y aquí ya estaban mis hijos”, cuenta Maritza todavía con expresiones de intranquilidad.

Yadira y Guillermina se han refugiado en la iglesia y han recibido ayuda psicológica. “Ha sido un año duro, mi vida cambió un cien por ciento; no hay alegría. Quizás hay momentos en que me rio, que platico porque tengo otros hijos, pero por dentro estoy destrozada; esta herida está como que fue ayer. Solo Dios me ha podido mantener en pie”, dice Yadira.

Guillermina ha perdido 30 libras de peso, vive tensa y se ha vuelto más protectora de sus otros hijos. “Me quedó un ataque de nervios, no podían ser las cinco de la tarde y que uno de mis tres hijos no estuviera en la casa porque empezaba a sentir que me ahogaba, pegaba gritos, me sofocaba y los llamaba, pero es algo que he podido ir controlando”.

Francisco era el segundo de cuatro hermanos. “Extraño sus chiflidos, cuando el venía del trabajo o de cualquier otro lado empezaba a chiflar… Meses atrás, yo agarraba una silla y me sentaba horas, el día entero si era posible, frente a la puerta, esperando que regresara, pero la psicóloga me dijo que debía aceptar que él ya no va a regresar”, relata la madre.

“Para mí, no volverá a existir un 30 de mayo, ni para todas las madres que hemos perdido hijos”, comenta. “Un 30 de mayo, el día que celebras, porque te convertiste en madre y que ese día te asesinen a un hijo, eso no tiene nombre”.

Yadira siente algo similar: “Ya no hay nada que celebrar, así cambiaran el Día de las Madres, porque ese día es recordar que me falta un hijo y que fue asesinado por quienes obedecieron una orden del Gobierno. Ellos mancharon sus manos con sangre de jóvenes inocentes”.

Esperan justicia

Maricruz recuerda el ataque a la marcha como “algo cruel, porque en medio del dolor de nosotras y el apoyo sincero de la población, atacaron sin pensar; ahí estuvieron niños, ancianos y no les importó”. 

Uno de los jóvenes que participó en la marcha del día de las madres. Archivo/Óscar Sánchez/END

Maritza manifiesta que “ahora, los jóvenes que nos apoyaron y se solidarizaron con nosotras, las madres que perdimos a nuestros hijos en abril y mayo, se encuentran presos por delitos inventados y esas madres también están sufriendo. El Gobierno ha hecho sufrir a un montón de personas”.

Para Yadira todavía es inconcebible lo sucedido. “Nadie pensó, a nadie se le pasó por la mente que iba a ver una balacera un 30 de mayo; pensé que iban a respetar el dolor de las madres”, dice. 

Guillermina expresa: “En mi vida, nunca se me pasó por la mente que Daniel Ortega y Rosario Murillo masacrarían a los jóvenes. Nunca, nunca hubieran mandado a masacrar una marcha donde había gran cantidad de gente, personas en sillas de ruedas, niños y ancianos”.

Los expertos del GIEI recabaron información sobre una campaña denominada “Plomo”, que circuló en redes sociales en los días previos a la marcha de las madres, con insinuaciones de un posible ataque contra los manifestantes antigubernamentales. “Plomo”, en el lenguaje de los partidarios del gobernante Frente Sandinista (FSLN), significa “patria libre o morir” y “darle plomo (bala)” a sus adversarios. Esa campaña de simpatizantes del Gobierno hablaba de sorpresas para el 30 de mayo, y entre los opositores fue interpretada como una intimidación más para atemorizar a la población e impedir que salieran a marchar.

Testimonios recopilados por el GIEI revelaron que policías vestidos “de celeste”, disparaban desde el techo de la emisora sandinista Radio Ya contra los manifestantes que se replegaban hacia la UCA. Unas cinco mil personas se refugiaron en esta universidad y miles de personas más buscaron protección en la Catedral de Managua y en el centro comercial Metrocentro.

Policías y parapolicías atacan a balazos a ciudadanos, al final de la marcha del 30 de mayo de 2018. Archivo/Óscar Sánchez/END

“No hay perdón, ni olvido… No fueron perros, eran padres, estudiantes; es algo que nunca se va a poder olvidar, por más que quieran manipular la información. Por eso, vamos a llegar hasta lo último demandando justicia para estos crímenes”, sentencia Maricruz Bermúdez.

El GIEI afirma en su informe que en Nicaragua se cometieron crímenes de lesa humanidad. Entre el 18 de abril y el 30 de mayo de 2018 registró al menos 109 personas muertas, más de 1,400 heridos y más de 600 detenidos; y 95 de los asesinados recibieron disparos de armas de fuego en el cráneo, cuello y tórax.

Yadira Córdoba dice estar segura de que algún día podrá ver castigados a los culpables de la muerte de su hijo. “Todo pasará, claro que el dolor de madre no se me va a quitar, pero esta copa amarga va a pasar porque voy a ver la justicia de Dios y la terrenal sobre los culpables de esta masacre”, advierte.

El saldo fatal

La represión del 30 de mayo dejó al menos 19 personas muertas en el país. En Managua, los asesinados fueron Orlando Daniel Aguirre Córdoba, de 15 años; Maycol Cipriano González Hernández, de 34 años; Francisco Javier Reyes Zapata, de 34 años; Jonathan Eduardo Morazán Meza, de 21; Daniel Josías Reyes Rivera, de 25 años; Edgard Isaac Guevara Portobanco, de 38; Kevin Antonio Coffin Reyes, de 22; y Heriberto Maudiel Pérez Díaz, de 25 años.

En Chinandega, los muertos fueron Marvin José Meléndez Núñez, de 49 años; Juan Alejandro Zepeda Ortiz, de 18 años; y Ruddy Antonio Hernández Almendárez, de 34 años.

En Estelí: Darwin Alexander Salgado Vílchez, de 18 años; Dariel Stiven Gutiérrez Ríos, de 20 años; Jairo Antonio Osorio, de 39 años; Dodanim Jared Castilblanco Blandón, de 26 años; Cruz Alberto Obregón López, de 23;  Mauricio Ramón López Toruño, 42 años; y José Manuel Quintero, 28 años.

En Masaya: Carlos Manuel Díaz Vásquez, de 28 años. 

La represión gubernamental a las protestas en Nicaragua ha dejado más de 325 muertos, según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), desde abril de 2018. 

La sangre del hijo

El viernes santo, 19 de abril de 2019, al finalizar el viacrucis penitencial en la Catedral Metropolitana de Managua, Guillermina Zapata recibió una sorpresa. El joven que a bordo de una moto había auxiliado a su hijo Francisco en medio de la balacera del 30 de mayo de 2018, le entregó la bandera manchada con la sangre de este.

“Colochos”, como llaman a este joven que prefiere estar en el anonimato por temor a represalias, buscó ese día a la madre de Francisco. “Yo le había pedido a Dios conocer a este muchacho y darle las gracias por haber ayudado a mi hijo. Cuando nos presentaron en la Catedral, él me abrazó y lloró junto a mí; me entregó la bandera manchada de sangre y me dijo que me pertenecía, que él sabía que algún día me iba a encontrar y me la iba a entregar”, relata Zapata.

“Viví momentos de pánico”

El punto de cierre de la marcha, donde estaba previsto se realizara un concierto y una vigilia, se convirtió en un centro de emergencias para los heridos.

Miles de personas marchaban entre canciones, consignas, puños cerrados, lágrimas, esperanzas y abrazos de solidaridad. De pronto, dejaron de caminar y algunas madres cargaron a sus niños y buscaron desesperadas cómo salir del sector de Metrocentro. Algunos jóvenes, por el contrario, avanzaron y animaron a otros a ir a constatar si había un ataque, para respaldar a quienes encabezaban la manifestación.

En las radios de los vehículos se escuchó la noticia, francotiradores estaban disparando desde el Estadio Nacional de Beisbol Denis Martínez.

Mi misión de retratar a las madres acabó en ese momento. Un impulso me hizo pedir a uno de los jóvenes que me llevara en su moto a la zona de los disparos. De la entrada a la Universidad Centroamericana (UCA) a la Universidad de Ingeniería (UNI), había jóvenes levantando barricadas y otros, decididos, se dirigían al estadio con la intención, decían, de desarmar a los francotiradores.

Caían los primeros estudiantes, con balazos en la cabeza y el tórax. La lluvia de balas continuó y aun así los jóvenes, en grupos pequeños y con morteros artesanales, insistían en acercarse al estadio con la idea de atrapar al menos a un francotirador.

Con el cuarto grupo pude llegar hasta la caseta de un guarda de seguridad del estadio, y entre los sonidos de morteros y consignas escuché una voz que me advirtió: “Quedate ahí, no avancés más… allá arriba están disparando… va bajando por las escaleras”.

Trataba de tomar la mayor cantidad de fotos de las escaleras del estadio, vi a jóvenes rompiendo una puerta, estaban a punto de entrar al estadio, y desde la barricada de la UNI nos llegaron los gritos de festejo porque ya iban a capturar a los asesinos de los estudiantes.

Sin embargo, los disparos sonaron más cerca; se trataba de una emboscada, para que ningún protestante entrara al estadio. Los jóvenes empezaron a replegarse, a huir para salvar la vida, corrían con agilidad.

A mí, tras varias semanas sin el trajín de las caminatas de cuatro kilómetros, me ocurrió lo que menos esperaba: un calambre en la pantorrilla. Viví momentos de pánico, con la vida en un hilo, sintiendo que moriría como tantos jóvenes hasta entonces.

Tenía 10 llamadas perdidas en el teléfono, de mi familia, cuando fui ayudada por un grupo de jóvenes que venía detrás de mí; y justo en la barricada de la UNI, un joven al que antes había fotografiado, me sacó de la zona roja.

Un motorizado que destacaba por sus colochos amarillos gritaba a la gente que abriera el paso; sobre su espalda llevaba un herido grave, con un impacto de bala en la cabeza, la masa encefálica expuesta. Un muchacho casi en shock trataba de taparle la cabeza y mantenerlo con vida, pero los ojos del herido ya estaban en blanco, la cara pálida y un gesto en su rostro, su último suspiro; era una evidencia de que el día de las madres había sido teñido de sangre por los represores del Gobierno.

Eran imágenes fuertes. Los fotógrafos tratábamos de evitar fotos tan crudas, por respeto, pero resultaba difícil en ese momento evadir la saña de la represión. Los heridos seguían llegando, algunos a bordo de la motocicleta conducida por el famoso “colochos”, como ya lo llamaban. Él rescataba a heridos o muertos entre las balas, y cuando podía utilizaba su tiradora de piedras para “repeler” el ataque de fusiles y escopetas.

Caía la noche, los heridos estaban en la intersección de la UCA, una sala de emergencias improvisada. Las madres refugiadas en los patios de la universidad, se acercaron a ver a los heridos, unos en su último aliento, y oraron por ellos.

De todas las coberturas que he realizado durante la crisis sociopolítica de Nicaragua, la más significativa para mí ha sido la del 30 de mayo de 2018. Además de periodista y fotógrafa, soy hija y hermana; y viviendo estas experiencias he podido imaginar y sentir lo difícil y doloroso que es la pérdida de un hijo o un hermano.

Ese 30 de mayo, las calles de Managua por donde circularía la marcha de las madres estaban vestidas de azul y blanco. Los asistentes, centenares de miles, llevaban gorros, banderas y chimbombas con esos colores, los de la bandera nacional, y algunos usaban ropas negras en homenaje a los ciudadanos asesinados desde abril.

Una madre, cargando la foto del hijo muerto, explicó: “Vengo a pedir justicia por mi hijo. Sé que físicamente no está presente, pero su alma y su sangre derramada en las calles piden a gritos justicia y que se acabe la dictadura. No voy a descansar hasta conseguirla”.

Con la colaboración de Nayira Valenzuela