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El sacerdote Erick Alvarado señala los agujeros dejados por las balas en el lienzo con la imagen de Jesús de la Misericordia, y exclama: “¡Es un milagro!” Se acerca más y explica: “Así como Jesús lleva las marcas de la pasión en sus manos, así están esas marcas ahí; son las marcas de todo lo que se ha sufrido en Nicaragua. Esperemos que cosas como esas no vuelvan a ocurrir”.

La pared frontal de la parroquia Jesús de la Divina Misericordia, al sur de Managua, muestra también los orificios de proyectiles de distintos calibres disparados contra el templo hace un año por parapolicías (civiles armados al servicio del Gobierno), cuando intentaban sacar a unos 200 jóvenes manifestantes refugiados allí.

Al aumentar el tiroteo, “el padre Raúl nos bendijo más de cien veces; nos decía que mantuviéramos la fe, que Dios estaba con nosotros y pronto íbamos a salir; consoló a muchos, a todos, porque estábamos viviendo algo muy fuerte”, recuerda Kevin Roberto Solís, entonces estudiante de derecho de la Universidad Católica (Unica).

Era la noche del 13 de julio de 2018. Horas antes los estudiantes habían sido expulsados a balazos de las trincheras de la protesta antigubernamental en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua) y una parte buscó amparo en la iglesia.

“En la madrugada fue lo más duro, todos empezamos a llorar, a llamar a nuestros familiares porque pensábamos que de ahí no salíamos vivos”, relata María Alejandra Castillo García, de 20 años, estudiante de geología que estuvo atrincherada dos meses y cinco días en la UNAN, igual que Solís.

Al amanecer del sábado 14, dos jóvenes habían muerto como consecuencia de la agresión armada a la iglesia: Gerald Vásquez López, de 20 años y estudiante de la UNAN-Managua; y Francisco Flores, de 21 años, estudiante de secundaria que se sumó a la protesta en la universidad.

Jóvenes que se refugiaron en la parroquia vuelven casi un año después a reunirse con el padre Raúl Zamora. Orlando Valenzuela/END

El padre Raúl Zamora, párroco del templo, estuvo ayudando en la tarde a sacar a jóvenes manifestantes de la UNAN, perseguidos por parapolicías.

Los estudiantes controlaban barricadas alrededor de la universidad y ese viernes 13 escucharon la primera ráfaga de balas a las 11:30 de la mañana, en la Rotonda Universitaria. “Fue a quemarropa. De pronto paso una camioneta roja con una moto en la tina y dos hombres, quienes dispararon”, afirma Solís, hoy con 21 años de edad.

Los atrincherados corrieron a alistar morteros artesanales, piedras y bombas molotov, sus armas, pero se les vino encima una caravana de camionetas con decenas de civiles armados que “empiezan a dispararnos y a los segundos perdemos la primera barricada”, cuenta el estudiante.

Los manifestantes son replegados y a las 4 de la tarde los últimos abandonan la UNAN en medio de detonaciones; algunos se ocultan en casas vecinas, otros son ayudados por familiares o amigos que se acercaron a la zona en vehículos y a las 5 de la tarde, un grupo que aún quedaba en el portón frente al parque de la Divina Misericordia, sin saber por dónde huir, es rescatado por el padre Raúl, quien se aparece en una camioneta ondeando la bandera de la Iglesia.

Una bala impactó en el retablo, detrás del altar de la iglesia. Orlando Valenzuela/END

“A mí me tocó acompañar al padre, yo andaba con él, hicimos varios viajes”, dice Jonathan Francisco López González. “El último rescate que hicimos fue a un muchacho que se llamaba Víctor, él fue uno de los gravemente heridos; toda la planta del pie le quedó desbaratada de un disparo y se estaba desangrando”.

Vuelven al refugio

Detrás del altar de la Divina Misericordia, sobre la madera tallada está el impacto de un proyectil de fusil. Los feligreses que llegan a la misa de media mañanaLa imagen de Jesús en la capilla de oración, muestra las huellas de los impactos de balas en la iglesia Divina Misericordia. Orlando Valenzuela/ END del domingo 30 de junio de 2019, la ven y comentan que es inexplicable cómo el plomo de ese disparo llegó hasta allí. A la par, una placa puesta por los sacerdotes explica: “Esta bala incrustada en el retablo, es una evidencia más del ataque que sufrió este templo la noche del 13 y la madrugada del 14 de julio de 2018”.

“A un año de lo ocurrido, le doy gracias a Dios por la experiencia vivida; es dura y todo, pero creo que el señor se vale de todo y nos sirve para crecer como humanos, como sacerdotes. Ver la misericordia de Dios, que pudo morir tanta gente aquí pero sobrevivimos. ¡Es un milagro!”, repite el padre Alvarado, vicario de la parroquia.

María Alejandra calcula que el ataque duró más de 13 horas y una parte de los refugiados permaneció en la casa cural, donde “el padre Raúl estuvo sentado con nosotros”. Ese mismo espacio sirvió como “centro médico” para curar a los heridos que no habían sido trasladados a hospitales.

Durante esa tarde, los estudiantes registraron 15 casos de heridos, tres de ellos de gravedad que aún sufren secuelas físicas.

“Tenemos mucho que agradecerle al padre Raúl; él entró a la UNAN en su camioneta, con mucho valor, con la bandera de la iglesia católica en mano, gritando que no nos mataran. Él logró sacarnos de ahí en su camioneta”, comenta Kevin al entrar de nuevo a la iglesia Divina Misericordia después de 349 días de haber encontrado allí la salvación a su vida.

Mientras caminan dentro del templo, las lágrimas humedecen los rostros de María Alejandra, Kevin y Jonathan; pasan sus manos sobre las huellas de los disparos en las ventanas, como re constatando la dimensión mortal del ataque a que estuvieron expuestos, reconocen los sitios donde estuvieron aquella noche fatídica y luego se detienen en el lugar donde expiró Gerald.

El silencio que ha envuelto este momento de recordación se acaba cuando entra el padre Raúl; y como si fuesen niños, los tres jóvenes corren al encuentro del religioso y lo abrazan, con tanta emoción que las lágrimas brotan una vez más. Él les bendice.

Pláticas con la comisión

Los estudiantes tomaron la UNAN-Managua el 7 de mayo de 2018, después de 20 días de iniciadas las protestas ciudadanas por la reforma a la Seguridad Social que hizo el Gobierno de forma unilateral, recortando las pensiones de los jubilados en 5% e imponiendo otras cargas a los asegurados y empleadores.

Jonathan López explica que al inicio los jóvenes exigían la restructuración del Consejo Universitario y la renuncia de los directivos de la Unión Nacional de Estudiantes (UNEN), a quienes señalaron de corrupción y actuar como brazo opresor del Gobierno. Sin embargo, al morir los primeros jóvenes en las protestas, como consecuencia de la represión, empezaron a demandar justicia, democracia y la salida del presidente del país, Daniel Ortega Saavedra.

Más de dos meses después, a principios de julio, los atrincherados en la UNAN-Managua consideraron devolver este centro, con la condición de que les garantizaran su seguridad personal y que sus demandas fuesen tomadas en cuenta en el diálogo nacional.

Jonathan, quien entonces era vocero de los estudiantes, recuerda que el lunes 9 de julio de 2018 recibieron una carta de las autoridades de la UNAN informándoles que serían expulsados del recinto académico, y él calcula que allí había unos 600 jóvenes en protesta.

El miércoles 11 de julio llegaron a la universidad miembros de la Comisión de Verificación y Seguridad, creada en el diálogo entre la Alianza Cívica y el Gobierno para velar por el cumplimiento de los acuerdos. Llevaban la intención de asesorarles para una eventual negociación de la entrega del recinto.

El jueves 12 de julio, un día antes del ataque de parapolicías y policías contra la UNAN, los jóvenes atrincherados participaron en una asamblea general y decidieron continuar allí, “que aguantarían lo que fuera”, relata el líder estudiantil.

María Alejandra dice que en la mañana del 13 de julio, miembros de la Comisión de Verificación estuvieron persuadiendo a los líderes estudiantiles en la UNAN de desalojar el recinto, y estos insistieron en que se les garantizara “que no habría represalias contra ninguna de las personas que estábamos dentro, ni la expulsión de los estudiantes” de sus cursos en la universidad.

El miedo a morir

Los primeros disparos contra la iglesia ocurrieron a eso de las 9 de la noche del viernes, recuerdan los jóvenes sobrevivientes. El recinto universitario estaba tomado por los parapolicías desde el final de la tarde y los disparos contra el templo procedían del parque de la Divina Misericordia, del edificio alto de una empresa y de la calle que conduce al Club Terraza.

Una de las barricadas de los protestantes, hecha con sacos repletos de arena, estaba en la esquina de la iglesia e impedía el paso a los armados progubernamentales. A las 7:30 el servicio de energía eléctrica fue cortado y el ataque se intensificó, primero contra las barricadas, y sonaba como armamento pesado. “Imaginate que entre 3 y 4 incendios ocurrieron por la fricción de las balas, los transformadores explotaron porque disparaban contra los cables”, recuerda Jonathan.

Los refugiados se escondían debajo de las bancas del templo, lloraban, llamaban a sus familiares, se abrazaban. “Era imposible imaginarse que íbamos a salir vivos de ahí”, cuenta Kevin.

“Hubo un factor que nos hizo tener un déficit de pruebas; desde temprano estábamos bajo ataque y los teléfonos estaban descargados, no había luz y nos cortaron el agua también”, agrega Jonathan.

María Alejandra destaca que a los parapolicías les molestaba oír a los jóvenes cantando el himno nacional; cada vez que eso sucedía, aumentaba la balacera. “También cantábamos diferentes músicas nicaragüenses y cuando nos escuchaban disparaban más seguido, hasta que nos callábamos; luego volvíamos a cantar y disparaban más fuerte”, asegura.

“Sentíamos que íbamos a morir todos, nos imaginábamos que se iban a meter y nos iban a matar a todos”, dice Kevin.

“Se reforzó más la hermandad que habíamos construido en las trincheras, esa unión que había entre nosotros”, afirma María Alejandra. “Hubo un momento en que todos nos empezamos abrazar y a despedirnos”.

Hacen una pausa en la conversación con El Nuevo Diario, para señalar algo que los tres jóvenes recuerdan. Es que les llamó mucho la atención escuchar voces con diferentes acentos entre los parapolicías, y que en ocasiones gritaron “¡Viva Cuba Libre!”

“Nosotros les respondíamos que no queríamos cubanos aquí, que esta lucha era de Nicaragua”, dice Solís.

“Teníamos miedo, nos mantuvimos. En la madrugada ya no teníamos municiones de morteros; ellos seguían rafagueando y nosotros les tirábamos unos cuantos morteros, para que pensarán que todavía teníamos, pero más que todo era una distracción”, cuenta Jonathan.

Dentro de la iglesia había quedado el periodista estadounidense Joshua Partlow, del diario The Washington Post, quien fue rescatado por una misión internacional poco antes de la medianoche. Uno de los sacerdotes salió con una bandera de la Iglesia para entregar al reportero, porque el Gobierno estadounidense había pedido al de Nicaragua que le permitiera salir con seguridad.

Partlow publicó el día 14 en el Post: “Milicias progubernamentales se dispusieron a aplastar la rebelión estudiantil en la universidad, uno de los últimos baluartes de resistencia abierta en la capital. Durante un asedio de 15 horas, unos 200 estudiantes universitarios y otros fueron atrapados por disparos dentro de este pequeño recinto de la Iglesia católica. Dos estudiantes fueron asesinados y al menos 10 resultaron heridos antes de que los principales clérigos católicos pudieran negociar su liberación el sábado por la mañana y escoltar a los estudiantes sobrevivientes a través de las líneas policiales”.

Ese 13 de julio por la tarde, el presidente Ortega, protegido por centenares de policías y acompañado por trabajadores del Estado y simpatizantes de su partido Frente Sandinista (FSLN), realizó la caravana anual de El Repliegue hasta Masaya, ciudad cercada en buena parte por barricadas de ciudadanos en protesta.

El mismo día hubo un paro nacional convocado por la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia, y en las principales ciudades del país estaban cerrados los centros comerciales, mercados y empresas importantes, como presión al Gobierno.

Los estudiantes atacados en la UNAN desde el mediodía aseguran que los parapolicías les dispararon con armas de guerra: carabinas, AK47, ametralladoras, dragunov y un RPG-7 con el que botaron barricadas.

“Hay videos que muestran los tipos de armas con los que nos atacaron. Eran demasiados, incluyendo las turbas, solo que andaban uniformados y con chalecos… Nos empiezan a tirar y vemos que vienen con todo, a los 50 metros de la primera barricada que perdemos tenemos otra y quedamos frente a frente con un grupo de los atacantes, y con lo que teníamos nos defendimos. Todos los chavalos prácticamente abandonaron los portones. El ataque fue brutal”, relata Kevin.

A las 4 de la tarde, los manifestantes evacuaban la universidad. Los parapolicías “ya habían entrado a la UNAN, veníamos corriendo por todo el recinto, se abandonaron puestos médicos, suministros, todo; todos corríamos por resguardar nuestras vidas”, recuerda.

María Alejandra explica que cuando los últimos jóvenes llegaron al portón frente al parque Divina Misericordia, a las 5 de la tarde, “empiezan nuevamente los tiros; la mayoría de mujeres ya estaba en la iglesia, muchos fueron evacuados a otros lugares, los heridos llevados al hospital Vivan Pellas y al Bautista, y habitantes del residencial Villa Fontana prestaron sus casas para resguardarnos”.

Balazos certeros

Gerald Vásquez López, a quien los amigos llamaban El Chino, murió dentro de la parroquia Divina Misericordia. Francisco Flores, El Oso, como le decían sus compañeros de protesta, murió desangrado junto a la barricada ubicada en la esquina de la iglesia.

Calculan que Francisco fue herido a eso de las 3 de la mañana, porque a esa hora lo vieron la última vez, y a las 5:00 am divisaron un cuerpo que resultó ser él. “Recibió dos disparos, uno en la cabeza y otro en la espalda. El Oso era uno de los que estaba al frente de la barricada, murió con el mortero en una mano y en la otra tenía el chispero”, precisa María Alejandra.

Karla Vanessa González, prima de Francisco, dice que él se unió a las protestas antigubernamentales el 22 de abril y se atrincheró en la UNAN desde el 7 mayo.

“Hasta perdió su trabajo por apoyar la lucha de los chavalos, a pesar de que no era estudiante universitario; estaba cursando su primer año de secundaria y deseaba estudiar una carrera profesional”, cuenta Karla a El Nuevo Diario.

La mamá de Francisco murió de un cáncer cuando él tenía 6 años. Fue criado por su abuela materna, igual que sus 4 hermanitos. Trabajaba desde los 14 años de edad, motivo por el que abandonó los estudios, pero a inicios de 2018 los retomó.

“Estaba estudiando sabatino cuando se unió a las protestas, y haber estado en la UNAN lo motivo a profesionalizarse. Jamás pensamos que lo iban a matar, siempre estuvimos en comunicación con él, pero ese día del ataque se le quedó su teléfono; de ahí no supe más de él”, dice Karla.

Gerald andaba colgada del cuello una bandera de Nicaragua, se levantó para hacer un disparo con el mortero desde la barricada y recibió un tiro en la frente, relata Kevin.

Padre Erick Alvarado, vicario de la parroquia Jesús de la Divina Misericordia.O. Valenzuela/END

Recuerda que era un poco después de las 5 de la mañana, cuando “de repente cayó, tenía una bala en la frente y todos empezaron a gritar: ¡Mataron al Chino! ¡Mataron al Chino!”.

María Alejandra, quien se hallaba en la casa cural, escuchó que afuera gritaban: ¡Médico! ¡Médico! “Estábamos sentados, cuando entran los chavalos cargándolo; decían: ‘den espacio, den espacio’ y pusieron el cuerpo de Gerald en una mesa”.

“Los médicos hicieron todo lo posible por salvarle la vida, lo canalizaron, lo reanimaron; entró botando mucha sangre, ya estaba agonizando, pero no se pudo hacer nada”, lamenta la joven, quien en las trincheras de la UNAN estuvo a cargo de la logística.

La mamá de Gerald, Susana López, expresa: “Dios le regaló unos minutos más porque ese disparo fue certero, directo, fulminante; pero Dios le dio la oportunidad de estar respirando por unos momentos y despedirse de sus compañeros”.

Susana López, madre de Gerald Vásquez

A Gerald le gustaba bailar folclor y solía animar a sus compañeros en los momentos difíciles en las barricadas. “Eran como las 6 de la mañana cuando murió; fue un momento horrible, todos empezamos a llorar, hasta el doctor porque él tenía la esperanza de salvarle la vida. Fue algo muy traumático, todos nos descontrolamos”, dice María Alejandra al recordar las escenas mientras visita la iglesia casi un año después.

“Ver morir a dos amistades, no es fácil”, enfatiza Kevin.

Mientras conversa con El Nuevo Diario, Susana alza un poco la voz y afirma: “La orden era matar, la mayor prueba de eso está en las marcas de la iglesia. Mi hijo tenía un futuro por delante, era un chavalo con metas y sueños y me arrancaron la vida de la noche a la mañana”.

“Tengo fe en que habrá justicia, la muerte de Gerald y de las demás personas asesinadas, no va a ser en vano”, insiste Susana.

Perseguidos y encarcelados

Antes de las siete de la mañana del sábado los disparos disminuyeron y una camioneta se acercó a la parroquia. A bordo, el cardenal Leopoldo Brenes, arzobispo de Managua, y el nuncio apostólico Waldemar Stanislaw Sommertag, quienes habían negociado con el Gobierno la salida de todos los refugiados en el templo.

“Entra una camioneta y todos nos asustamos porque no sabíamos cómo avanzó, pensábamos que nos venían a matar; pero, de pronto sacaron una bandera de la Iglesia. Todos los que estábamos en el parqueo nos quedamos viendo, estábamos en shock, nos pusimos de rodillas a llorar”, recuerda Kevin.

Pronto arribaron los buses en que los manifestantes fueron trasladados a la catedral, una caravana custodiada por los obispos y representantes de organismos internacionales, entre estos la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), la Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos y la Organización de Estados Americanos (OEA), que esa misma mañana emitieron comunicados de condena al ataque a la parroquia.

Después de haber estado en varias casas de seguridad, en distintas ciudades, María Alejandra Castillo y Kevin Solís fueron capturados por la Policía Nacional el 23 de septiembre de 2018, a las 5:30 de la mañana en una vivienda en Managua.

“En la casa estábamos nueve, nos llevaron a El Chipote (cárcel) y nos acusaron de forma grupal”, relata Kevin, quien fue condenado por un juez a 5 años de prisión por portación ilegal de armas, secuestro y entorpecimiento a los servicios públicos. Sin embargo, fue excarcelado el 5 de abril del 2019 como parte de los acuerdos del segundo diálogo nacional.

A María Alejandra la acusaron de los delitos de terrorismo, portación ilegal de armas y entorpecimiento de los servicios públicos.

“Me dan libertad el 20 de octubre del año pasado (2018) porque, producto de las golpizas que me daban en El Chipote estuve internada en el hospital. Del hospital salí el 23 de octubre, directo a una casa de seguridad”, confiesa María Alejandra.

Jonathan López fue capturado el mismo 23 de septiembre, a las 9 y 20 minutos de la mañana, en un supermercado del barrio Waspam Sur, Managua.

“Yo andaba con un amigo en el súper, cuando se metieron a sacarme, llegaron 4 camionetas y alrededor de 10 motorizados. Me llevaron a la laguna de Tiscapa y me dijeron que si no cooperaba, iba a ser la última vez que miraría Managua, que me iban a tirar de cabeza”, afirma.

Jonathan fue condenado a 5 años y 9 meses de prisión, por los delitos de secuestro simple, amenazas, portación ilegal de armas, secuestro y entorpecimiento a los servicios públicos. Estuvo 56 días detenido en El Chipote y más de 6 meses en la cárcel La Modelo. Fue excarcelado el 20 de mayo de 2019.

Francisco Flores, muerto durante el ataque a la iglesia Divina Misericordia.

María Alejandra enfatiza hoy en que “solo queremos un país libre, democracia, justicia, que Nicaragua vuelva a ser república”.

“Si nos tocara volver a atrincherarnos, lo volvemos hacer; estamos en la calle y seguiremos en las calles”, añade Jonathan.

Kevin admite que perdió a su familia, porque sus padres y hermanos están a favor del Gobierno y desde abril del año pasado no tiene comunicación con ninguno de ellos.

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“No importa”, se reconforta el joven. “Gané una mejor familia, que no me ha dejado en ningún momento. Tal vez, mi mamá y mi papá no me llamaron mientras estuve secuestrado, pero mis hermanos de lucha nunca me dejaron, son leales y grandes”.

El Gobierno ha acusado de “terroristas” a los jóvenes que se refugiaron en la iglesia Divina Misericordia; y uno de los militantes destacados del Frente Sandinista (FSLN), Edén Pastora Gómez, al referirse a este caso dijo a la televisora Canal 10 que “la Policía no disparó a un edificio religioso, disparó a un edificio donde estaba una porción de vándalos”.

“Y si se metieran al Vaticano, se le hubiera disparado al Vaticano”, enfatizó Pastora, un excomandante guerrillero muy cercano al presidente Ortega.

El cardenal Leopoldo Brenes, haciendo una comparación histórica, recuerda que en 1979 un grupo de jóvenes del FSLN, entonces una guerrilla que intentaba derrocar con armas al presidente Anastasio Somoza Debayle, se tomaron la parroquia de Santiago, en Jinotepe, y nadie la atacó.

“Yo era uno de los vicarios de Santiago, hoy son otras situaciones… La orientación del Santo Padre es que nuestros templos tienen que estar abiertos y ser prácticamente hospitales de campaña y nosotros siempre abrimos las iglesias; las abrimos en el año 79, 81 y en el 84, cuando se andaba capturando a los jóvenes para llevarlos al servicio militar”, explica el arzobispo.

“Yo era uno de los vicarios de Santiago, hoy son otras situaciones… La orientación del Santo Padre es que nuestros templos tienen que estar abiertos y ser prácticamente hospitales de campaña y nosotros siempre abrimos las iglesias; las abrimos en el año 79, 81 y en el 84, cuando se andaba capturando a los jóvenes para llevarlos al servicio militar”, explica el arzobispo.

El sacerdote Erick Alvarado reflexiona sobre lo sucedido la noche del 13 de julio de 2018 en la Divina Misericordia: “Dios nos dio la oportunidad de poder hacer presente su amor, su misericordia al desvalido en ese momento”.

“Esta es una iglesia misionera y samaritana, entonces, eso fue lo que hicimos, sin distingo político, ideología, ni nada; abrir la puerta al que lo necesite y es lo que seguiremos haciendo… Jesús siempre mostró su amor, su misericordia, para aquel que de alguna manera estaba siendo perseguido”, expresa el cura.

Alvarado vuelve a recorrer con la mirada las huellas de los disparos en la imagen de Jesús de la Misericordia y comenta: “Tiene los agujeros que pudimos haber recibido nosotros. Es un milagro de la misericordia de Dios que estemos vivos”.