Matilde Córdoba
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Casimiro Sotelo Montenegro estará entre algunos de los estudiantes de la capital. Su busto, como muestra indeleble del legado que dejó a los jóvenes del país, fue inaugurado ayer en la Avenida Universitaria.

Nostálgico, el alcalde de Managua, Dionisio Marenco, develó la escultura y dio la palabra a todos los presentes que conocieron a Sotelo Montenegro, asesinado hace cuarenta años por la Guardia Nacional de Anastasio Somoza. “Hoy, por accidentes de la vida, soy alcalde de Managua, y lo mejor que he hecho es hacerle un reconocimiento a Casimiro, mi amigo”, dijo Marenco, en su breve y emotivo discurso.

Los calificativos para Casimiro Sotelo abundaron: “Un hombre coherente, solidario, excelente estudiante” y, sobre todo, un revolucionario inigualable, como pocos hoy. Juan Bautista Arríen recordó el momento cuando, siendo todavía sacerdote, fue hasta la morgue para identificar los cadáveres de los estudiantes que la guardia había asesinado. Entre esos estaba el de Casimiro. “Le conté los impactos de bala, eran 18, y pudo haber tenido más”, dice Arríen.

La muerte de Sotelo “fue un abono necesario para lograr la gran obra de liberar a Nicaragua”, dijo Lenin Cerna, quien también conoció al mártir.

Casimiro Sotelo era presidente del Centro Estudiantil de la Universidad Centroamericana (Ceuuca) cuando fue asesinado junto a Roberto Amaya, Hugo Medina y Edmundo Pérez por el coronel de la Guardia Nacional, Alessio Gutiérrez.

Pertenecía a las células urbanas del Frente Sandinista y era estudiante de quinto año de Derecho. El día de su muerte estaba en una casa de seguridad de la recién formada guerrilla urbana. “El recordarlo, nos compromete a imitar su comportamiento”, sentenció Roberto Sánchez Ramírez, historiador y periodista.