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Bayardo Altamirano tiene 70 años, pero no le gusta decir su edad. No quiere “que las chamacas” lo sepan. Es ingeniero civil y tiene un historial fecundo junto a Ramón Raudales, Santos López y Carlos Fonseca, personajes a quienes constantemente recurre para comparar el Frente Sandinista de hoy, encabezado por Daniel Ortega, y el de ayer, que pensaron ellos cuando todavía vivía Anastasio Somoza García.

“Uno puso sus mejores años y aspiraciones para mejorar el país, para hacer una mejor sociedad que naciera del Frente Sandinista”, dice en esta entrevista, luego de enumerar algunos de los que él considera son los errores del presidente Daniel Ortega, a quien, asegura, no le gusta la crítica. Al Gobierno sólo le reconoce la implementación de los Centros de Desarrollo Infantil (CDI). Sonríe al decirlo, como quien no halla qué decir, como el galán que no encuentra virtudes para destacar en la dama.

Altamirano es profesor universitario. Desde su oficina en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua), recuerda sonriente cuando Raudales lo probó. “Fue una caminata que no aguanté”, dice siempre riéndose. No alardea de sus principios en el Frente Sandinista, sino de su modestia. “Muchos dicen que soy muy modesto”, comenta, y vuelve con el tema de las “chamacas”.

A criterio de Altamirano, el Frente Sandinista ha cambiado tanto, que ahora la tónica es “echarse flores unos a otros, ahí nunca nada está mal, no comprenden que es saludable criticar y si no hay eso no puede haber una mejoría”.

Este veterano es uno de los que está en la acera opuesta al Gobierno, a pesar de que formó parte del Frente Sandinista. Quizá sea de los nuevos enemigos de los que habló el presidente Ortega ante sus simpatizantes casi a la medianoche del sábado en Jalapa: “Esos que estuvieron con el Frente”.


¿Cómo caracteriza al actual Gobierno del FSLN?
En primer lugar es demagógico, porque supuestamente es un gobierno para los pobres, pero los pobres ya no soportan la carestía de la vida. Ha llegado a niveles que ningún otro gobierno llegó, claro, tiene justificaciones, pero debería tener una atenuante: el apoyo de Venezuela, que usan para campañas clientelares.


¿Los cambios en el Frente Sandinista de hoy son fundamentalmente ideológicos?
Las diferencias entre el Frente Sandinista de hoy y el de antes son abismales. El pensamiento de Carlos Fonseca era hacer una sociedad muy desarrollada, pero en un ambiente democrático, no era el poder de una persona.

Carlos Fonseca nunca fue partidario de tomar el poder él, mando y ordeno, sino consultando, viendo los pro y los contra. Daniel nunca ha sido así. Al que le quiere disputar poder simplemente lo expulsan del Frente, es el caso de Herty (Lewites), de (Alejandro) Martínez Cuenca. Todas esas cosas van creando resentimientos, van creando un clima inestable.

Dentro del Frente Sandinista debería haber amplia democracia para discutir, para debatir, para tomar decisiones colectivas, para tomar decisiones discutidas, consensuadas. No es que una persona piense y los demás ejecuten.


¿Qué ha influido en ese cambio dentro del Frente Sandinista que usted califica como abismal? ¿Influye el protagonismo de personas que no son consideradas cuadros históricos del Frente Sandinista, como Rosario Murillo?
Yo no sé por qué Ortega le ha dado tanto poder a Rosario Murillo, no ha sido electa, e incluso ahora ya la han encauzado, pero no pasó por una militancia. Ella era una simpatizante. A mí eso me parece inadecuado. Lo otro es que hay un pequeño grupo en torno a Ortega que controlan la justicia y que verdaderamente lo que han hecho es un atropello con el sistema de justicia de Nicaragua.


¿Cuál es su valoración del Gobierno?
Los ministros no están funcionando bien porque no hay medidas adecuadas a la problemática del país. Hacen algunas cosas como decoración, como para cubrir apariencias, pero no van con las cosas a fondo.

La otra cosa es el secretismo, hacen cosas en misterio. No quieren informar cuánto se recibe de Venezuela y cómo se gastan esos fondos. Esos fondos deberían pasar al Presupuesto General de la República, pero no, eso lo manejan para otras cosas, otras necesidades que tienen.


¿Tuvo alguna expectativa con este Gobierno?
Cuando principió me dije: démosle el beneficio de la duda, no los condenemos a priori, pero los hechos nos han demostrado que lo que pensamos en sentido negativo se está cumpliendo.

Daniel Ortega es el principal responsable; Murillo es la segunda. Pero hay una serie de dirigentes que se han acostumbrado a no tomar decisiones y a depender totalmente de las decisiones que toma Ortega. No se mueve una hoja si no le consultan. Si para cada cosa hay que consultar, ya estamos mal. ¿Se puede cambiar? Sí, se puede cambiar, pero yo no veo que haya intenciones.

En lo que resta del Gobierno las cosas seguirán cómo están o empeorarán. Habrá nuevos ricos y los que ya lo son seguirán haciéndose más ricos.


¿Considera remota la posibilidad de un cambio?
Yo no creo que venga un cambio. Cuando uno se separa del camino revolucionario para tener otro tipo de intereses es difícil volver a encauzarse. Si estás en una situación de derroche es difícil volver a una situación de humildad. Alguien que se diga militante del Frente Sandinista debe tener una vida que no cae en el lujo y la exageración, y hay muchos compañeros que están bañados en la exageración.

Yo estuve un tiempo con esa idea (pensé) que desde dentro el Frente Sandinista se podía cambiar, luego me convencí que no. Hay que crear una nueva unidad revolucionaria, hacer un nuevo partido.


¿Quiénes están llamados a hacer ese nuevo partido? ¿Los que se fueron del Frente Sandinista, entre quienes está usted?
En parte, pero más que todo la tarea es de las nuevas generaciones. Desarrollar una organización que llegue a todos los
niveles del país, en la que participen jóvenes y mujeres,
sin dejar aspectos de clase, como campesinos y obreros. Tener un partido que verdaderamente tenga vinculación estrecha con la población.


Muchos de los disidentes del Frente Sandinista dejaron ese partido porque criticaban que Daniel Ortega no les dio espacios, pero llegaron a otros partidos donde tienen los mismos problemas de protagonismo.

Creo que debe haber un partido con un juego democrático total, no quiere decir eso que no haya mandos, sino que los mandos sepan escuchar, que no se eternicen en los puestos, porque la experiencia nos ha ido mostrando que cuando una persona ocupa mucho tiempo un puesto ya no cambia, comete los mismos errores. Los cambios son positivos, saludables. Cambiar es una sabiduría política.


“No, yo soy modesto”

Dice que es modesto y que no tiene afán de protagonismo. Altamirano es uno de los fundadores del Frente Sandinista que está vivo, pero él no se ufana por eso. Le deja la exclusividad a Tomás Borge, ahora embajador en Perú, a quien se le ha reconocido como el único fundador vivo.

“Yo no reclamo”, dice, y para cambiar la plática y mostrar sus contrariedades con el Gobierno y el Frente Sandinista, señala el calendario que pegó en un pizarrón, en su oficina. Quería tapar una calcomanía de Ortega, ¿y qué mejor que con una hermosa modelo, rubia y con bikini verde? “Ella está mejor”, comenta pícaro el señor modesto y enamoradizo.


¿Cuándo salió del Frente?
Todavía Herty llegó a alcalde y estaba en el Frente. Estuve en el penúltimo congreso y quedé en una comisión que se llamaba de Ética y Justicia. Nadie me puso de dedo. Pero a esa comisión la dirigencia, los que están mandando, no la dejaron trabajar. No les convenía. No es el estilo de ellos que haya instituciones contraloras, porque la Comisión de Ética y Justicia ve todos los casos de comportamiento de los miembros del Frente, en teoría.

Si no la dejan trabajar sencillamente se puede hacer lo que uno quiera y nadie lo sanciona o reclama. En determinado momento vimos que eso no funcionaba, que estábamos haciendo el papel de figuras decorativas.


¿Tiene algún tipo de resentimiento con el Frente Sandinista porque no se le exalta su papel de iniciador de este organización?
No, eso no me disgusta. El propio Tomás usa una frase de Fidel para decirlo: “La gloria cabe en un grano de maíz”. No reclamo. Algunos dicen que soy muy modesto, pero es una convicción íntima, uno no lucha para que le reconozcan, uno lucha porque quiere que la sociedad funcione de mejor forma.