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Veintidós de agosto de 1978, 12:30 p.m.: 25 jóvenes se toman el Palacio Nacional y hacen rehenes a los diputados del régimen somocista, con el objetivo de pedir a cambio la liberación de presos políticos. Dos de octubre de 2008: una veintena de jóvenes protesta frente a las instalaciones del oficialista Canal 4 de televisión en contra de la “dictadura”, el “caudillismo” y la “corrupción” del gobierno del presidente Daniel Ortega.

“No es comparable, pero hay una reactivación e incremento importantísimo de la participación de los jóvenes”, considera al respecto la ex guerrillera Dora María Téllez o Comandante “Dos”, seudónimo que usó durante la denominada “Operación Chanchera”, como se le conoció a la toma del Palacio Nacional, sede del Poder Legislativo hasta 1978.

Ante el surgimiento de movimientos juveniles que critican y se oponen a las políticas del gobierno del presidente Daniel Ortega por considerarlas “dictatoriales” y “caudillistas”, surge la interrogante de si se trata de una nueva generación política como la que hizo posible el triunfo de la Revolución el 19 de julio de 1979.

El premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, en una crónica sobre la toma del Palacio Nacional un 22 de agosto de 1978 a manos de un grupo de 25 hombres con una edad promedio de 20 años --a excepción del Comandante “Cero”, Edén Pastora, quien tenía 42--, evoca: “pero lo más sorprendente en ellos es su juventud”.

Con mucha particularidad destaca el periodista y escritor colombiano la edad de estos revolucionarios en el relato que tituló “El golpe sandinista. Crónica del asalto a la casa de los chanchos”, publicado en septiembre de ese mismo año.

La lucha de esos jóvenes respondía a sus intenciones de acabar con la dinastía Somoza, dirigida en ese momento por Anastasio Somoza Debayle. En ese agosto “se hizo demasiado evidente que los Estados Unidos habían resuelto ayudar a Somoza a quedarse en su trono de sangre hasta 1981”, narra García Márquez.

Sin embargo, como dice Téllez, la gesta que junto con 24 hombres más realizó al tomarse un edificio que, según el relato de García Márquez, estaba ocupado por “no menos de tres mil personas”, “no es comparable” con las protestas que jóvenes, en su mayoría universitarios, han hecho en contra de las políticas del gobierno sandinista.


Los movimientos
Una de esas protestas fue el pasado dos de octubre, cuando una veintena de jóvenes del Movimiento No se plantó frente a las instalaciones de Canal 4 de televisión, para rechazar el “autoritarismo”, “caudillismo” y “corrupción” del gobierno. Sin embargo, los jóvenes fueron expulsados por simpatizantes orteguistas y por los mismos periodistas del canal.

Otra fue la del Movimiento Puente el pasado 30 de julio. En esa ocasión, los miembros de Puente pretendían amarrarse a un rótulo del gobierno como forma de protesta contra del excesivo gasto en publicidad del mandatario, en una campaña considerada por los jóvenes como “narcisista e innecesaria”. Pero eso no fue posible; “amorosos” orteguistas atacaron a los protestantes con palos y piedras.

De ese enfrentamiento resultó enjuiciado y condenado hace unas semanas el misionero italo-nicaragüense y ex candidato del Movimiento Renovador Sandinista, MRS, para alcalde Ciudad Sandino, Alberto Boschi, quien llegó en un microbús para apoyar la protesta. A Boschi se le condenó a un año de prisión y a seis meses de multa por portación ilegal de armas de fuego y por el supuesto delito de incitar a la violencia contra el periodista de Canal 4, Antenor Peña, quien resultó herido en una de sus piernas con un charnel.

Otros que también protestaron en contra del gobierno son los jóvenes del Movimiento Güegüense. A los integrantes de este movimiento nadie los conoce, no se han presentado en los medios de comunicación, y sus protestas no son públicas. Pero, según dicen, su repudio a las políticas del gobierno se ve reflejado en las manchas de pintura que aparecen en los rótulos del gobierno, específicamente en el rostro del presidente Ortega.

También está el caso del Movimiento Juvenil Nacional, MJN, el cual es liderado por Raití Juárez, hijo del inspector general del Ministerio Público, Armando Juárez, quien ha sido cuestionado por la persecución a organizaciones de la sociedad civil. El MJN se dio a conocer el pasado 23 de octubre, cuando sus miembros se plantaron en la Rotonda “Rubén Darío” para exigir al gobierno el respeto a los derechos humanos y el cese de la persecución política a las diferentes organizaciones.

“Quiero mucho a mi padre, pero no necesariamente tengo que compartir sus ideas, porque soy una persona aparte, y si las compartiera no estuviera aquí”, expresó el hijo de Juárez durante la manifestación.

Luego de su debut como movimientos juveniles, los integrantes de estas organizaciones han continuado sus protestas. Pero no con pancartas frente a un medio oficialista o amarrándose a los rótulos “narcisistas” del presidente Ortega, sino a lado de organizaciones civiles que critican fuertemente las políticas gubernamentales.


Juventud no garantiza nuevo liderazgo
El sociólogo y catedrático de la Universidad Centroamericana, UCA, Lorenzo Romeo, explica que una generación política se caracteriza porque “no está definida por la edad (pues) hay un grupo de personas jóvenes que comparten cierta experiencia histórica y se hace una interpretación común de lo que se está viviendo, y, por tanto, se sienten miembros de una nueva generación”.

No obstante, resalta que “el hecho de que haya jóvenes que se hagan partícipes de un descontento, no es garantía de una nueva generación política”.

Romeo advierte que “si la crítica a la política, incluso a la gestión gubernamental, no viene apuntalada por visiones radicales de cambio social, esa crítica hasta puede, paradójicamente, hacerse portadora de visiones conservadoras”.

“Desde que se logró el triunfo de la revolución, se marcó una nueva generación política. No hubo sólo una reactivación de los jóvenes porque no hubiese sido suficiente, sino que, a raíz del triunfo de la Revolución, hay todo un proceso de cambio social y político que está enmarcado por el surgimiento de una nueva generación política”, ejemplifica.

Romeo sostiene que “lo raro es que estos movimientos, al hacerse críticos de la política gubernamental, yo me pregunto no sólo sobre su propuesta de cambio social, sino también sobre dónde están ubicados en términos de cambio social… Yo no los veo ubicados en ningún lado, porque están carentes de un discurso claro desde un punto de vista social y desde un punto de vista político”.

El experto en sociología política señala que es importante determinar “quién fabrica la visión del mundo que manejan los movimientos, si está siendo forjada por ellos mismos, por los padres o por los medios de comunicación”.

Además, Romeo se pregunta: “¿Qué es lo que mueve a la gente a actuar políticamente?”, si son “ciertas condiciones de movilidad social, o, al contrario, elementos que obstaculizan la movilidad social”. “Entonces, para mí ha habido cierto margen para la movilidad de actores sociales”, agrega.

El catedrático considera que hasta el momento, “el hecho de compartir una posición, garantiza el hecho de que la gente está más dispuesta a moverse”, y no precisamente el de estar frente a una nueva generación política.

Por ello, señala que estos movimientos “pueden tener incidencia, pero tal vez en sectores similares o no definidos, pero incidencia total no”.

“Hablamos de estos jóvenes porque han sido visibilizados por los medios de comunicación y por ciertos sectores que atraen a los medios”, afirma Romeo, en alusión a que estos movimientos han hecho públicas sus denuncias a través de los medios de comunicación, y gracias al respaldo de partidos políticos y de organizaciones civiles ya establecidas, como el Partido Liberal Constitucionalista, PLC, que apoyó al Movimiento “No”, y a la Coordinadora Civil que respalda al Movimiento Juvenil Nacional.

“Pero por ejemplo, a lo largo de la campaña municipal ha habido todo un proceso de consulta y de cabildeo con los candidatos en casi todos los municipios, sobre todo en la zona rural, ha habido una enorme afluencia de jóvenes, y han tenido incidencia, entonces, lo que quiero decir es que se está activando la juventud de zonas que históricamente han sido marginadas, pero no han tenido visibilidad”, contrapone.

Para Romeo, lo que asegura la continuidad y verdadera incidencia de estos movimientos es “garantizar el liderazgo y que rompan con el cordón que los ata a los partidos políticos y a los movimientos de oposición, y empezar a vincular un discurso de cambio político con un discurso de cambio social”.


El contexto es diferente
Por su parte, la ex guerrillera Dora María Téllez señala que “es evidente que en este período hay una generación de jóvenes que están dispuestos a participar activamente en política y a luchar por la democracia de Nicaragua”.

No obstante, a diferencia de Romeo, Téllez asegura que “están muy jóvenes” para hacer propuestas de cambio social y político. “Pero algunos están discutiendo temas para tener un planteamiento positivo… yo creo que se les exigiría demasiado a los jóvenes que hagan una propuesta ya para el país”, expresa.

Téllez no puede afirmar “que ésta va a ser una generación que va a hacer una revolución, porque no estamos hablando de esas circunstancias (dictadura somocista), estamos hablando de unas circunstancias de defensa de la democracia, y yo creo que ese es el papel que todo este liderazgo joven está jugando”.

Respecto de la crítica de Romeo sobre que estos movimientos tienen el mismo discurso de los partidos políticos de derecha, la ex guerrillera sostiene que “si las propuestas de algunas fuerzas de oposición son buenas, ¿cuál sería la razón por la cual tendrían que ser distintas?”

“En el MRS tenemos una propuesta como partido, que consideramos que es buena y puede ser atractiva para los jóvenes, en el sentido de que defiende los derechos, defiende la democracia, la justicia social, la solidaridad. No necesariamente tienen que tener una propuesta en particular, sólo que haya ausencia total de propuestas, pero no es el caso. Era el caso para la época del derrocamiento de la dictadura, cuando había una ausencia total de propuestas y las propuestas tradicionales eran insuficientes”, explica.

Para Téllez, “el tema de Nicaragua no es un tema de propuestas, sino de estilo y de vocación de liderazgo”.

Pese a la incipiente organización y falta de propuestas, estos movimientos han prometido seguir con sus críticas, aun cuando algunos de sus miembros han expresado miedo a “la represión del partido de gobierno”.