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El asfalto levantado y los tenamastes fueron barridos de la Avenida Bolívar desde las inmediaciones de la Plaza de la Revolución, donde simpatizantes orteguistas perseguían enloquecidos a concejales liberales que se levantaron del acto luego de ser juramentados.

Mientras el presidente de la República, Daniel Ortega, pronunciaba las primeras palabras de su discurso, la tensión era evidente, los alcaldes liberales y concejales electos ya juramentados por el presidente del Consejo Supremo Electoral, en protesta se levantaron de sus asientos y exigieron sus credenciales. Les fue negado inmediatamente.

Hasta ese momento el acto había salido a la medida. El remedo de poder imperial colocó en altas tarimas a representantes de diferentes poderes del Estado, e impedía a los periodistas el acceso a los electos mientras los vendedores y periodistas oficialistas deambulaban por todas partes.

El calor sacudido por el viento en la amplitud de la plaza aumentaba al acercarse los simpatizantes y concejales orteguistas a gritar sus consignas a escasos centímetros de los oídos de los liberales.

La temperatura se elevó y los sudores mezclados corrompieron el aire. El concejal liberal de Managua Virgilio Gurdián se esforzaba por ofrecer declaraciones a lo medios, envuelto en el bullicio; tal movilización aglutinó a centenares de simpatizantes del FSLN que comenzaron a apretar el espacio, a insultarle y a tirar bolsas y botellas con agua.

Liberales se juramentan
La seña fue cambiada. Los 35 alcaldes y demás concejales electos que asistieron a la juramentación, pese a que su partido consideraba una forma de legitimar las elecciones que ellos consideran fraudulentas.

En un pequeño vacío de la multitud un niño delgado, como de nueve años, fue puesto cerca, e inmediatamente comenzó a patear al concejal Gurdián, aunque rápidamente fue sacado por los policías. Hasta ese momento, sólo dos personas le cubrían las espaldas y gritaban a los oficiales con la voz entrecortada: “Protegelo... protegelo”.

Segundos después cerca de 25 policías lo rodeaban e intentaron sacarlo con la mayor rapidez posible. La operación resultó, en un instante estaba ya sobre la Avenida Bolívar, pero los ánimos exaltados convirtieron la movilización en una bola de nieve. A esa hora los policías veían correr tras ellos a centenares de personas que venían levantando piedras, garrotes y botellas.

Orteguistas más llenos de odio que de amor
Sólo tocaba correr, nada más que mucho más rápido, bajar la velocidad era el descanso en la carrera, aunque podría ser peor, pues pedazos de asfalto eran levantados como pluma y lanzados a matar, acompañados de decenas de tenamastes. La mala puntería de la noche salvó a todos, pues por la fuerza y la distancia que recorrían las piedras, bien pudieron haber logrado su objetivo, pero también pudo haberle impactado a los oficiales y a sus mismos compañeros que acechaban al puñado de oficiales.

El edificio de la Cancillería fue la salvación, pues tras recorrer varias cuadras, las barras de hierro del portón de esta institución detuvo la avalancha y le dio respiro a Virgilio Gurdián, concejal electo por la alianza Partido Liberal Constitucionalista-Vamos con Eduardo. Gurdián, a salvo, apenas lograba articular palabras: “Denme agua, denme agua, esos malditos me querían matar”.