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La política del presidente Donald Trump hacia cada país se basará “en lo que le conviene a los intereses nacionales norteamericanos primero”, y en lo posible, a los valores estadounidenses, advierte Francisco Aguirre Sacasa, excanciller de Nicaragua y exembajador en Washington.

Ha sorprendido que el presupuesto de Trump, enviado al Congreso, hace recortes de fondos a varios países de Latinoamérica ¿Qué significa eso?

El recorte no fue una sorpresa porque es totalmente consistente con una de las promesas de campaña del presidente Trump, de fortalecer al aparato militar estadounidense para hacer a “América grande otra vez”. Y para subir los gastos militares en US$54,000 millones, que el presidente Trump está proponiendo, había que recortar el mismo monto de los gastos discrecionales civiles. Es en ese contexto que se reduce el presupuesto del Departamento de Estado y Usaid en 32%, a US$38,000 millones. En cuanto a Latinoamérica, el recorte fue aún más severo: 36%. Se reduce a US$1.1 mil millones, igual a solo tres por ciento de los fondos asignados al Departamento de Estado y Usaid. Este monto es inferior a la suma asignada a otras regiones, incluyendo Asia, África y el Medio Oriente. Esto sugiere que nuestro subcontinente es estratégicamente de menor prioridad que otras partes del planeta.

¿Cuáles son ahora las prioridades regionales de Estados Unidos?

Incluyen, por ejemplo, respaldar a Israel, destruir el Estado Islámico, neutralizar la amenaza nuclear norcoreana, promover intereses económicos estadounidenses, luchar contra la corrupción y recortar aportes norteamericanos a instituciones y programas supranacionales que no actúan conforme a los intereses de Estados Unidos. En este contexto, el presupuesto recorta asignaciones a la ONU y al Banco Mundial. Un último punto, la decisión del presidente Trump de retirar Estados Unidos del Acuerdo de París es un perfecto ejemplo de la nueva consigna en Washington: ¡América primero!

En el caso de Nicaragua, ¿qué importancia tiene esa ayuda de Estados Unidos?

El recorte para Nicaragua ha sido profundo. Se reduce a tan solo US$200,000. Esto es igual a un recorte de 98%. El monto que dejaríamos de percibir no es importante en el contexto de nuestra economía, cuyo PIB supera los US$13.2 mil millones y cuyo crecimiento es entre los más altos del subcontinente. En buen cristiano, la reducción no tiene la masa crítica para ser un asunto de vida o muerte para Nicaragua. Considero que sí nos envía un mensaje claro y es que hay una preocupación en Wa-

shington con el rumbo que estamos tomando en temas de institucionalidad. Es una indicación más de que nuestras relaciones con Estados Unidos pueden ser correctas, pero son frías. Ahora bien, existe la percepción de que nuestra asignación se redujo a su expresión mínima porque Washington está priorizando la ayuda a países de donde vienen grandes números de inmigrantes indocumentados, como nuestros vecinos del triángulo norte. Pero este argumento no convence, ya que países que no causan problemas de migración a Norteamérica, como Colombia y Perú, siguen recibiendo niveles de ayuda robustos.

¿Qué líneas estratégicas ve en la política externa del gobierno de Trump?

Se fundamenta en varios principios; primero, que la actual administración está comprometida con una agenda nacionalista y proteccionista. Pilares de esta estrategia incluyen apertura al comercio, pero solo si es justo, definido como beneficioso para las industrias y los obreros estadounidenses. También incluyen un compromiso contra el terrorismo radical islámico. Segundo, que esta estrategia será mejor servida por el poder duro que por el suave que prefería el presidente Obama. Tercero, que aunque Estados Unidos seguirá actuando conforme a sus valores, como la democracia, la economía de mercado, respeto por derechos humanos y la transparencia, la Casa Blanca ya no pretende obligar a otros países a que se transformen en la imagen y semejanza de Estados Unidos. Más bien, la política hacia cada país se basará en lo que le conviene a los intereses nacionales norteamericanos primero, y, en la medida de lo posible, con los valores norteamericanos. Quiero dejar bien claro que mis fuentes no incluyen a personas en la embajada estadounidense en Nicaragua. Baso mi análisis en múltiples fuentes públicas, incluyendo el proyecto de presupuesto para 2018 y su justificación, el discurso que pronunció a comienzos de mayo el secretario de Estado Tillerson ante el personal del Departamento de Estado y Usaid, y en repetidas declaraciones del mismo presidente Trump. También refleja conversaciones que he tenido con amigos en el gobierno y el congreso norteamericano y otros “cognoscenti” del grupo de latinoamericanistas en Estados Unidos.

¿Existe ya una política hacia Nicaragua?

Honestamente, no creo que el presidente Trump haya pensado mucho en Nicaragua. La nueva administración y el Congreso están priorizando relaciones con México, Cuba, Venezuela y los países del triángulo norte de Centroamérica. En el caso de algunos países, como México, hay opiniones encontradas todavía. Pero, todos piensan que Venezuela está atravesando una profunda crisis socioeconómica, humanitaria, de seguridad y de implosión de la democracia, y que esta no debe de continuar. También existe un consenso en cuanto a la importancia de la lucha contra la corrupción y el lavado de dinero. Estas últimas preocupaciones, por cierto, remontan a la época del presidente Obama y se tradujeron en medidas agresivas internacionales para enfrentar la corrupción en países como Honduras y Guatemala. Para la administración Trump, Nicaragua está en un segundo plano. Se piensa, por ejemplo, que poco a poco se va desmontado la democracia representativa en nuestro país y que Nicaragua privilegia relaciones con países radioactivos como Rusia, Irán, Venezuela y Corea del Norte. Por otro lado, se reconocen como activos del gobierno del comandante Ortega la seguridad ciudadana y el robusto crecimiento económico que tenemos. En el Congreso existe un mayor interés en el quehacer político nicaragüense. Esto es en función de que hay diputados y senadores, y sus “staffers” que conocen bien a Nicaragua y siguen lo que pasa en nuestro país. En estos grupos, está cada vez más visible en la pantalla de radar Nicaragua. Y vimos como saltó recientemente Nicaragua al primer plano cuando prácticamente todos los medios criticaron al presidente Trump por retirarse de los Acuerdos de París para combatir al cambio climático, alegando que Estados Unidos sería uno de los tres países que quedarían fuera de este acuerdo, junto con Siria y Nicaragua.

Mucho se habla de la posible aprobación de la Nica Act y sus consecuencias para Nicaragua. ¿Dónde cabe esa ley en la política externa de Trump?

La Nica Act no se originó en la Administración Trump. Nació el año pasado en la Cámara Baja del Congreso, donde fue aprobada por unanimidad. Y ha vuelto a aparecer este año en ambas cámaras, aunque su trámite está más adelantado en la Cámara de Representantes.

¿Cómo la Nica Act podría afectar a la economía de Nicaragua?

Contrario al sentir de algunas personas acá, la veo como una fuerte amenaza para nuestra economía. No olvidemos que a pesar de lo que hemos crecido, seguimos siendo la economía más pequeña de Latinoamérica y la segunda más pobre del subcontinente. Además, dependemos muchísimo del apoyo financiero y del aval de las instituciones financieras internacionales, como el BID, el Banco Mundial y el Fondo Monetario. Estas nos aportan más de US$300 millones en desembolsos anualmente, un monto igual a la mitad del programa de inversión pública de nuestro país. Sin estos fondos y sin el aval de estas instituciones, se reduciría el nivel de nuestra inversión y se debilitaría nuestra imagen de país.

¿Cómo supone que actuaría Trump, si en algún momento le llevan del Congreso la Nica Act para que la firme?

El presidente Trump no es un jefe de estado convencional. Pero, pienso que si llegase a su escritorio un proyecto de ley aprobado por ambas cámaras del Congreso, lo firmaría. No olvidemos que hasta la fecha no ha anotado legislativamente y necesita mostrar victorias legislativas. Además, firmar la ley no tendría costos.

Se dice que en Washington hay mucha confusión y hasta un vacío de poder. Si es así, ¿es realista creer que la Nica Act será aprobada?

Es cierto que el “nuevo Washington” se caracteriza por tener más intriga, confusión y polarización que lo que se acostumbra. Por eso, algunos dicen que está polarizado. Prueba de eso es que el presidente Trump todavía no ha logrado colocar sus fichas en cientos de puestos claves en los ministerios. Y no es porque los demócratas se niegan a confirmarlos en el Senado. Más bien, se debe a la sorpresiva inercia que el señor Trump ha demostrado en nombrar a su gente o que varios de sus candidatos se han echado para atrás antes de comparecer ante el Senado. Pero, la Nica Act es una iniciativa del Congreso, y ambas cámaras en el parlamento tienen la organización y los conocimientos para aprobarla. Solo falta ver si también tienen el apetito para aprobar el proyecto de ley y enviárselo al presidente para su firma. Si la Nica Act sale aprobada en el Congreso, veo difícil que el presidente Trump la vetase o la engavetase.

El gobierno acordó con la OEA que esta observe las elecciones municipales de noviembre. ¿Puede eso bajar la presión de la Nica Act?

Por un lado, creo que fue una iniciativa táctica brillante, ya que pareciera darle respuesta a la inquietud que más preocupa a la comunidad en cuanto a temas de institucionalidad democrática: El tema de elecciones libres y transparentes comenzando en 2006. Por otro lado, te confieso que no sé si convencerá a los críticos más acérrimos del gobierno de Nicaragua. Además, entiendo que hay inconformidad entre los donantes con el monto que está pidiendo la OEA para este ejercicio, US$18 millones. Es más, cuando me encontré con el secretario general Almagro, recientemente en Washington, él me confesó que no había logrado reunir el financiamiento para el proyecto. Finalmente, creo que la manera sorpresiva y poco transparente en que la misión de la OEA recién salió de Nicaragua, sin completar sus entrevistas con la oposición, ha reducido la confianza en el proceso. Sin embargo, hay que ver si estas debilidades se logran solventar. Pero no se puede esperar mucho porque el tiempo apremia, solo faltan cinco meses para los comicios.

En estas circunstancias, ¿qué importancia adquiere el diálogo económico entre el sector privado y el gobierno en Nicaragua?

Creo que el diálogo entre el gobierno y el sector privado es un activo, así como es nuestra seguridad ciudadana y el crecimiento económico. Pero no tiene, a mi criterio, suficiente peso para contrarrestar el sentimiento que existe en Washington por la falta de fortalecimiento democrático en nuestro país, que se logró a un alto costo después de los años ochenta y de la elección de doña Violeta (Chamorro). Por eso recomiendo que el sector privado utilice su diálogo con el presidente, para instar que busque un acercamiento con Estados Unidos que es, después de todo, nuestro principal socio comercial. Esto le conviene al país económicamente.

¿Qué consejo daría al presidente Ortega en ese sentido?

Manejar esta situación con sumo cuidado, como no me canso de decir. En particular, ser muy prudente en cuanto a Venezuela, Rusia, Irán y, de vuelta, Corea del Norte. También le aconsejaría modular su retórica. Trump no es Obama. Finalmente, no subestimar el peligro que representa la Nica Act ni la posibilidad que sea aprobada. Sé que en Nicaragua está de moda decir en algunos círculos que la Nica Act no tiene dientes y que es administrable. Yo tengo una lectura diferente. Considero que su aprobación sí sería un golpe fuerte a nuestra economía.