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Antes, Pablo Martínez, el “Guadalupano”; hoy, John Lennon. Antes, nueve hombres alzando los brazos; hoy, una pareja: hombre y mujer. Antes, una multitud rojinegra; hoy, un arcoiris. Antes, Cuba y la Unión Soviética; hoy, Venezuela. Antes, ateos; hoy, catoliquísimos. Antes, un bloqueo económico impuesto por los Estados Unidos; hoy, pláticas armoniosas que terminan en campos pagados por el “Pueblo Presidente”. Antes: contra el imperialismo yanqui; hoy: también.

Daniel Ortega Saavedra regresó al poder. Y eso no es noticia, claro. La noticia es cuánto ha cambiado desde que lo dejó. Al chontaleño ex guerrillero que se convirtió en político al final de la lucha armada, sólo le quedaron el cansancio en la mirada y las energías para hacerle marketing al discurso pro pobres que se pierde cuando termina de abrazar a sus miles de simpatizantes y sube a su vehículo de lujo Mercedes Benz.

Misticismo beligerante
El Presidente de la República y todopoderoso secretario general del Frente Sandinista cambió desde su sastre hasta su escenógrafo. En apariencias, Ortega es otro. Viste siempre de blanco y azul, habla del amor, de la paz, de la reconciliación, del hambre en Senegal, declama poemas de Rubén Darío, repite extractos de las cartas de Sandino y hasta reza. Sí, reza.

Frente a sus simpatizantes, disciplinados sandinistas que llegan a las convocatorias públicas y lo esperan durante largas horas, pero no escuchan sus prolongados discursos ya rayando la noche, el mandatario se ha puesto a leer novenas de las vírgenes con mayor auge en la población católica.

Esa, quizá, sea una de las metamorfosis más acentuadas de Ortega, quien en el pasado soportó fuertes críticas por su tirante relación con la jerarquía católica. Ahora, en cambio, recarga sus discursos de invocaciones a Dios, y hasta ha llegado a asegurar que sin la ayuda de él no estaría en el poder. Con Dios ha andado de un lado a otro. Siempre Dios. Y también con los curas, quienes a través de la figura del cardenal Miguel Obando y Bravo, tienen un lugar de preponderancia en el gobierno.

El gobierno revolucionario, de la “Nicaragua libre”, como se lee con la caligrafía de la esposa de Ortega, Rosario Murillo, no revolucionó en aspectos que benefician a las mujeres, pues a pedido de los jerarcas católicos apoyó la penalización del aborto terapéutico, contemplado en el Código Penal desde inicios del siglo pasado.

Flores, Darío, María de Nicaragua…
La escenografía en los actos públicos de Ortega es otra de las muestras de su cambio. Los arreglos son una mezcla de devoción y escepticismo, donde el principal actor es Ortega, quien tiene detrás de sí una imagen suya en la que está levantando el puño, vestido de camisa blanca con un fondo rosado chicha. A la par, el lema de su gobierno: “Arriba los pobres del mundo”.

Para llegar a la tarima donde está el mandatario, siempre alta y pintada con vistosos colores, hay que atravesar los centenares de plantas sembradas en pequeñas macetas que los trabajadores de la Presidencia llevan de un lugar a otro, y que colocan debajo del entarimado.

Las plantas ornamentales que trasladan a todos los sitios donde estará Ortega sirven como muro entre él y el público que lo espera durante horas y horas, porque si algo persiste en el mandatario es su impuntualidad.

Las plantas alejan las energías negativas, dicen. Puede que esa sea la principal razón por la que siempre hay plantas donde está el presidente de esta República, quien discurre entre Carlos Fonseca Amador, Rubén Darío, Sandino y la Virgen María, “María de Nicaragua”, y ante una muchedumbre a la que él llama “el pueblo presidente”.

La música de protesta que antes movía los cuerpos de la gente en las plazas, ahora ha sido reemplazada por la música que recoge todo lo que contiene el paquete que el mandatario quiere vender: nacionalismo, paz y devoción. María de Nicaragua, la paz y la exaltación de Nicaragua son partes medulares en las letras de las canciones que Murillo, también poeta, ha compuesto.

La gente fiel con Carlos Mejía Godoy
Murillo ha tomado prestada la música de cantautores legendarios como John Lennon y Bob Marley para darle melodía a la ideología del gobierno. Su música ha pegado. La gente la tararea en la calle y los niños la bailan, pero en las plazas llenas, los sandinistas no se emocionan como cuando bailaban “el gallo ennavajado” y su estribillo de “ese es Daniel, Daniel Ortega…” que cantaba la gente excitada al ver al comandante Ortega, como le llaman aún.

La “Tumba del guerrillero” y aquella infaltable canción de propaganda interpretada por el “El Guadalupano” que preguntaba: “¿Quién le ha dado empleo a este pueblo? Sólo el sandinismo nomás” y muchas otras, han sido borradas de la consola gubernamental, pero quedaron en las de la gente en los barrios, donde no se escucha la del poder ciudadano con la que el mandatario levanta el puño.

La gente no se ha tomado como suyo el conflicto entre Carlos Mejía Godoy y muchos de los que ahora están en el gobierno. En los equipos de sonido de la gente todavía se escucha “Los hijos del maíz” y “No pasarán”.

Antes 9, hoy 2
Nueve comandantes vestidos de verde olivo estaban aquel día recibiendo al representante de San Pedro en la tierra, entre ellos Daniel Ortega. No había mujer alguna: eran nueve guerrilleros que se habían hecho comandantes, grado copiado del Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, Fidel Castro.

Esa imagen, como muchas otras, quedó sólo en eso: en un papel en blanco y negro que capturó un momento trascendental de la historia. No hay más comandantes. Uno de ellos murió: Carlos Núñez. Tres están en el partido político que formaron los disidentes del Frente Sandinista: Víctor Tirado López, Luis Carrión y Henry Ruiz. Sólo dos acompañan ocasionalmente a Ortega: Bayardo Arce y Tomás Borge. Los dos restantes han preferido vivir alejados públicamente de la política: Humberto Ortega y Jaime Wheelock.

La imagen ahora es otra: a la diestra de Ortega está siempre su compañera de vida, con quien hasta hace un año contrajo matrimonio, y por quien juró ante Dios no dejarla, sólo que la muerte los separe. Rosario Murillo, quien sólo tuvo un papel protagónico en los ámbitos culturales en la década de los ochenta, es quien maneja los hilos del poder.

Es la autora intelectual de este cambio estrepitoso en el Frente Sandinista y en el gobierno, de este colorido revolucionario, de esta paz que a veces se altera con los ataques públicos de Ortega, de esta música festiva, de esta combinación de poesía con tradición, que tiene de fondo la “Mora limpia”, y en la que los antiguos guerrilleros no tienen cabida: sólo el mandatario y ella.