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Hace ocho meses doña Salestina oraba por el amor, por el amor que es más fuerte que el odio. Su trabajo entonces era voluntario y ella, con sus 77 años y una vida de sufrimiento encima, lo apaciguaba con oraciones, pero ahora, después que le cayeron dos palos de agua en pleno invierno tropical, está en huelga de hambre. Sólo lleva diez córdobas que ocupará para comprar agua, pues no quiere comer. Su trabajo era voluntario.

Doña Salestina quiere regresar a su ciudad natal, Santa Pancha, un poblado minero allá en el caluroso municipio Larreynaga, en el departamento de León, pero no regresa porque no le quieren pagar por su trabajo de “bandereado”, ese que hace ocho meses era voluntario.

“Banderear” es el término que utilizan estos 33 señores para simplificar su trabajo. Estuvieron ocho meses en las ocho rotondas de Managua con una bandera en la mano. A veces con dos, una en cada mano. Vestían camisetas blancas con letras rosadas encendidas con los lemas “el amor es más fuerte que el odio” y “el amor de mis amores”.

Pero el trabajo se terminó y ellos dicen que no les pagaron. No quedó amor alguno. Los señores que “banderearon” están enojados. Doña Salestina es una de ellas. “¿Por qué no nos pagan? Yo puedo morir aquí”, comenta bajito, porque una tosedera la tiene mal desde varios días.

Su esposo, el señor del sombrerón que ahora platica con otro, la acompaña desde que salieron de Santa Pancha a Managua para protestar contra las transnacionales bananeras del país, que en la década de los 60, 70 y 80 expusieron a los trabajadores al Nemagón, el nombre comercial del plaguicida dibromo-cloro-propano.

A esta gente las une su demanda contra las transnacionales, ocho meses de trabajo en las rotondas “bandereando”, por la que se les han acuñado el nombre de “rotonderos” y el acuerdo de no hablar de política ni del gobierno, bajo el argumento que “esa es otra cosa”.

Así empezó…

Un día, cuenta Pablo Vanegas, sentado en la cuneta, a un metro de donde doña Salestina, llegó su comadre, otra ex trabajadora de las bananeras, otra enferma por el Nemagón, como se les conoce. Su comadre supuestamente les propuso ir a “banderear” a las rotondas.

La campaña electoral estaba en pleno apogeo y ellos eran del bando del “Campeón”, como llaman al actual alcalde de Managua, Alexis Argüello. “Nosotros dijimos, vamos a hacer este trabajo extra”, recuerda Pablo un poco acongojado. Por el “Campeón” también votaron, a pesar de que la mayoría de ellos son del occidente del país.

Cuando él y su esposa decidieron hacer el extra estaban junto a más de 700 afectados por el Nemagón en el parque “Pedro Joaquín Chamorro”, frente a la Asamblea Nacional esperando que terminara el juicio contra las transnacionales.

“No nos dijeron que eran rojinegros”, dice, refiriéndose a los trabajos voluntarios de los empleados del Estado en los años 80, durante el primer gobierno sandinista. En un inicio, según Pablo, iban a trabajar 15 días, pero luego ese lapso se fue extendiendo, igual que el pago.

La nueva versión

Los “rezadores”, como se les denominó a la gente que se apostó en las ocho rotondas para lanzar vivas al presidente Daniel Ortega, a Alexis Argüello, que sostenían sus banderas y bailaban música religiosa y testimonial, fueron en su momento una atracción para los medios de comunicación.

Fue en ese momento cuando, al ser consultado por periodistas, aseguraban que oraban por la paz y que no recibían sueldo alguno a cambio de las oraciones. Más de un camarógrafo captó cuando los llegaban a traer y a dejar en buses para hacer el cambio de turno, que eran de 24 horas; y cuando les llegaban a dejar comida a veces en camionetas del Estado, pero ellos no cambiaban su versión: estaban allí orando por el amor y contra el odio.

“Es que era campaña política, nos decían: ‘Si alguien pregunta, usted no le diga nada’. No teníamos que hablar si no, nos sacaban de la demanda (contra las transnacionales)”, sostiene Pablo.

Quien le deba esas instrucciones según Pablo era su comadre, una mujer robusta, morena, que se enoja fácilmente y ahora está en la acera opuesta de sus antiguos compañeros.

Altagracia del Socorro Solís califica de “locuritas” la huelga de hambre por la demanda de pago que hacen sus 33 compañeros en las cercanías de la Secretaría del Frente Sandinista, donde despacha el Presidente Daniel Ortega.

“Aquí que le digan, que le digan. Decile – y señala a un señor que la rodea- ellos iban voluntariamente”, exclama Solís, en su “oficina”, como le llaman a la champa donde se reúne con los demás directivos y que es más extensa y cómoda, para decirlo de alguna forma.

“Yo iba voluntariamente a orar”, contesta Pedro Tórrez, sentado a un costado de la champa. La comida y el transporte, dice, lo ponían algunas iglesias, pero no sabe mencionar cuáles.

“Nosotros somos los que vamos a abrir la boca”, interrumpe Solís, refiriéndose a que ellos van por su gusto a las actividades gubernamentales y del Frente Sandinista, que al final son la misma cosa. “¿Usted cree que el Frente es idiota para darme tanto dinero? Esas son lo-cu-ri-tas”, dice casi gritando y buscando respaldo de la gente que se ha agrupado en la champa.

A Solís le critican que “salió de la pobreza por los rotonderos”, pero ella niega ese señalamiento y prefiere mostrar a EL NUEVO DIARIO, “que nunca le dio un grano de arroz y sólo critica”, la ayuda que este gobierno les ha dado, consistente principalmente en granos básicos y aceite.

Al ser consultado el año pasado sobre la manutención de los “rezadores”, el secretario político del FSLN en Managua, Edgardo Cuarezma, expresó que la alimentación y el transporte “era un esfuerzo de todos los barrios, de la comunidad organizada que hace su esfuerzo, que colectan entre ellos y les mandan la comida”.

Leopoldo Mendoza sostiene lo contrario. Según él, un funcionario de Enabás le aseguró que el operador político del FSLN, Vicente Chávez, aprueba mensualmente una cantidad millonaria que Enabás da en granos básicos para los afectados por el Nemagón.

Un montón de dinero

Los “rezadores” que reclaman, aseguran que les prometieron 200 córdobas por día, que en total, por los ocho meses de trabajo suman 48 mil córdobas. “Y nos prometieron también unas casas y hasta llegó Alexis a decir que él nos la iba a amueblar, pero no estamos pidiendo que cumplan falsas promesas”, comenta Leopoldo Mendoza.

A Mendoza no le tocó “banderear” como a los otros. Él tiene un problema de circulación que provoca que sus piernas se inflamen y brote abundante sangre, por eso hacía una especie de posta, le tocaba cuidar las champas.

Mientras Mendoza cuenta su historia, uno de sus compañeros lo interrumpe. A este compañero sólo le quedó la camiseta del “amor es más fuerte que el odio” y la fea imagen de Solís, quien, dice, “sólo los perreyaba”.

Yo soy sandinista de corazón y no creo que el comandante Daniel tenga esa conciencia. Que nos dé algo por lo menos.

Un señor de los mismos que carga una Biblia lo interrumpe enojado y es secundado por los demás que lo rodean.

- ¡Ideay! ¿cien pesos, pues? No, no caballo, si al gobierno le pedimos para el pasaje nos lo da- dice.

Tocaron a Dios con las manos sucias
En el fondo de la “oficina” donde despacha Altagracia del Socorro Solís está una Virgen de Concepción de más de cinco pies de altura, que a su izquierda tiene un rojizo cuadro de Sandino.

El uso de las vírgenes ha sido una de las principales polémicas desatadas en esa “guerra contra el odio”. El gobierno mandó a colocar vírgenes en todas las rotondas y algunas avenidas, pero un día de tantos las imágenes desaparecieron y en determinados sitios sólo quedaron los residuos de cemento de las vírgenes destrozadas a punta de mazo.

Monseñor Miguel Mántica es directo al referirse a este tema: “Los signos de la religión hay que respetarlos, tienen un valor sagrado, y no se respetaron”.

En el nuevo plantón

A dos cuadras de la Secretaría del Frente Sandinista, los rotonderos que reclaman su pago buscan en qué entretenerse. Leen el periódico o platican entre sí. Ya ninguno ora. El presidente Ortega, dice Leopoldo Mendoza, antes los pasaba saludando. Antes, cuando eran rotonderos, pero ahora, a dos cuadras de su casa, no se le ha visto.

Todos ellos pretenden regresar a sus casas, la mayoría en el occidente del país, con el dinero que le exigen al gobierno o el Frente Sandinista, ni ellos saben a quién.

Leopoldo Mendoza prestó 20 mil córdobas hace dos años, cuando se vino de Chinandega y puso como prenda un camión que ahora está embargado porque la deuda, con intereses, asciende a 50 mil córdobas.

Al momento que él cuenta su historia, sus desgracias, Pablo lo interrumpe. Saca de su cartera un recorte de periódico. Ahí está la foto de su esposa en la rotonda de Plaza Inter. Allí, ella con su camisa del “amor en más fuerte que el odio”, y su bandera azul y blanco. Sonriente ella y él, con el recorte y su hambre.

“¡Ay! es que yo no estaba en este rollo”, dijo cuando empezó a contar su historia. Su comadre lo llamó el año pasado cuando él aún trabajaba en una plantación de bananos en el occidente para incluirlo en la demanda contra las transnacionales. Esa demanda hace poco la perdieron. La demanda, pero esa es otra historia.