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Aquella noche Moisés Hassan se enojó muchas veces porque la gente resultó ser bastante indisciplinada. Caminaban arrastrando los pies, hablaban alto y hasta había algunos que para sobrellevar el desvelo fumaban.

¿Cuántos eran? Hassan no lo sabe, nunca lo supo, él sólo recuerda que eran miles. “Pensábamos que iban a ser 700 personas, y de repente aparecieron miles”, rememora Hassan, ahora catedrático universitario y alejado de la izquierda.

Esos miles venían de los barrios orientales de Managua. Una pequeña proporción de ellos eran combatientes del Frente Sandinista que llevaban más de 16 días combatiendo en la capital, y los demás eran gente que quería el fin de la dictadura somocista, representada entonces por Anastasio Somoza Debayle, hijo del mayor de los Somoza, Anastasio Somoza García.

“Estábamos resistiendo desde hacía 18 días, no teníamos agua, no teníamos energía eléctrica, los abastecimientos de comida se volvían más difíciles. Las líneas de abastecimiento por tierra quedaron cortadas y se cerraron las zonas de abastecimiento al Frente Sur”, explica Hassan.

Por estos motivos y por razones estratégicas, la dirección nacional conjunta del Frente Sandinista decidió que debían replegarse hacia Masaya. “Cada uno de los jefes, después de recibir las respectivas instrucciones, marchó a su zona de combate a preparar las condiciones para la retirada”, cuenta el ya fallecido comandante Carlos Núñez Téllez, uno de los dirigentes de aquella acción, en su libro “Un pueblo en armas”.

Así fue que un 27 de junio de 1979, a las seis de la tarde, empezaron la retirada hacia Masaya, departamento ubicado a 27 kilómetros de Managua. De acuerdo con el libro citado, ese día prepararon las armas, distribuyeron las cargas para las bazucas RPG-2 y las municiones para las ametralladoras 30 y MG-42.

Los objetivos a simple vista parecían sencillos: llegar a Masaya en 12 horas, no dejar ningún armamento a la Guardia Nacional, “el enemigo”, llevarse a las columnas regulares y a las milicias, a la población civil que los había acompañado durante esos 19 días y a todos los heridos. El trayecto, a fuerza, debía ser a pie.

A las seis de la tarde la primera columna, identificada como “Vanguardia”, inició la marcha. La lideraban el general retirado Joaquín Cuadra, William Ramírez y Raúl Venerio, y estaba conformada, según Núñez, por combatientes, pobladores y heridos de la Nicarao, la 14 de Septiembre, Santa Julia, Don Bosco, la “Luis Somoza” y Rubenia. Este grupo debía “ir limpiando la ruta del enemigo por si se presentaba”.

El periodista Pablo Emilio Barreto, quien andaba en la lucha insurreccional y luego escribió un libro sobre esta gesta llamado “El Repliegue”, relata que el punto de concentración fue la Clínica Don Bosco, actual punto de referencia en Managua.

Dos columnas más

El grupo del centro era el más nutrido, iban heridos y población civil de los barrios Ducualí, El Paraisito, El Dorado y “María Auxiliadora”, y lo comandaban Núñez, Oswaldo Lacayo y Walter Ferreti.

En la retaguardia iban heridos y civiles de Bello Horizonte, la Salvadorita, Santa Rosa y las fuerzas provenientes de la Carretera Norte, jefeadas por Mónica Baltodano, Ramón Cabrales, Marcos Somarriba y Rolando Orozco.

Hassan cree que quienes los siguieron tuvieron “más miedo de quedarse”. “La gente pensó: ‘Si éstos se van, yo me quedo y van a sobrar los soplones’. Fue por eso que mucha gente escogió tomarse el riesgo de irse porque quedarse era muerte segura”.

“La marcha se inició lenta, muy lentamente, las unidades de combate armadas caminaban teniendo como termómetro de su paso, el paso de los compañeros que cargaban con los heridos, ya que ellos a su vez tenían la orden de dejar que todos los heridos fueran en el centro de la columna y protegerlos”, narra Núñez, quien calcula la muchedumbre en aproximadamente 6 mil personas.

Hassan recuerda que en la oscuridad de la noche la gente se fue dispersando. “Yo anduve con un grupo de gente dando vueltas porque perdí a mi guía”, cuenta. Una de las principales preocupaciones que compartían los jefes de las columnas era que por llegar rápido a Masaya, la Guardia Nacional, principal órgano represor de la tiranía, los encontrara y masacrara.

Empiezan los problemas...

Cuando salió el sol los problemas empezaron. A eso de las siete de la mañana la primera columna se enfrentó con miembros de la Guardia Nacional. “El combate era fuerte, detonaciones de calibre 50 se mezclaban con los de fusiles y ametralladoras”, escribe Núñez.

Entonces, recuerda Hassan, fue el momento más crítico, la gente no tenía cómo ni dónde protegerse, y los aviones aparecieron porque estaban aproximándose a El Coyotepe, la fortaleza que era uno de los pocos puntos en Masaya que aún estaba en poder de la Guardia Nacional.

Muchos murieron por ese bombardeo. “Vi agonizar a unos metros a un hombre. Yo tuve mejor suerte. Me tuve que ir cuando vi que el bombardeo continuaba, y decidí entrar a Masaya solo”, relata Hassan, quien resultó herido en ese ataque.

Pero, además de los muertos, los bombardeos provocaron angustia que derivó en histeria entre las personas que iban en el repliegue, al punto que los dirigentes tomaron decisiones que iban más allá de los regaños de Hassan.

“Después de eso, todo tuvo síntomas de desorden y desorganización. La inmensa fila humana comenzó a romperse, a desparramarse en el campo, era lo que tanto habíamos temido, que el terror hiciera presa a la población civil”, cuenta Núñez.

Cuando los jefes de las distintas columnas recorrieron el campo tratando de controlar la situación, no hubo quien acatara orden alguna. Los heridos fueron dejados en el suelo, mientras la gente buscaba algún refugio.

Ante “semejante presión”, recuerda Carlos Núñez, uno de los nueve comandantes de la Revolución Popular Sandinista, “ordenamos a la móvil montar armas y disparar contra aquellos que alentaran el desorden. Al final, la marea humana se fue deteniendo impávida, al ver la disposición de los compañeros de frenar la huida”.

La gente resintió esa orientación, e incluso, los mismos guerrilleros que apuntaron sus armas reclamaron después a los dirigentes por el mandato. “Se quejaban de estar actuando como antes, como los ‘esbirros somocistas’, que se estaban comportando peor que la Guardia... Nosotros comprendíamos ese tipo de reacciones, era natural, provenía de revolucionarios...”, prosigue Núñez.

Hassan asegura que nadie cuantificó los muertos por el bombardeo en “Piedra quemada”.

¿Y la Guardia?

¿Cómo fue posible que la Guardia Nacional los dejara avanzar? Hassan tiene varias hipótesis. “Alguna gente dice que la Guardia no se dio cuenta, pero eso es absolutamente absurdo”, sostiene.

Él se inclina más por la teoría de que la Guardia no estuvo segura de enfrentarse porque desconocía la fuerza, no sabía cuántos de esos iban armados.

“La gente caminaba arrastrando los pies, platicaba. Yo me acuerdo que tenía que estar discutiendo con la gente: ‘Por favor, apaguen los cigarrillos, ese montón de brasa la ve la Guardia’”, cuenta.

Hassan también da lugar a una hipótesis más que improbable. “Podría ser que se hubieran dado cuenta que era una muchedumbre desarmada y por escrúpulos”

¿Escrúpulos? ¿Cree que la Guardia tenía escrúpulos?
No lo descarto, no quiero dejar por fuera ninguna hipótesis, aunque al día siguiente (los guardias) demostraron sus pocos escrúpulos.

Según Pablo Emilio Barreto, quien registró con sus fotografías el repliegue, las tres columnas llegaron en horas diferentes. Él, que iba en la segunda columna, recuerda que llegaron al municipio de Nindirí poco después de las cinco de la tarde del 28 de junio.

Cuando los tres grupos entraron a Masaya se reconcentraron en el Colegio Salesiano y comieron más de 20 vacas.

Cada año el Frente Sandinista de Liberación Nacional, ahora en el poder, celebra esta fecha caminando hacia Masaya, aunque no por la misma ruta, y pese a que este año no se realizó en la fecha original (ayer 27 de junio), extraoficialmente se conoció que se pasaría para el sábado cuatro de julio.