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Jaime Wheelock Román es hombre de pocas palabras, de poca sonrisa, de poco verse ante el público. Pocos años después de la pérdida electoral que botó al FSLN del poder en 1990, Wheelock desapareció de los periódicos, de las radios y de las televisoras. Una que otra vez respondió las críticas que los detractores de la revolución sandinista hicieron porque, eso sí, jamás, dice, se convertirá en un “crítico despiadado” de esa causa.

Ahora trabaja en el ámbito civil presidiendo un Organismo No Gubernamental que últimamente documentó las irregularidades ocurridas en el proceso electoral pasado, el Instituto para el Desarrollo y la Democracia (Ipade).

Diecinueve años después del término de aquella revolución que empezó en julio de 1979 y de la que se cumplen en dos días 30 años, el comandante saca su mea culpa.

Derrota electoral fue lo mejor

Dice que la derrota electoral fue lo mejor. “Había mucho desgaste, la gente sufría con su nivel de vida. Había un desgaste físico en la juventud. Votar por el sandinismo significaba la continuación de la guerra. El mismo pueblo encontró la solución porque al final de cuentas nosotros ganamos la guerra, pero perdimos las elecciones”, reflexiona.

“¿Cuál era la razón de continuar contra un pueblo? Sentimos que con esa derrota estábamos cumpliendo con una de las metas: hacer que el pueblo pudiera decidir y elegir libremente”, agrega.

A pesar de eso, el Frente Sandinista, asegura, no perdió el poder, pues éste “continuó expresado en un conglomerado de organizaciones civiles abocadas a la defensa de la soberanía nacional”.

Sergio Ramírez y las vacas

Según escribió Sergio Ramírez, también ex vicepresidente durante esa época, Wheelock “poseía una imaginación desbordante”, pues sus proyectos eran demasiado ambiciosos.

Cuando escucha esto, el comandante se enoja un poco, pero al instante responde recobrando la compostura: “Yo respeto a Sergio Ramírez como escritor, pero no como agricultor. Nicaragua no tenía ganado”. Y es que, de acuerdo con Ramírez en Adiós Muchachos, Wheelock pretendía confinar vacas canadienses en corrales dotados de ordeñadoras automáticas para producir 20 litros de leche.

“Queríamos instalar ganadería de carne y leche -–se defiende--. Canadá suministró las vacas... y de las miles que trajimos sólo se murieron dos”.

No traspasé fincas

Y agrega: “Cuando salí del Ministerio de Desarrollo Agropecuario y Reforma Agraria, lo hice en el mismo vehículo que usaba desde hacía tres años y sin ninguna indemnización, sin ninguna finca. Decir o escribir que la reforma agraria o que la revolución es una piñata, es una burda falsificación de la verdad histórica”.

Wheelock dice hablar con pruebas: “La persona que probablemente manejaba más recursos materiales era yo. No le pasé ninguna finca a ningún dirigente. Devolví algunas propiedades a sus antiguos dueños”.

“Debo admitir que hubo algún tipo de afectación por razones políticas y por tipo de polarización en las confiscaciones. (Pero) ha habido dos piñatas serias y sí hay pruebas: las privatizaciones y las indemnizaciones a gente que jamás tuvo propiedades”.

¿Qué dejó aquella revolución?

Lo primero: dejamos un país sin dictadura. Se forjaron también unas Fuerzas Armadas educadas en el patriotismo, la defensa de la soberanía e identificadas con la causa del pueblo.

Dejamos cambios profundos en la tenencia de la tierra, en el campo de la educación, la salud y avances en la democratización del país, con una Constitución Política y leyes electorales que devolvieron derechos y libertades ciudadanas, pero también hubo el fortalecimiento de la organización social y gremial de la ciudadanía, que creo, ha sido la base del tramado democrático que tenemos hoy.

¿Cuáles fueron los principales errores de aquella época?

(...) Para el derrocamiento de la dictadura y los primeros meses de gobierno tratamos de convocar a todos los sectores sociales para construir la nación. Más tarde llevamos adelante acciones políticas que fueron alejando de la revolución a mucha gente.

Entre estas acciones señalo: confiscaciones a personas que no eran somocistas, control de precios para alimentos, obligatoriedad de vender cosechas únicamente al Estado; maltrato a colegios religiosos y a miembros de la jerarquía católica. También la imposición de esquemas de organización social casi obligatoria que trajo mucho malestar entre sectores rurales y tradicionales.

En realidad pudimos ser muy cuidadosos, pero subestimamos el nivel de consenso que el Frente tenía en la población.

¿Por qué subestimaron a la gente?

(...) Me refiero sobre todo a cómo tratamos a los adversarios, casi como enemigos, intolerantes con la gente que disentían.

¿Adversarios para ustedes eran todos aquellos con quienes tenían simples contradicciones?
Sí. Eso se fue agudizando en la medida en que la agresión lanzada por la administración Reagan, con algún apoyo, nos hacía más celosos, más confrontativos (...).

Fue relativamente benigna la manera como encaramos la emergencia, pero desde el punto de vista político debimos haber tomado más en cuenta la opinión disidente y tomarla como si proviniera también de buena fe.

¿De esos errores usted se dio cuenta hasta el 25 de febrero de 1990 a medianoche, cuando perdieron las elecciones?
Desde 1985 en adelante, y particularmente desde 1987 desarrollamos una política de unidad nacional, tomando en cuenta a los productores, al Cosep, a la Iglesia, a los partidos políticos, tomándolos en cuenta en la Constitución de 1987, los llamábamos a un diálogo nacional.

Pero en la práctica la situación era diferente...
Por ejemplo, en el año 84 hubo elecciones (...).

Entonces muchos candidatos desistieron a última hora.
No se presentaron porque algunos de ellos estaban con la esperanza de que la Contrarrevolución nos derrotara militarmente y pensaron que era una especie de trampa de nosotros de convocar, como una estrategia.

30 años después, ¿qué faltó por hacer?

En varios campos la revolución no pudo cumplir su objetivo, en gran medida porque no pudo gobernar al tener que dirigir buena parte de sus esfuerzos para enfrentar la guerra.

Pero creo que se hizo bastante en esos diez años. Tome en cuenta que el FSLN dirigió exitosamente la defensa del país y de la revolución y no dejó ni por un momento de construir y reconstruir la economía, alfabetizar a la gente, abrir nuevos centros de salud, modernizar la economía agraria, crear nuevas industrias, hacer carreteras, planes de viviendas, etc.

Con todo y la amplia e intensa guerra de agresión, el FSLN no fue vencido en el campo de batalla. Sólo entregó el gobierno por elecciones libres y transparentes, aunque injustas.

¿Por qué injustas?

Hubiéramos tenido más votos si no hubiéramos estado presionados. Fuimos a las elecciones en un contexto injusto. Para ir a la elección en la forma que fuimos, la Contra debió haberse desarmado. Si se hubiera desarmado nosotros probablemente hubiéramos levantado el Servicio Militar Patriótico.

Daniel “está como más solo”

¿Qué quedó de la revolución? El presidente Daniel Ortega insiste que su gobierno es la segunda parte de la revolución.
Es injusto comparar a este gobierno con el gobierno revolucionario porque nace bajo condiciones completamente diferentes. Este gobierno, si se quiere, es un hijo de lo que aquella revolución legó, así como creo que el gobierno de doña Violeta fue continuidad del gobierno revolucionario porque fue hijo de la Constitución y de todo lo que logró en apertura el Frente.

Es injusto porque no se le puede juzgar a éste con el rasero del otro. Éste no está haciendo una revolución, éste está cumpliendo con su programa (...).

Es un gobierno de tipo convencional con un elemento distinto a los que le han precedido en el sentido que tiene un compromiso con la causa social, pero tiene muchas más limitaciones. Debe regirse por sus programas, por la Constitución Política y por los arreglos institucionales.

Al iniciar el gobierno usted le recomendaba mesura, buenas relaciones con Estados Unidos. Básicamente no cometer los errores que hubo en la primera administración sandinista, ¿cómo lo valora dos años después?
Este gobierno se ha encontrado con algunas dificultades. Primero, que tiene muchos adversarios y creo que hay que reconocer que se ha echado de adversarios a algunos que no lo son y que el gobierno lo percibe.

Por ejemplo, los Organismos No Gubernamentales, que quisieron en su momento cooperar en los programas sociales y no les fue permitido. (Pero) ojalá que haya posibilidades de que se retracte de esa línea.

Mucho se critica el culto a la personalidad del presidente Ortega y la preponderancia y poder que le da a su esposa, ¿qué dice usted al respecto?
Creo que hay una suerte de extensión de la campaña electoral. Si usted pone atención, el Frente está en una campaña electoral permanente y creo que busca superar la barrera del 38 por ciento de los votos. Desde el punto numérico retrocedió. Ahora, que lo hagan bien o mal, sólo ellos saben.

¿Ve algún cambio entre el Daniel Ortega de hoy con el de la década de los ochenta?
Vea, uno siempre aprende algo. La tarea de Daniel es más complicada, ahora no tiene una Dirección Nacional que pueda ayudarle, que pueda contribuir. Está como más solo.

Antes el contexto era diferente, eran nueve, había guerra...
No solo éramos nueve, había un gobierno sumamente competente, cuadros que aportaban muchísimo en todos los campos. Nosotros logramos reunir un complejo de voluntades técnicas superiores al gobierno de Somoza. Tuvimos de la mejor gente.

¿Usted seguirá alejado de la vida política?

Ahora estoy alejado, lo cual no quiere decir que en el futuro (lo esté).

¿Y ese futuro de qué dependerá?

Todavía no sé de qué, pero no renuncio a regresar.

¿Regresaría al Frente?

Hasta el momento nadie me ha expulsado, pero estoy no activo.

El Frente ahora no expulsa, busca tener un millón de militantes.
¿Un millón? Ésas son campañas, deseos, siempre se tiene que poner metas para dinamizar a la gente, para darles incentivos, como hacen todos los gobiernos, pero eso, usted sabe, como yo, que no es posible.