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Insólito. El presidente de la República, Daniel Ortega, acudió a la Asamblea Nacional a presentar el primer informe de su gobierno, pero no leyó, era muy extenso: un mamotreto pesadísimo que hasta hubiese provocado que la audiencia apagara su televisor, según dijo el mandatario en la sesión parlamentaria en la cual tampoco hubo quórum.

En un inicio, Ortega se dirigió a todos los hermanos que se encuentran en la extrema pobreza, los que están en la indigencia, “esas heroicas, valientes y luchadoras familias” que el mandatario pensó que lo miraban por la televisión.

Luego mencionó a todas las personas importantes que se congregaron en el Parlamento para escuchar los grandes éxitos de su primera gestión de gobierno. Hora y media duró mencionándolos. Inició por el cardenal Miguel Obando y Bravo, quien dos horas después de principiada la sesión tuvo que estirar sus piernas, cubiertas por su sotana cardenalicia.


Ahora es ministra de la Presidencia
Continúo con la ministra de la Presidencia. ¿Ministra de la Presidencia?, se preguntaron algunos periodistas. Sí, doña Rosario Murillo, la ministra de la Presidencia de hecho, porque, aseguró su esposo, Ortega, en Nicaragua hay un reglamento que discrimina a las mujeres.

Eran las 11:50 de la mañana. Ortega tomaba lista de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) y del Consejo Supremo Electoral (CSE), y de repente se apareció Enrique Molina, un verdadero aparecido. Llegaba a notificar al mandatario y al presidente de la Asamblea Nacional, René Núñez.


La “buena noticia”

“Ajá, ajá...”, se volteó el mandatario. Todos los presentes observaban el espectáculo. Esta vez el mandatario no improvisó. El señor Molina es un notificador de la CSJ que llegó a avisar que la Corte en pleno había sesionado y estaban resueltos todos los recursos por inconstitucionalidad detenidos desde el año pasado. Buena noticia: las reformas constitucionales entrarán en vigencia a medias y los Consejos del Poder Ciudadano (CPC) son legales.

Molina estaba tan urgido por notificar, que irrumpió en el plenario. No hubo camisas azules que lo detuvieran. “Y vos, a ver, ¿cómo te llamás?”, preguntó Ortega al señor. Y éste contestó con la respuesta que dieron sus padrinos al cura en su bautizo. “...Aquí queda claro que no se puede invadir la facultad del Poder Ejecutivo”, dijo el Presidente.


Su Santidad, Su Santidad...

A las doce y media, la diputada Miriam Argüello ya había dado todo de sí: dormía. El embajador de los Estados Unidos, Paul Trivelli, sostenía la quijada en sus brazos, puestos sobre sus codos. Trivelli olvidó la diplomacia de tanto aburrimiento.

En ese momento, el mandatario apuntaba a los opositores ausentes, “esos 52 que inventaron que iban a luchar contra no sé qué”. Les recordó su craso error, su dualidad: darles la bendición a los famosos Consejos y después convertirlos en diablos.

“¿Quién los entiende?”, preguntó burlesco el Presidente. “¿Será que tienen miedo? ¿Qué miedo si hemos conversado con ellos?”, preguntó, refiriéndose a la ambigüedad de los opositores que lo invitaron y no estuvieron. Maleducados casi les dijo. “Me invitan y no están, es como si los invito a mi casa y hallan la casa vacía”.

El capitalismo salvaje que hizo famoso el papa Juan Pablo II fue el tema recurrente en el discurso de Ortega. Para no quedar en evidencia ante los favoritismos, el mandatario también repitió una que otra frase de su santidad, Benedicto XVI. Y otra de “Benedicto VI”.


Habló de todo, menos del informe
Habló del Protocolo de Kyoto, de la dependencia “que todos tenemos a los vehículos”, herencia también del “capitalismo salvaje del que hablaba su Santidad”, del comercio justo, entre otros múltiples tópicos. Aún no había saludado al cuerpo diplomático.

Los presentó uno por uno. Si la presentación hubiese sido un concurso de aplausos, sin duda alguna hubiese ganado Cuba. “Ehhhh, ahhhhh. ¡Cuba! ¡Cuba! ¡Fidel!” Aplausos y más aplausos. En segundo lugar hubiese quedado Venezuela, y los demás ni siquiera habrían quedado en las quince finalistas. Miss simpatía la hubiese ganado Estados Unidos, que le sacó sonrisas a todos los presentes, a los miembros del gabinete de gobierno, a los 38 diputados sandinistas y sus suplentes, y a los miembros de los CPC.

De pie, con una infaltable camisa blanca, la banda presidencial atravesada en el pecho, el pelo desarreglado y con el micrófono en la mano. Ese es Daniel Ortega. Dos instantes antes estaba serio. Ahora sonríe, es una sonrisa pícara. Se burla. “Y ahora, ahora, ahora, el embajador de ese pueblo luchador, valiente... el de los Estados Unidos, Paul Trivelli”. Hasta Trivelli tuvo que sonreír.

Antes de darnos la buena noticia de que las reservas internacionales del país son “reservas de papel”, el Presidente selló con broche de oro: “Y el informe –-saca un gran libro con pasta blanca y lo levanta--, mejor ni se los leo, nunca terminaríamos y la gente apaga el televisor”.