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El País

Un par de rodajitas de naranja, una esencia de melón, copitos de maíz que dejan observar el fondo de la taza... Quiere uno ver en este sobrio desayuno el espíritu austero de quien fue revolucionario. La realidad lo estropea: “Es que llevo días de excesos; me porté mal”, se castiga Carlos Fernando Chamorro, personificación de los caprichos de la vida: primer director del diario Barricada, órgano oficial del FSLN, hoy encarna los problemas de libertad de expresión que vive Nicaragua bajo Daniel Ortega.

“Dice que estamos en el año 30 de la revolución; ha devenido un caudillo, usufructúa los símbolos de la revuelta”, dice.

En 1980 llegó a Barricada, a la que en 1993 quiso disminuirle las consignas para elevarle la parada al periodismo. Fue demasiado: le echaron. Amante del periodismo de investigación, desde su televisivo “Esta semana” denuncia en 2007 una presunta corrupción que implica a Ortega. Respuesta: campaña de desprestigio que le implica en narcotráfico. Amenazas de muerte.

Un concepto fascista

O no hay hambre o la mutación de Ortega le preocupa demasiado: el tenedor no pincha, escarba. “Daniel ha acabado repolarizando la política, dando un discurso con el que fabrica enemigos para mantener a las bases activas; las calles son del Frente Sandinista y eso es un concepto fascista”.

¿Todo está en su poder? “No, la Policía y el Ejército son confiables; no puede decirse lo mismo de la justicia. No es eso; él no cree en el multipartidismo; hay un secretismo absoluto a su alrededor. ¿Sabe que no ha dado una rueda de prensa en dos años y medio? Además, se siente fuerte porque tiene un tío rico: Hugo Chávez”.

De ese país que describe Chamorro se sabe poco en Europa. ¿Nicaragua tan violentamente dulce, que decía Cortázar? “Claro, porque tras Cuba es la única revolución que hizo el ciclo completo. Quedó el mito. Llegamos a tener 125 corresponsales extranjeros. Aun así, Nicaragua no es ni ha sido Cuba”.

¿Qué lleva a uno a ir y volver de la revolución? Y con la pérdida del padre, de fondo. La explicación requiere “un expreso”, pedido con gesticulación comedida. “Lo de mi padre fue un desgarramiento: era una autoridad muy fuerte, un periodista con dimensión política. Su asesinato marcó el límite de lo que la sociedad civil podía tolerar de violencia”. Pulgar e índice se rozan imperceptible, reiteradamente, cuando habla de la familia.

“La brecha en casa era profunda. Cuando hay muertos el diálogo es imposible; sólo la madurez de mi madre sirvió de puente de diálogo”. ¿Y el oficio? Entró en él tras la muerte de su padre, pero se cruzó el periodismo revolucionario, extraña ventura: “Sólo es concebible en momentos en que la causa es más grande que todos nosotros”. ¿Y cómo se hace? “Es de agenda, previsible de forma y fondo; intentábamos abrirnos y contar historias humanas, pero éstas acabaron entrando en conflicto con la ideología”.

Hace rato que la mesa es un desierto. “Espero no morderme la lengua”, recapitula su futuro. ¿Y entrar en batalla electoral? “La política le viene a buscar a uno”, dice ya de pie, no se sabe si yendo o huyendo de esa cita.