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Andrés Pérez Baltodano analiza la situación sociopolítica en toda su dimensión tomando en cuenta a todos los personajes implicados.

“El surgimiento de una dictadura desarmada, como la que sufrimos, requiere la previa existencia de una predisposición social a aceptar los abusos de los que nos gobiernan”, sostiene Pérez Baltodano, un nicaragüense que radica en Canadá, experto en ciencias políticas y catedrático de la Universidad de Western Ontario, de ese país.

El analista califica al presidente Daniel Ortega como “un bastardo político” y responsabiliza a los grupos sandinistas y antisandinistas por contribuir a “perpetuar esa contradicción que todavía condiciona y limita la vida política del país”.

Nicaragua está enfrentada por los últimos acontecimientos políticos y porque se cumplió un año de los comicios municipales, calificados como fraudulentos, ¿hacia dónde vamos?
Yo no pienso, como otros piensan, que nos estamos moviendo hacia una dictadura. La dictadura ya existe. Prueba de ello es la capacidad que ha demostrado tener el gobierno de Daniel Ortega para desmantelar o ignorar cualquier condicionamiento institucional o legal que limite sus ambiciones. Otra prueba es la bárbara resignación con la que los nicaragüenses hemos tolerado los abusos de este gobierno.

¿Cómo se explican los “éxitos” de Daniel Ortega en la construcción de esta nueva dictadura? La actual dictadura no es, simplemente, el producto de la ambición y los esfuerzos de Ortega. Una dictadura no se improvisa, sobre todo una que, como la actual, no utilizó la fuerza para llegar al poder, ni ha hecho uso de la fuerza para desmantelar la frágil institucionalidad del país. El surgimiento de una dictadura desarmada, como la que sufrimos, requiere la previa existencia de una predisposición social a aceptar los abusos de los que nos gobiernan.

Simplificando nuestra historia, podemos decir que esta predisposición es una herencia del somocismo. La revolución sandinista aprovechó esta herencia para crear su propio sistema autoritario. Más tarde, la predisposición de la que hablo se nutrió del vergonzoso papel que jugó la Iglesia Católica bajo el liderazgo de Obando.

Finalmente, se alimentó de la indiferencia de los gobiernos neoliberales que no sólo fueron incapaces de responder a las necesidades de los sectores de la población pobre que hoy usa y manipula Daniel Ortega, sino que los insultaron. Ahora sufrimos las consecuencias. ¿Recordás, para citar un ejemplo, del desprecio con que Enrique Bolaños hablaba de los “patas de hule”, para hacer referencia a los campesinos que apoyaban al FSLN durante su gobierno?

Pues bien, muchos de los que se identifican con la marginalidad de esos “patas de hule”, aterrorizan hoy a la oposición. Daniel Ortega no los ha sacado de la pobreza, pero les ha dicho: ‘¡Arriba los pobres!’ Ellos, entonces, decidieron dejar de ser invisibles para hacerse sentir frente al narcicismo de un Bolaños, o frente a la frigidez social de un (Eduardo) Montealegre.

Frente a este panorama de violencia que describe, ¿qué alternativas tiene una oposición que ni siquiera puede protestar en las calles?
Empecemos señalando que la llamada oposición nicaragüense también ha participado en la construcción de esta nueva dictadura. Esto es obvio en el caso de la llamada oposición asociada con Arnoldo Alemán.

La otra oposición, la que no ha saqueado y pactado, también ha contribuido a la construcción de la dictadura de Daniel Ortega.

Se refiere a la oposición que lidera Eduardo Montealegre, al MRS, al Rescate del Sandinismo...
Efectivamente. Estos grupos han contribuido a perpetuar la contradicción sandinismo-antisandinismo que todavía condiciona y limita la vida política del país. Esta contradicción debe ser superada porque de ella se alimenta el poder de Ortega y el de Alemán. El sandinismo y el antisandinismo, además, deben ser superados porque han sido incapaces de dar respuesta a las necesidades del país.

¿Dónde queda el sandinismo que se pelean tres corrientes políticas en Nicaragua?
Nada de esto debe afectar nuestra apreciación crítica de Sandino. A Sandino hay que apreciarlo y admirarlo por lo que él significa y representa.

El sandinismo que triunfó en 1979 también debe valorarse críticamente. El FSLN derrumbó a un tirano. Y esto merece nuestro reconocimiento. Pero luego construyó una dictadura, destruyó la economía del país, propició con su arrogancia la criminal agresión de los Estados Unidos, y traicionó sus propios principios con “la piñata” y su desprecio por los derechos de los demás. Peor aún, este sandinismo que llegó al poder en 1979 parió a Daniel Ortega, porque los que integraban este partido no fueron capaces de denunciar --cuando había tiempo para hacerlo--, las ambiciones y aberraciones del que ahora nos desgobierna. Por el contrario, lo elevaron, lo protegieron y lo adularon.

El Movimiento del Rescate del Sandinismo, entonces, no puede asumir que lo que tenemos que hacer es regresar a una especie de sandinismo virginal, porque el FSLN se prostituyó y la virginidad no se recupera. De la prostitución del sandinismo en los 1980 surge hoy este bastardo político que se llama Daniel Ortega.

¿Y el MRS? Ellos hablan de renovar el sandinismo...

El MRS ha ignorando su propio nombre. Renovar el sandinismo implicaba, entre otras cosas, elaborar una crítica al marxismo que sirvió de soporte teórico a la revolución. Nada de esto ha hecho el MRS, un partido que se define por las caras de los que lo dirigen.

¿Y el liberalismo de Montealegre?

Montealegre no es un liberal; es un neoliberal intuitivo porque ni siquiera tiene la capacidad de explicar cómo es que su neoliberalismo puede responder a las necesidades de una sociedad como Nicaragua. Esto es imperdonable porque América Latina ha producido una hemorragia de experiencias y reflexiones que contradicen el instinto político de Montealegre.

Al parecer, entonces, el verdadero papel de opositor les ha quedado a los organismos de la sociedad civil...
En un sistema de democracia electoral, la única oposición que cuenta es la de los partidos. La llamada sociedad civil puede crear conciencia, educar, sensibilizar. Pero nadie vota por una ONG.

La sociedad civil, además, no puede desarrollar la tarea clásica de los partidos, que es la de agregar demandas sociales dentro de una visión política-normativa de la sociedad. Esto le corresponde a los partidos.

En este sentido se equivocan los que piensan que los partidos y las ideologías políticas de las que se alimentan los partidos son cosa del pasado. Los que dicen estas cosas repiten mecánicamente los predicados de la “visión no conflictiva de la política” que con tanto éxito han difundido los organismos internacionales y una buena parte de la cooperación que, precisamente, son los que apoyan materialmente a la llamada sociedad civil.

¿Qué alternativa queda, entonces? ¿La lucha en las calles? ¿Qué salida le encuentra usted a la situación interna de Nicaragua?
Eduardo Montealegre ha ofrecido pedradas contra pedradas. Yo te digo que si ésta va a ser la manera en que se va a resolver el futuro del país, evitemos las angustias y coronemos desde ahora a Daniel Ortega. ¿Vos te imaginas a Montealegre rajándose la cabeza con un chavalo del Reparto Schick? Y si esto sucediera, ¿te cuesta mucho adivinar quién va a ganar esta pelea? ¿El chavalo de barrio lanzándole pedradas y morterazos a Montealegre, y éste devolviéndole corbatazos?

Pero regresemos a tu pregunta sobre las alternativas que tenemos. No existen salidas fáciles a nuestra crisis. No existen porque hemos perdido tres décadas que tendrían que haber sido usadas para aprender de la experiencia del somocismo, y de las posibilidades y limitaciones que se abrieron en 1979 y en 1990.

Lo que hicieron los gobiernos de los últimos 30 años fue demonizar la experiencia de la revolución, sin entender que lo que hacían era ignorar que, dentro de todo el desastre de los 80, y por encima de la corrupción y la incapacidad de los que dirigieron el experimento revolucionario, 1979 mostró las heridas, pero también las posibilidades históricas de una sociedad que desesperadamente necesita de una visión política que integre sus variadas y hasta contradictorias aspiraciones y necesidades.

El FSLN demonizó a sus oponentes. Hoy demonizamos a “las turbas” y Daniel Ortega devuelve el favor porque le interesa mantener esta confrontación.

Una de las más dañinas consecuencias de esta polarización ha sido la pérdida de referentes éticos universales para crear un horizonte de sentidos comunes para los nicaragüenses. Hay ladrones y piñateros buenos y malos, dependiendo de con quién nos asociamos. En otras palabras, tenemos nuestros buenos y nuestros malos, pero carecemos de un sentido de lo bueno y lo malo. Sin este sentido abstracto del bien y del mal, el imperio de la ley y el llamado Estado de derecho son, sencillamente, dos imposibilidades.

¿Cómo se pone fin a todo esto?

Podemos empezar reconociendo las mentiras que hemos tejido para evitar indagar sobre las razones de nuestra miseria. Ayudaría que alguien lo intentara para, ojalá, desatar un tsunami de honestidad que limpie la podredumbre en nuestro país.

Ayudaría, por ejemplo, que los ricos reconocieran el pecado social de su indiferencia. Ayudaría que los que le cobraron sus servicios a la revolución, prometieran no seguir predicando sacrificio y honestidad, a menos que devuelvan las fincas, las casas de playa y todo aquello que tendría que ser convertido en medicina y pupitres para los pobres.

Ayudaría que todos reconociéramos nuestras faltas sociales, las de acción y las de omisión.

¿Es realista pensar que algo así puede suceder?

Es que si la verdad no es posible, nada lo es. Imaginá lo que podría pasar si un Jaime Wheelock dejara de escribir libros de cocina (para los que pueden comer en Nicaragua) y nos regalara un análisis honesto de las razones por las que murieron 50 mil nicaragüenses en los 80.

Imaginá el impacto que podría tener escuchar a un Mundo Jarquín o a un Antonio Lacayo hablar con humildad de sus limitaciones frente a la magnitud de nuestra miseria.

Imaginemos el impacto que podría tener escuchar al obispo Brenes reconocer las culpas de su Iglesia y pedir perdón por los pecados sociales de su organización.

No creo estar pidiendo imposibles: no estoy pensando en la posibilidad de que el Cardenal o Jerez devuelvan lo que no les pertenece. No estoy esperando que los Francisco Rosales de este país recuperen la vergüenza. Hablo de cosas que todavía pueden hacer los que todavía tienen algo que ofrecer a Nicaragua