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En esa calle --avenida le decían en la época-- había de todo. Allí el Banco Central. Allí la Capilla del Pedagógico. Allí el Jardín Cervecero La 15. Allí el Gran Hotel. Allí una temible cárcel: “El Hormiguero”. Por eso, allí, una multitud de descontentos se aglomeró para presionar al régimen dinástico que pretendía robarse las elecciones.

A eso de las cinco de la tarde ese 22 de enero de 1967, guardias del Batallón Somoza enfilaron los fusiles y dispararon.

Faltaban apenas 14 días para las elecciones generales, cuyos resultados no serían para nada novedosos: otro Somoza sería electo como presidente, esta vez, Anastasio Somoza Debayle, “Tachito”, hasta entonces jefe Director de la Guardia Nacional.

La mañana de aquel día, partidarios del candidato presidencial del Partido Conservador de Nicaragua, Fernando Agüero Rocha, y organizaciones estudiantiles representadas por el Centro Universitario de la Universidad Centroamericana y el Centro Universitario de la Universidad Autónoma (Ceuuca y CUUN) se reunieron en la Plaza de la República.

Pocos, pero buenos a las “tapas”

Los estudiantes, recuerda la poeta Michelle Najlis, dirigente del CUUN de la época, “eran cuatro gatos buenos a las tapas” que habían logrado reunir a los movimientos y a los partidos políticos.

“La campaña de la UNO (Unión Nacional Opositora) era muy fuerte. Había mucho descontento y eso permitió la fuerza de la UNO. Esa marcha era un desahogo popular, y la información que teníamos era que sería cívica”, cuenta Najlis en su casa de habitación en Managua.

Dionisio Marenco era dirigente estudiantil del Ceuuca en ese entonces. Él tampoco tenía mayores conocimientos del curso de la marcha. Ambos recuerdan que con la manifestación se pretendía lograr un diálogo con altos mandos de la Guardia Nacional, en este caso con el general Gustavo Montiel, jefe del Estado Mayor de la Guardia Nacional y jefe de la Oficina de Seguridad Nacional.

El diálogo que nunca llegó

El diálogo con Montiel perseguía que se prolongara el período presidencial de Lorenzo Guerrero, por dos años más, para garantizar unas elecciones presidenciales transparentes y alejar el fantasma del fraude.

Una idea que ahora ven de lejos y observan demasiado loca, tomando en cuenta que los guardias eran fieles a los Somoza.

“Agüero quería presionar a la Guardia a un diálogo para crear una Junta Cívico Militar. La manifestación fue conducida casi a la fuerza ahí, Agüero improvisó esa manifestación. Los Somoza estaban en León en su manifestación, y en la de Managua había poca gente armada, y políticamente no había ningún espacio de negociación, los guardias eran fieles a Somoza”, explica el historiador Roberto Sánchez.

… todo empezó

Al mediodía, Najlis se fue de la marcha. “Carlos Fonseca se contactó con Luis Rocha y me fueron a sacar… a lo mejor previendo la masacre”, comenta la poeta, quien también era miembro del brazo político revolucionario, el Frente Estudiantil Universitario (FER).

Dionisio Marenco se quedó hasta el final. Y es que, a última hora, Agüero informó a los manifestantes que caminarían desde la Plaza de la República hasta la Loma de Tiscapa, sobre la Avenida Roosevelt, esa calle donde se podía encontrar de todo.

La marcha se detuvo donde actualmente está el edificio de sesiones de la Asamblea Nacional, que en aquel momento era el Banco Nacional. Era la Managua imperiosa antes del terremoto, y esa, la principal arteria de la ciudad.

Laureles, únicos testigos

Allí, donde aún siguen de pie dos árboles de Laurel de la India que dan sombra a los visitantes del Parlamento, quedó varada la manifestación, y muchos subieron a los árboles. Dionisio Marenco lo recuerda con mucha claridad.

Para muestra, una foto de él, con muchas libras menos, subido en una pequeña furgoneta con parlantes. No se identifica a la perfección su rostro, está con un micrófono, y él no recuerda qué decía. Cuenta que muchos se subieron a ese mismo vehículo, y se dirigieron a la fila de guardias que, apostados una cuadra más al sur, impedían el paso hacia la Loma de Tiscapa.

El sitio, donde hoy hay una galería fotográfica que rememora el suceso, estaba lleno de gente que llevaba pancartas con expresiones contra el régimen. Aquello era un mar de descontento. O de desahogo, como dice Michelle Najlis.

Las consignas

“Nos han chupado la sangre”, “Recuerda que tu voto es secreto”, “No más Somozas”, “No temás… hoy o nunca”, decían las pancartas, que se confundían con otras de la campaña electoral a favor de Agüero. Muchos de los manifestantes eran campesinos traídos desde sus lugares de origen por Agüero, quien de inicio a fin se ubicó al final de la manifestación.

La gente se había organizado porque “electoralmente no había solución”, comenta Danilo Aguirre Solís, también dirigente estudiantil de la época.

“Comenzamos a alimentar la idea de que la solución ya no sería electoral”, agrega Aguirre Solís, quien a eso de las cinco de la tarde, poco antes de que iniciara el tiroteo, también se encontraba a la altura de donde hoy es la Asamblea Nacional.

Un “bum” por aquí, otro “bum” por allá

Cuando el Sol iba cayendo, una pipa de agua que venía de sur a norte parecía querer disolver la manifestación, pero de repente el teniente Sixto Pineda, quien venía en la delantera del vehículo que transportaba la pipa, cayó al piso. Estaba muerto.

Casi al instante iniciaron los disparos. Parte de ese mar de gente fue muerto a tiros. Había guardias acostados en el piso, disparando, francotiradores…, y los manifestantes que encabezaban la protesta, entre campesinos y estudiantes, corrieron, otros dispararon, y unos con menor suerte quedaron tendidos en el piso.

“Yo pisé canillas, tucos de brazos…”, relata Marenco, mientras Danilo Aguirre Solís recuerda que “la gente caía como frutas de los árboles” de Laurel de la India.

Rifles 22 con balas 38

Aguirre Solís corrió unas cuadras hacia el norte y se detuvo dos cuadras antes de llegar al Gran Hotel. En ese sitio estaban repartiendo armas, pero para asunto de armas los repartidores eran un fiasco o el miedo los dominó. Cuenta Aguirre Solís que entregaron rifles 22 con municiones de calibre 38.

43 años después

Los muertos se contaban por decenas, pero nadie sabe la cantidad exacta. Roberto Sánchez sostiene que hay que sumar muertos y desaparecidos. “Se vieron pasar camiones llenos de cadáveres”, relata Sánchez.

“Históricamente, Agüero es responsable. No fue enjuiciado, hay mucha gente que sí lo fue. Él significó la más grande esperanza como líder político”, agrega Sánchez, refiriéndose a quien cuatro años después pactó con el Somoza contra quien ese día instó a la gente a protestar.

El rezo a “Nicho”

Bajo uno de los dos árboles de Laurel de la India, que todavía está a la entrada del Parlamento, Dionisio Marenco recuerda que cayó, y dice que una amiga de su mamá corrió a contarle que él estaba en el piso, muerto, y por eso en vida le rezaron un novenario.

Justo donde cayó hace 43 años están las fotos de los masacrados ese 22 de enero. Allí, donde corre el aire muy fuerte y hay una cuadrilla de albañiles trabajando en un monumento; donde ya no hay avenida, sólo una calle solitaria resguardada por policías y militares, Marenco, ya con mucha vida recorrida, reflexiona y comenta “lo duro” que fueron aquellas escenas de sangre.

Allí, donde para que a nadie se le olvide, un letrero rememora: “Sirva esta exposición para rescatar la memoria de un hecho que no debe ser nunca olvidado por los ciudadanos nicaragüenses, mucho menos repetido”.