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A las 11 de la noche del 25 de febrero de 1990, Daniel Ortega, ex guerrillero, Presidente de la nación, el “Gallo Ennavajado”, perseguido por multitudes a las que prometía una Nicaragua donde “todo sería mejor”, se encontró con la realidad. Más del 50 por ciento de la población votó en su contra y eligió como nueva mandataria a una mujer.

Una inesperada visita del ex Presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, le enrostró a Daniel Ortega los resultados de las elecciones que se acababan de realizar, y cuyo producto muchos interpretaron como un referéndum a la gestión del gobierno sandinista.

Aquella noche, aciaga para el 41 por ciento de la población que votó a favor de la continuidad de Ortega, y entusiasta para ese 54 por ciento que marcó la boleta con el firme propósito de quitar a los sandinistas del poder, define un parteaguas en la historia de Nicaragua.

Los números pueden graficar el descontento de la población: en 1989 un dólar se cotizaba en 38 mil 150 córdobas; la tasa de inflación llegó al 4 mil 709 por ciento, y el Ejército Popular Sandinista estaba formado por 120 mil hombres, muchos de ellos llevados a la fuerza porque debían cumplir el Servicio Militar Patriótico, SMP, para combatir a la “contrarrevolución”, financiada entonces por el gobierno de Estados Unidos, que además mantenía un embargo comercial al país.

Los sandinistas no se encontraban en su mejor momento, y la población supo recordarlo esa mañana del 25 de febrero, cuando acudieron a las urnas para elegir a un nuevo mandatario. Básicamente tenían dos opciones: Daniel Ortega o Violeta Barrios.

La mayoría de las encuestas le daban el triunfo a Ortega. Allí está para recordarlo Raúl Obregón, hoy director de MyR Consultores, quien dirigía una firma encuestadora que tenía como principal cliente al Frente Sandinista.

“Había un miedo subliminal en la opinión pública y la gente no tenía la libertad de expresarse. Pero también hubo encuestadores que no se enredaron, como don Víctor Borges de Costa Rica”, dice Obregón.

“En todas nuestras encuestas, Daniel Ortega no pasó de 41, 40, 39, 38 por ciento. Doña Violeta sacaba 32, 33, 34 por ciento. Siempre quedaba un 30 por ciento en el aire, ese porcentaje no decía nada. Al final del día, de ese 30 por ciento, el 24 se fue a votar por doña Violeta, y fue lo que no detectamos”, explica Obregón, ya con más experiencia en el campo.

La entonces Unión Nacional Opositora, UNO, confió en las encuestas hechas por firmas costarricenses que le daban la victoria. Confiaban, dice Antonio Lacayo, jefe de campaña de la coalición, porque eran hechas por jóvenes de ese país que con su acento inspiraban confianza a la gente para decir la verdad, “mientras que las que pagaba el Frente Sandinista eran hechas por muchachos de la Juventud Sandinista, que al llegar saludaban y decían: ‘Compañero, le venimos a hacer una encuesta’”.

Pero…

Rayando las siete de la noche, el jefe de campaña de la Unión Nacional Opositora, UNO, que aglutinaba a 14 partidos políticos, Antonio Lacayo, supo que la victoria le era adversa a los sandinistas.

“Yo me di cuenta a las 6:30 de la tarde, cuando el presidente Carter me pidió que llegara a verlo al hotel de la pirámide, el Crowne, para ver cómo yo evaluaba la jornada por la tarde”, recuerda Lacayo.

Cuenta el otrora Ministro de la Presidencia, a quien identifican como el verdadero poder durante el gobierno de Violeta Barrios, que llegó al lobby del hotel donde estaban hospedados Carter y un grupo numerosos de observadores extranjeros.

“Yo allí recogí el uno por ciento de la votación de mano de estos observadores, muchos de ellos eran de izquierda. Yo sentí que el triunfo era nuestro, porque los observadores difícilmente se equivocan”, recuerda Lacayo.

“Cuando no se manipulan los resultados, un conteo del 10 por ciento es imbatible, y hasta el uno por ciento si es representativo del país es muy cercano. Ese conteo me dio 14 puntos de diferencia sobre Ortega”, prosigue Lacayo.

En la casa de campaña del Frente Sandinista nadie se explicaba lo que estaba ocurriendo. El entonces presidente del Consejo Supremo Electoral, CSE, Mariano Fiallos Oyanguren, tenía orden de presentar los resultados de las primeras juntas, que se suponía serían a favor del partido de gobierno.

La sorpresa no pudo dejarlos más estupefactos. Fiallos Oyanguren presentó el resultado de seis juntas, sólo en tres iba ganando el Frente Sandinista y con poco margen sobre su contrincante.

A pesar de las mínimas evidencias, los sandinistas se negaban a salir de su posición de incredulidad. “Apenas van 50, decíamos. Luego, apenas van 100… y así”, narra Obregón.

En la casa de campaña, donde hoy está ubicada la pro gobiernista Radio Ya, estaba el jesuita Fernando Cardenal, quien encabezó la Cruzada Nacional de Alfabetización en 1980.

“Yo tuve dos sentimientos encontrados. Primero, un gran dolor de ver que la revolución se terminaba para los pobres; por otro lado, una tranquilidad grande. Yo había pensado que el eslogan ‘Todo será mejor’ no podía ser. Había tal desgaste económico que era una cosa pavorosa. Yo decía, ¿cómo podemos decir que todo será mejor?”, relata Cardenal.

Paralelamente en León, el jefe de campaña de la UNO y hoy diputado José Pallais Arana, quien además fue viceministro de Gobernación durante el gobierno de doña Violeta, orientó a sus partidarios ser prudentes para celebrar la victoria.

“Me indicaron que tuviese mucha prudencia en la celebración. Había temor de que no se aceptara y de que la guerra se viniera a las ciudades”, dice Pallais.

Y Ortega aceptó

Según Antonio Lacayo, el ex presidente Carter llamó a Violeta Barrios de Chamorro para comunicarle sobre su triunfo, y le dijo que Ortega pidió tiempo para aceptar públicamente los resultados.

El comandante de la Revolución Popular Sandinista, Víctor Tirado López, sostiene que en ningún momento la Dirección Nacional del Frente Sandinista pensó en revertir o desconocer los resultados de las elecciones, que se efectuaron nueve meses antes de lo previsto.

“Carter llamó y dejó razón: tengo los resultados. El Frente perdió, si no lo quieren decir, yo lo diré”, recordó ayer el segundo al mando de la campaña electoral sandinista en esa época, Dionisio Marenco, en un coloquio sobre la fecha que hoy se celebra.

Cuando los resultados electorales fueron totalmente digeridos, Fernando Cardenal salió de la casa de campaña del Frente Sandinista.”Yo me acuerdo que a la salida estaba la Norma Elena y me dijo: hagamos una oración para que ganemos las elecciones. Mi oración fue que se hiciera la voluntad de Dios, lo mejor para el pueblo. Yo caí a la cuenta de que no podíamos solucionarle los problemas al pueblo”, detalla Cardenal.

“Era mejor (perder los comicios) a que nos sacaran a patadas, a que nos rechazaran”, dice Cardenal, quien no sintió como rechazo la pérdida electoral.

La orquesta para celebrar el triunfo sandinista y el abundante licor quedaron para otro día. Poco después de las seis de la mañana del 26 de febrero, Daniel Ortega reconoció públicamente que el pueblo lo había sacado del poder.

Ese discurso de Ortega es recordado como uno de los mejores en su carrera política. “Creo que esa es de las cosas más bellas que ha hecho Daniel, aceptó la pérdida con sentido realista, sin desaliento. Dijo que nosotros hemos comenzado de cero muchas veces. Dijo que nosotros estamos hechos para que nos den golpes muy fuertes”, recuerda Cardenal.

El 23 de marzo de ese mismo año, con base en el Acuerdo de Toncontín, la Resistencia Nicaragüense o contrarrevolución acordó el cese del fuego, y el día que Barrios tomó posesión, el 25 de abril, emitió un decreto que derogó el Servicio Militar.

El general retirado y ex jefe del Ejército de Nicaragua, Javier Carrión, considera que no hubo una “situación catastrófica” a lo interno de la institución militar, entonces llamada Ejército Popular Sandinista.

Ortega regresó al poder 16 años después, luego de cumplir con lo que dijo cuando perdió las elecciones: que gobernaría desde abajo. Ahora, desde arriba, sus partidarios emprendieron una campaña contra la mujer que lo sacó del poder, Violeta Barrios, a quien identifican como corrupta en rótulos propagandísticos. Barrios no se ha pronunciado. Su figura maternal es la que perdura tanto, como la sensación de que cedió el poder a Antonio Lacayo.