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Todos los deportes tienen su mundial. Pero cuando se habla del “Mundial”, con mayúscula y sin más complementos, solo puede ser el de futbol. Empieza 2018, año de Mundial.

Treinta y dos selecciones saltarán al césped a partir del 14 de junio en busca de la copa que Alemania tiene en sus manos desde 2014. Habrá que esperar al 15 de julio para conocer, 64 partidos después, al nuevo (o no) campeón, que se coronará en un escenario inédito en el mapa mundialista.

Rusia, la Rusia de Vladímir Putin, organizará por primera vez el Mundial, repartido por doce estadios de once ciudades. El Luzhniki de Moscú subirá y bajará el telón de una competición que visitará localidades tan distantes como San Petersburgo, Sochi, Ekaterimburgo o Kaliningrado, esa extravagancia geográfica e histórica que limita con Lituania y Polonia pero no con Rusia.

Los favoritos de siempre -Alemania, Brasil, Argentina- volverán a serlo. España, Inglaterra, Francia, Portugal se sienten con derecho a aparecer en el mismo grupo. Se estrenan Panamá e Islandia. Vuelven Perú, Marruecos, Polonia, Egipto y Senegal.

Entre todos intentarán que no se noten las sonoras ausencias. Italia, el único campeón mundial que faltará a la fiesta; Chile, ganador de las dos últimas Copas América; Estados Unidos, ya casi un clásico; Holanda, que tampoco estuvo en la última Eurocopa: la congregación mundialista ha perdido esta vez a algunos de sus más ilustres fieles.

Rusia paga la juerga: 13,200 millones de dólares que según el Kremlin, se amortizarán económica y socialmente. Los analistas financieros tienen sus dudas.

El futbol femenino reserva fechas para la Copa América, en Chile en abril, y para las categorías inferiores, con mundial sub-20 en Francia en agosto y sub-17 en Uruguay en noviembre.

Quizá sea afán de protagonismo. Pero, seis meses antes de su Mundial, Rusia ya disfruta de la atención del planeta deportivo debido a la sanción de dimensiones olímpicas que le ha impuesto el COI por reiteradas prácticas de dopaje y manipulación de muestras para ocultar positivos. Premios y castigos: una montaña rusa de emociones para el deporte en ese país, estrella de 2018 para bien o para mal.

Fuera de juegos de invierno

La consecuencia inmediata de la pena será su participación descafeinada en los Juegos de Invierno de PyeongChang (Corea del Sur), en febrero. El equipo ruso no ha sido admitido como tal en la cita blanca, pero los deportistas que demuestren estar limpios estarán allí como “Atletas Olímpicos de Rusia”. Sin su bandera, sin su himno, pero con sus medallas, si las ganan, sin trampa.

Las circunstancias anómalas de la participación rusa y la tensión política entre Corea del Norte (a 70 kms de la sede olímpica) y las potencias occidentales serán el telón de fondo de PyeongChang 2018, por encima de las gestas deportivas.

La base de la pirámide olímpica que culminarán los Juegos de Tokio 2020 continuará fortaleciéndose con un nuevo escalón de juegos polideportivos regionales. En América será año de Juegos Sudamericanos, en Cochabamba (Bolivia) del 26 de mayo al 8 de junio, y de Centroamericanos y del Caribe, en Barranquilla (Colombia) del 19 de julio al 3 de agosto. Prólogo, ambos, de los Panamericanos que Lima organizará en 2019.

En Europa, Tarragona (España) se hará cargo en junio de los Juegos Mediterráneos, que fueron aplazados en 2017.

Los Juegos Olímpicos tendrán su versión ‘júnior’ en Buenos Aires, que promete ofrecer en septiembre unos Juegos de la Juventud revolucionarios, más en la calle que en los estadios. Y que medirán el músculo de una ciudad que tiene un deseo indisimulado de volver a ser candidata a organizar unos Juegos Olímpicos, quizá los de 2032.