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Entre la espesa pesadumbre que en estos momentos aciagos derrite emocionalmente este país, y las inevitables manchas de sangre que aparecen día a día condenando nuestra inutilidad frente a esta barbarie, viene hacia nosotros la nueva edición de la Copa del Mundo de Futbol a realizarse en Rusia, una fiesta universal del deporte, más ruidosa aunque de menor dimensión que los Juegos Olímpicos, mi evento preferido por permitir disfrutar en la misma ciudad, de los mejores atletas del planeta en casi todos los deportes.

Pero ¿podemos hablar de algo festivo en una situación tan impredecible y agobiante? De ninguna manera. Equivaldría a ser insensible frente a la heroica lucha de una mayoría fácilmente visible, más interesada en producir un cambio que en la brillantez que puedan ofrecer Messi, Cristiano y Neymar.

No digo que vamos a permanecer indiferentes a lo esté ocurriendo en una Copa del Mundo. Sin embargo, el entusiasmo se encuentra fracturado, necesitado de algo más que un excelente ortopeda.

Aunque los áureos sonidos estarán anuncian el advenimiento triunfal de la gloria, y admitiendo que no podremos desvincularnos de semejante competición, permaneceremos más atentos a lo que aquí ocurre, que de las batallas entre los grandes equipos durante el transcurso del torneo. El momento trascendental que atravesamos en un ambiente terriblemente hostil, y el sentimiento pro-patria, así lo exige. Se trata de un compromiso con nosotros mismos, aunque por diferentes compromisos nos sintamos obligados a coexistir con el estremecedor evento.

No le era todo como hoy

La primera gran erosión por un Mundial aquí en Nicaragua, fue la experimentada en 1970, mientras México servía de escenario para el tri-campeonato de Brasil y la consagración de Pelé.

Recuerdo la portada completa del periódico La Prensa, en el cual trabajaba, dedicada a Brasil. La atracción progresaba poco a poco pero no lo era todo como ha llegado a serlo.

En 1986, cuando Maradona se encumbró en el Mundial de México, con mi credencial lista conseguida por el diario Barricada, se decidió que cambiara de ruta y me dirigiera hacia Santiago de los Caballeros en Dominicana, por la posibilidad de ver a la Selección Nacional de Beisbol, disputar una medalla de cualquier color, en los Juegos Centroamericanos y del Caribe. Regresamos sin medalla pese al esfuerzo de Diego Raudez, y me quedé sin ver a Maradona. 

El interés por las Copas fue creciendo, hasta llegar la época de la TV por cable, de Sky, del internet, de las transmisiones en línea, de la facilidad para adquirir conocimientos profundos sobre cada equipo en conflicto y cada jugador en pie de guerra…Las Copas de Suráfrica y Brasil, atraparon como nunca antes el interés de todos aquí en el terruño, y se pensó que en este 2018, se alcanzarían los más elevados niveles de excitación.

Eso fue antes del 18 de abril y de vernos involucrados en este estallido patriótico y por supuesto histórico, que todavía nos tiene sorprendidos. Con la patria gimiendo y sangrando preguntando cada amanecer ¿cuántos muertos más?, será difícil disfrutar los grandes goles, los grandes partidos, los grandes momentos. El entusiasmo que rodea esta Copa, se quebró hace rato.