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  • AFP

Apenas jugó un cuarto de hora hasta ahora en el Mundial-2018, pero ese tiempo le ha bastado a Jimmy Durmaz para convertirse en un símbolo, tanto de la lucha contra el racismo como del espíritu de equipo que impera en la actual selección sueca.

Son cuartofinalistas de Rusia-2018, donde jugarán el sábado frente a Inglaterra, pero una de sus imágenes más comentadas del torneo de Suecia fue la de un hombre con barba, desconocido para muchos, leyendo en su teléfono móvil un comunicado a los periodistas, en el que pide que cesen los ataques racistas contra él y su familia. Sus compañeros de equipo, en fila, aplauden al final del discurso.

Es él, Jimmy Durmaz, que en el partido de la segunda jornada del Grupo F cometió una falta que luego terminó motivando en el descuento el gol de Toni Kroos que permitió la victoria alemana 2-1. El revés no tuvo consecuencias, ya que cuatro días más tarde Suecia se clasificaba a octavos como líder de grupo y Alemania quedaba eliminada como colista.

Después de la derrota ante los alemanes, cuando la continuidad mundialista de los suecos quedaba amenazada antes de la última jornada contra México, las redes sociales se convirtieron en escenario de ataques racistas contra Durmaz, nacido hace 29 años en Örebro de un padre arameo turco y una madre aramea libanesa, emigrados a Suecia desde Turquía.

"Soy sueco y estoy orgulloso de jugar para Suecia. No dejaré nunca que los racistas destruyan este orgullo", aseguró Durmaz en el cuartel general del equipo sueco en Gelendzhik.

"Demonio árabe"

En su cuenta de Instagram, Durmaz fue amenazado e insultado. Le llamaron "cucaracha", "demonio árabe", "terrorista" o "talibán", entre otros.

Cuando jugaba en Grecia, en el Olympiakos (2014-2016), Durmaz visitó un campo de refugiados sirio y ya recibió críticas por ese gesto.

Como respuesta a la ola de ataques racistas se generó un movimiento de solidaridad bajo la etiqueta #viärsverige (Somos Suecia), así como una manifestación de apoyo en Estocolmo.

Elias Durmaz, su hermano pequeño (18 años), que es también futbolista, admitió su "tristeza" por lo ocurrido. "Me ha decepcionado la manera en la que han tratado a mi hermano, es sueco y representa el equipo nacional sueco. Es difícil para mí ver esto", explicó.

La ministra sueca de Deportes, Annika Strandhäll, apoyó a Durmaz luciendo una camiseta del jugador, con su número 21, durante una sesión de preguntas al gobierno en el Parlamento.

Durmaz dijo que acepta ser "criticado por las actuaciones" en el campo, pero estimó que se había "cruzado el límite", con amenazas también a su familia.

"Un deporte de equipo"

El jugador del Toulouse no es únicamente un símbolo contra el racismo en Suecia, sino que también representa perfectamente la fuerza colectiva del equipo, que alcanzó los cuartos de final de un Mundial por primera vez desde 1994, cuando la generación de Martin Dahlin y Tomas Brölin finalizó en tercer lugar.

"Tenemos un equipo estupendo, en el terreno de juego y en el banquillo", celebró el seleccionador Janne Andersson después de la victoria del martes en octavos ante Suiza (1-0).

"El fútbol es un deporte de equipo. Sabemos cómo hemos llegado hasta aquí", insistió.

Durmaz jugó únicamente un cuarto de hora. En el partido ante los alemanes entró en el 74 en lugar de Viktor Claesson.

En 47 partidos como internacional ha marcado apenas tres goles, pero uno fue clave en el camino hacia el Mundial, contra Francia para una victoria 2-1 que fue determinante para llegar a la eliminatoria de repesca, donde los suecos sorprendieron a los italianos.

Por ahora, la gran aportación de Durmaz ha sido desde el banquillo, donde su barba y sus tatuajes con iconos cristianos orientales no pasan desapercibidos. El futbolista es devoto de la Iglesia Ortodoxa Siria.

Sus elementos icónicos no terminan ahí. Se formó en Malmoe, igual que Zlatan Ibrahimovic. Por si faltaban más símbolos.