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Un sol que salió “furioso” desde temprano en la mañana, acompañó sin compasión verdaderos ríos de gente que llegaron ayer a darle el último adiós a las 15 víctimas del trágico accidente de tránsito que enlutó la ciudad de León
A las nueve de la mañana en punto, cuando monseñor Bosco Vivas Robelo oficiaba una misa de cuerpo presente de cuatro de las 15 víctimas, el sol ya estaba bravísimo en lo alto, pero eso no fue suficiente para detener a los miles de leoneses que llegaron a la Basílica Catedral de León, con flores y pañuelos, a decir adiós a los desafortunados pasajeros del microbús Asia Combi, placas LE-378.
Este vehículo quedó con la parte frontal destrozada al ser impactado por el furgón Kenworth, placas C89-015, que corría a exceso de velocidad sobre la Carretera Panamericana.
Llanta “pelona” mató a 15
De acuerdo a la explicación oficial del comisionado mayor Douglas Zeledón, jefe policial del departamento de León, las causas del accidente fueron exceso de velocidad y la imprudencia del conductor del “mastodonte”, Ciro Arsenio Arévalo Roque, salvadoreño de 37 años, quien murió en el accidente al invadir el carril contrario.
La otra causa fue una falla en la llanta delantera izquierda del furgón, a la cual se le bajó la presión de aire al pie de la cuesta donde el cabezal iniciaba su trágico aventajamiento e invasión de carril que lo llevó a impactar al microbús, en el kilómetro 91 y medio de la vía en mención.
Según la versión oficial, el pesado vehículo iba a alta velocidad en una zona donde cada 100 metros hay rótulos que indican que debe conducirse a 45 kilómetros por hora, y sobre la pista está una línea amarrilla continua que indica que no se puede aventajar en la vía.

139 metros antes del lugar del impacto, el conductor bajó la manivela del tablero para pedir vía a la izquierda y adelantar, posiblemente, a un ciclista que según los testigos, iba sobre el carril donde el furgón corría “disparado”.
Era un viejo furgón
Cabe mencionar que el vehículo pesado, que circulaba sin carga, fue fabricado en 1974 y presentaba fallas mecánicas serias: sus amortiguadores estaban en mal estado, los ejes de las llantas estaban “barridos”; el material de los frenos ya estaba gastado y las llantas, aparte de ser reencauchadas, estaban tan gastadas que incluso lucían alambres fuera del material de caucho.
Según el peritaje de la Policía, la llanta delantera izquierda del furgón empezó a perder aire y a “halar” al cabezal al carril contrario. De acuerdo con la revisión técnica, el furgón había pasado del quinto cambio alto, al cuarto cambio alto para adquirir mayor velocidad antes de iniciar la cuesta, razón por lo cual, según la investigación policial, el conductor no pudo enderezar la nave y la estrelló contra el microbús que, de acuerdo a los testigos del lugar, también iba a alta velocidad.La revisión de ambos vehículos por las autoridades policiales indica que la caja de cambios del microbús había sido bajada a tercera segundos antes del impacto, mientras que la del furgón quedó en cuarta alta.
Cabe señalar que todo ocurrió en menos de siete segundos y que el chofer del furgón ni siquiera intentó frenar, no así el del microbús, cuyo conductor, Ernesto Sabino Martínez, sonó y sonó el claxon, bajó velocidad con los cambios del motor y hasta se orilló en la vía hasta casi precipitarse en un pequeño cauce.
Un rayo explotó en la carretera
José Alfredo Jiménez Varela, un testigo que estaba en la transitada vía al momento del impacto, recuerda que los pasajeros que venían en la parte delantera del microbús, cuando vieron venir de frente al furgón apenas empezaban a gritar, pero rápidamente el estruendo metálico calló toda exclamación de terror ante la muerte que se venía encima.
“Ese ruido fue salvaje, parecía como que un rayo había explotado en la carretera. Fue un trueno como de tormenta, pero cerquita del oído”, dice Jiménez mientras decenas de curiosos observan con conmoción el sitio donde todavía yacen manchas de sangre y aceite para motor. En el lugar todavía se siente un intenso olor a sangre descompuesta y combustible.
En el microbús viajaban 34 personas y en el furgón, una. Producto del impacto 15 personas murieron y 20 resultaron gravemente heridas. De los fallecidos, nueve murieron al momento del golpe y los otros seis en el Hospital Escuela “Oscar Danilo Rosales”.
El furgón fue trasladado al patio de la estación policial departamental. En total, las únicas huellas del accidente eran la parte superior frontal de la cabina destrozada y pedazos de vidrio y metal, así como manchas de aceite y un tenue olor a combustible.
Huellas de la tragedia
Los restos del microbús fueron trasladados al garaje policial, frente al cementerio Guadalupe. Dentro del amasijo de hierro y vidrio estaban los rastros de varias vidas segadas en distintas edades de la vida: caramelos de menta y paletas por aquí, pedazos de cuadernos escolares y crayones, indican que venían niños que regresaban del colegio.
Por allá había tomates destripados, cebollas manchadas de aceite automotriz, pedazos de verduras y frutas que indican que varias madres iban a sus hogares a hacer la comida del mediodía, porque el accidente ocurrió a las once y media de la mañana, según el reporte policial.
Unos papeles y recibos de servicios básicos, un fólder amarillo y un sobre de manila indican que alguien volvía de hacer gestiones administrativas. Un termo naranja da cuenta que alguien trasladaba jugos para venta, y las herramientas de mecánica, una peineta y pastillas, indican la variedad de asuntos que los pasajeros hicieron antes, en vida. Las abundantes manchas de sangre impresas sobre el techo del microbús y los cristales rotos por todas partes indican lo que ocurrió al momento de la muerte.
Velas dobles
No lejos de allí, en la Villa 23 de Julio, el ambiente de luto y dolor se sentía más intenso que el calor “perro” que agobiaba a la ciudad desde el amanecer. Sólo en un radio de menos de tres cuadras, seis velorios aglutinaron a centenares de vecinos y curiosos que lamentaban el deceso de sus familiares y amigos.
Cada casa en vela era una historia distinta y un mismo dolor. En algunas casas la pena era doble: Gloria Elena Canales Castellón, una madre de 30 años, era velada a la par de su tierna, Cindy Arcia Canales, de dos años y medio.
A una cuadra de allí, Justo Saborío lloraba de rabia por la suerte de su hija de 23 años, Tatiana, y su nieta de tres, Itati Anaís. Ella venía de traer a su bebé del preescolar “Rubén Darío”. “A dos minutos de su casa me las mataron”, decía, y denunciaba, con más rabia aún, la presencia de políticos del Frente Sandinista en las velas.
“No tenían por qué venir a hacer proselitismo a las velas, aquí andaban Gladis Báez, Evert Cárcamo, Filiberto Rodríguez y el alcalde Tránsito Téllez, así como otros funcionarios de la alcaldía que andaban repartiendo café y pan en nombre del FSLN”, denunció Saborío.
En una casa de la misma comunidad eran veladas dos niñas de menos de 12 años, hermanitas que venían del Colegio Bautista: Josselyn y Julissa Montes Hernández; sus ataúdes estaban atiborrados de flores, retratos y peluches en la sala de una casa sencilla.
En esta misma casa, el tío de las víctimas, Ciro Altamirano Hernández, también se quejaba de la visita de los miembros del FSLN y de los funcionarios de la alcaldía: “Trajeron una bolsa con pan y un poquito de café, y andaban dando los pésames en nombre del presidente Ortega y del FSLN. Nada tiene que ver la política con esta tragedia”, se quejó Altamirano.
La tarifa mortal
Maryurit Elizabeth Urcuyo, una vecina de la señora Cándida Valdivia, quien murió en el accidente, cuenta que ella subió al microbús de la muerte media hora antes de estrellarse.
“Yo me subí para ir al mercado de la Estación, y ellos venían a toda velocidad. No respetaban nada y les valía que una les dijera que tuvieran consideración con los pasajeros”, dijo la mujer, quien se bajó minutos antes del accidente.
Ella se quejó de la suerte de su vecina: “La pobre pagó tres córdobas para que la mataran”. Valdivia se dedicaba a gestionar remesas y encomiendas de Costa Rica a Nicaragua, y fue la última víctima en ser identificada: su vela inició a las diez de la noche de ayer.
Y mientras los pesares y dolores de la tragedia se comentaban por doquier en León, un sol furioso acompañaba a los ríos de gente que acompañaron los féretros a los cementerios Guadalupe y San Felipe, donde en medio de llantos y gritos de dolor se les dijo adiós a las víctimas del microbús de la muerte.