• |
  • |

Julián Armengol Galo no sólo fue el padre los cuatro hijos, que educó con su esposa, María Eugenia Marenco, sino también de los niños que integraban los tres equipos de béisbol que organizó y patrocinó con esfuerzo propio en el barrio “Georgino Andrade”.

68 días después de la inesperada y violenta partida de este mundo de Julián Armengol Galo, la ausencia física de éste no sólo es notoria en su hogar, sino en el campo de béisbol ubicado frente a su casa, el que cuidó con tesón mientras estuvo entre los vivos.

“Los sábado se levantaba a las seis de la mañana para mojar el cuadro, y luego rayarlo (es decir poner las rayas con que se marcan los límites del terreno de juego)”, recuerda con nostalgia su hijo, Óscar Galo Marenco.

Cuidaba tanto el cuadro de béisbol donde jugaban los niños del barrio, que hasta tuvo problemas con algunos vecinos desaseados, a quienes les impidió hacer del campo deportivo un basurero.

Un “Quijote” del béisbol

A diferencia de los tradicionales directivos del béisbol superior, quienes “sacan pecho” con sus equipos patrocinados con el dinero de otros, Julián Galo siempre costeó con sus propios recursos económicos los equipos infantiles y de sóftbol.

“El siempre dijo que él prefería no pedir patrocinio a nadie, para que nadie le llegara a mandar a sus pupilos”, refiere Óscar Galo, quien lo asistía en el manejo de uno de los tres equipos infantiles que tenía.

Julián Galo siempre fue fanático de los Indios del Bóer y del equipo de Grandes Ligas Indios de Cleveland, y por esa razón a sus equipos infantiles siempre les puso el nombre de “Indios”.
Galo no sólo era el manager de los equipos infantiles, sino que también “padrino”, porque se encargaba de pagarles un entrenador y dotar a los niños de uniformes, zapatos y el correspondiente utilaje (bates, manoplas y pelotas)

Amor y rigor

Galo fue como el segundo de padre de los niños a quienes apoyaba en su práctica deportiva. Por eso, Julián enseñó a sus peloteritos que para ser un buen deportista también hay que ser un buen estudiante.

“Él siempre dijo que para ser un buen deportista también se debe ser un buen estudiante”, recalcó Óscar Galo.

Después de cada partido, Julián Galo y su esposa, María Eugenia Marenco, repartían el refrigerio entre los niños, y a los peloteritos más destacados, a los que premiaban con algún regalito, que podía ser un par de guanteletas, un par de zapatos o algo que agradara al deportista, recuerda Óscar.

Cuando los niños jugaban de manera displicente y perdían el juego, también les llamaba la atención, como un buen padre, diciéndoles: “Ustedes son buenos, pero perdieron porque no quieren ser mejores”.

Era tanto el cariño que cultivó entre los pequeñines de los tres equipos de béisbol que tuvo Galo, que muchos de ellos, después del partido, se quedaban en su casa, y por la tarde los sacaba a pasear y a comer a los restaurantes de comidas rápidas”, recordó Óscar Galo.

Grandes satisfacciones

El deporte también le dio grandes satisfacciones a Galo: un día fue invitado a presenciar el “Clásico de Béisbol”, que se celebró el año pasado en Estados Unidos, donde participaron las principales potencias de ese deporte con sus jugadores profesionales. Japón se alzó con la victoria.

En ese viaje, al cual fue invitado por el Departamento de Estado de Estados Unidos, Galo también visitó los campos de entrenamientos de Los Astros de Houston y de los emblemáticos Yanquis de New York, recuerdan sus hijos.
Pero la mayor satisfacción que Galo tuvo en vida, fue la que le dieron sus pupilos en el Campeonato de Béisbol Infantil, en el cual ganó su equipo infantil “A”. El evento se realizó en Granada, un año antes de su inesperada muerte.

¿Por qué tanta pasión?

Aunque Julián Galo jugó béisbol en sus años de juventud, y sóftbol como adulto, su pasión por el llamado “Deporte Rey” de los nicaragüenses, se desbordó cuando su hijo, Engel, incursionó al equipo de béisbol que practicaba todas las tardes en el cuadro que está frente al que fue su hogar, el que cuidó como parte de su patrimonio personal.

Otras de las razones por las cuales Galo se entregó tanto a los niños de su barrio, es porque su infancia fue muy triste por el maltrato que recibió de su padrastro.

“Mi papá nos contaba que a los 12 años se tuvo que ir de su casa a trabajar, cortando algodón, y fue hasta los 14 que se puso un par de zapatos”, explicó su hijo.

Julián Galo no sólo será recordado por su entrega al deporte y a los niños, sino porque en cada Navidad hacía detonar juegos pirotécnicos en el barrio, los que iluminaban los cielos decembrinos.

La estafeta que Julián Galo dejó al ser asesinado, la noche del 25 de agosto del año en curso, en una calle de San Miguel, en El Salvador, ha sido retomada por sus hijos y su esposa, María Eugenia Marenco, quienes con menos recursos económicos tratan de suplir las necesidades de los peloteritos, porque en cada batazo y en cada lanzada tienen presente la enseñanza de este altruista del deporte.

Su muerte trágica

Julián Armengol Galo murió de forma instantánea al ser baleado por varios delincuentes, cuando opuso resistencia en el interior del vehículo, dentro del cual fue llevado a un predio baldío junto a su socio, pero sólo uno de ellos se salvó.

Galo falleció el 25 de agosto pasado, minutos después de llegar a la San Miguel, El Salvador, en compañía de su amigo y socio, Ricardo Jiménez, quien también salió gravemente lesionado.
Había viajado a El Salvador con su socio por negocios que se frustraron por el crimen el día que llegaron. Galo tenía 40 años al momento de su violento deceso y se dedicaba a la venta de automóviles usados.

Casi tres meses después del crimen, las autoridades de aquel país cuzcatleco no han informado de la captura de los supuestos autores, y lo único que le han dicho a la familia doliente es que pueden pasar retirando el celular y la billetera que éste portaba.