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Cuando los familiares de  María Isabel Dávila Guerrero, “doña Chabela”,  dieron la noticia de su muerte, todos sus vecinos sintieron su partida, porque era muy querida en la capitalina comarca de Chiquilistagua.

Era tanto el amor que le tenían a doña “Chabela”, que la feligresía católica de la iglesia de Chiquilistagua, sus vecinos y los familiares tuvieron que velarla por tres días consecutivos para que todos tuvieran la oportunidad de despedirse de ella.

Pero al tercer día sucedió lo inesperado: “resucitó”. Nadie lo podía creer: en medio de los rezos de medianoche se escuchó un ruido, la tapa del ataúd se abrió y se escuchó un: “¿Qué pasó aquí?”.

Era  doña “Chabela” que estaba sentada en el féretro, el mismo que supuestamente guardaría sus restos por muchos años.

Todos pensaron que era el “demonio” que se había apoderado de la señora. Unos  corrieron despavoridos “con la piel de gallina” y otros se hincaron para rezar por el alma de doña “Chabela”.

Mientras los vecinos corrían asustados, doña “Chabela” preguntaba qué sucedía, porque estaba desconcertada por  el panorama, y no se daba cuenta que estaba sentada en un ataúd.

“Una vecina decía: “Señor, sánala, perdónala por los pecados, por lo malo que haya hecho”, mientras colocaba su mano temblorosa encima de la de mi mamá y minutos después la rezadora se desmayó al lado del féretro”, recuerda sonriente Xiomara Espinoza Dávila, una de las hijas menores de doña “Chabela”.

Lágrimas de felicidad
Mientras unos corrían asustados, los demás  rezaban y otros se desmayaban, en tanto los hijos y los nietos de doña “Chabela” lloraban de alegría al verla sentada en el féretro.

“Nadie le decía nada, como miramos que estaba trastornada y no se daba cuenta de lo que pasaba, no le contestábamos nada, sólo la quedábamos viendo asustados, preguntándonos qué fue lo que pasó, y a mí se me ocurrió llamar al médico de la familia”, cuenta Odilí Espinoza Dávila, hija de doña “Chabela”.

Como doña Chabela también estaba asustada, con ayuda de sus familiares se salió del ataúd, temblorosa, preguntando: “¿Quién murió?”.
Después se posó frente a la caja y  fue en ese instante que descubrió que a la persona que estaban velando era ella y empezó a preguntar por qué la tenían ahí adentro.

“La llevamos  adentro de la casa y la acostamos en su cama, ahí la empezamos a “sobar”,  porque todavía estaba como sedada, sólo decía algunas palabras, y temblaba”, comenta Damaris Espinoza Dávila .

Cuando todos se calmaron y los vecinos se habían ido, a excepción de los curiosos, los hijos de doña “Chabela”  inmediatamente fueron en busca del doctor de la familia, don Rigoberto Moreira D´Trinidad, para ver qué era lo que pasaba y también  mandaron a cerrar el hoyo que tenían listo en el cementerio.
“El doctor no dudó en venir, trajo todos sus instrumentos en un maletín, venía preparado para averiguar qué era lo que le pasaba con mi mamá, cuando ya estaba en la casa y había terminado de examinarla, nos dijo que la causa –de la supuesta muerte y resurrección--, había sido una sobredosis de sedantes”, cuenta Odilí Espinoza.

Estaba dormida
Antes de este episodio, doña “Chabela” había sufrido tres derrames y tres infartos, y en el último, un médico le recetó unos sedantes, que se los administrarían colocándoselos debajo de la lengua,  una vez por la noche.

“Un día que mi mamá iba a quedar sola y no había nadie que la cuidara, le dijimos a la “Chilo” --mi hermana-- que se hiciera cargo para mientras veníamos,  y que le diera correctamente el tratamiento, pero ella se equivocó y en vez de colocarle el sedante bajo la lengua, se lo dio tomado y no una vez al día, sino tres,  y por eso mi mamá se puso como muerta”, relata Damaris Espinoza.

Después de reposar, cargar energías y recuperarse totalmente del increíble episodio, doña “Chabela” siguió su rutina de todos los días y el ataúd en el que la iban a enterrar  estuvo guardado en su cuarto por siete años.

Durante esos siete largos años, el ataúd sirvió como sitio de almacenaje, pero  un día, don Leopoldo Dávila Carpio, el padre de María Isabel Dávila,   murió producto de un infarto, y por fin el féretro se usó.

Doña Chabela, quien actualmente tiene 89 años,  ahora no tiene ataúd y a su familia ni se le ocurre comprarle uno, porque están felices de tenerla “vivita y coleando”.

 

Pintura automotriz para féretros

La aversión a los féretros es normal, porque se cree que son de mala suerte, pero en  Malasia,  --según una nota que encontramos en Internet--, los devotos del templo Looi Im Si, creen que dormir una siesta en un cómodo cajón es de buena suerte.

Cierta o no dicha creencia, acá en Nicaragua, principalmente en las zonas rurales, hay gente que tiene féretros en sus casas, porque no quieren andar “pegando carreras” a la hora del duelo y compran por adelantado, o porque adquirieron el producto para un pariente que a Dios gracias finalmente no se despidió de este mundo.

“Ya nos ha pasado eso….Llega el cliente y nos dice: “Mire,  solo estamos esperando,  el médico dijo que en cualquier momento se nos puede ir…. Y pasan  tres o cuatro años y ahí tenemos la caja fúnebre (esperando), porque gracias a Dios,  la persona que estaba enferma se alivió”,  comenta Francis Gioconda Herrera, gerente de ventas de Funeraria La Amistad, que tiene 38 años de ofrecer servicios en Ciudad Sandino.

“Tenemos cajas fúnebres que ya han sido canceladas y llevan más de un año bajo nuestra custodia”, comentó por su lado Melvin Pérez, asesor legal de la reconocida Funeraria La Católica y la Auxiliadora.

Es como cualquier producto
También suele suceder que la persona que canceló su ataúd se lo lleva a su casa, como cualquier producto.

“Cuando el comprador decide llevarse su producto, nosotros se lo empacamos bien,  se le coloca esponja a los lados  para evitar abolladuras o raspones,   luego se re empaca en  una caja de cartón. Además se le recomienda al cliente no colocarlo en lugares muy abiertos,  por el sol, la lluvia y el polvo,  entre otras adversidades del clima. La caja fúnebre bien cuidada puede durar más de tres años, porque nosotros tuvimos una en exhibición por tres años y estaba intacta,  allá, al tiempo,  fue que la retocamos”, comentó Herrera Pérez, quien apuntó que hay urnas especiales, porque tienen la tapa hecha con fibra de vidrio y son retocadas con pintura automotriz, lo que significa que requiere más cuido.

“Le recomendamos no dejarla mucho tiempo en el suelo, porque hay que recordar que la base es de madera y puede dañarse con la humedad o puede agarrar polillas o verse afectada por diversos  factores a través del tiempo”, explicó Pérez.
Según estos expertos en ventas, algunas urnas fúnebres necesitan más cuido que otras, pero  todo depende del material con que estén elaboradas.

Una caja fúnebre puede costar entre 280 ó 3,000 dólares, incluyendo el transporte hacia el cementerio y los accesorios para el velorio, pero hay otras opciones más económicas.