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Héctor Antonio Carmona Padilla, de 30 años, originario de León y con domicilio en Chinandega, perteneció durante siete años a la temible Mara Salvatrucha en el departamento de San Miguel, El Salvador, y actualmente trabaja honradamente para llevar el sustento diario a su familia.

“Cuando tenía 15 años me enrolé en las filas de esa agrupación delictiva, porque miembros de otras pandillas me atacaban. Estuve diez años preso en varias cárceles de El Salvador por tenencia de droga, portación de armas de guerra y por un homicidio culposo. Eso fue un episodio terrible de mi vida, las autoridades salvadoreñas me dieron la carta de libertad y me vine para mi país”, expresó.

Carmona Padilla, quien labora como celador en un autolote de la ciudad de Chinandega, muestra varios tatuajes en su cuerpo como reflejo de su participación en diversos enfrentamientos entre pandillas por territorio, afectando a pobladores indefensos.

“Realicé varios ‘operativos’. Cuando uno está en ese mundo se cree invulnerable. Cuando uno se enrola en las pandillas, todo se ve color de rosa, pero cuando uno se da cuenta del peligro al que está sometido, a veces es demasiado tarde para reflexionar”, indicó.

Secuela de la vida delictiva

Recordó que se marchó a El Salvador en busca de trabajo con su papá de crianza, Trinidad de Jesús Rivas Pérez, pero desde su llegada incursionó en las pandillas.

Carmona Padilla, quien es padre de dos hijos, instó a los jóvenes a no caer en el flagelo de las pandillas, y a trazarse metas en el estudio y en el trabajo, para ser personas ejemplares.

Con su testimonio espera llegar al corazón de muchos jóvenes. Hoy está reinsertado a la sociedad ganándose honradamente el pan para su familia y sus hijos.

Como una secuela de lo que antes era, el lunes pasado Carmona Padilla fue llevado a las instalaciones de la Policía Nacional, para investigarlo a través de la Policía Internacional, Interpol, pero no tiene ni tenía cuentas pendientes con la justicia de ningún país.