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Su cama no tenía el calor de un hogar, era fría y sin almohada, porque colocaba su cabeza a descansar sobre cualquier cosa, inclusive en una piedra “suave y cómoda”.

Cualquier lugar le servía de “habitación” cuando lo sorprendía la noche. Lo único que tenía que hacer era buscar pedazos de cartón o sacos para cubrir su delgado cuerpo.

Lo mismo le daba si era de día o de noche, si era martes o viernes, porque su mundo era oscuro y sin metas.

Su familia se esfumó, y los “amigos” aparecieron uno a uno, unidos por las calamidades y en busca del mismo refugio: las drogas.

Fueron 12 largos años los que Álvaro Noel Merlo Cruz pasó en un mundo de tinieblas, sumergido en las drogas y en el alcohol, hasta hace poco más de seis meses, cuando los corazones de unas empresarias que lo vieron crecer en las calles se conmovieron y decidieron darle la oportunidad de cambiar de vida, aunque él debía poner el ingrediente principal: fuerza de voluntad.

“Yo me mantenía en una de las esquinas de Villa Fontana desde los 14 años. La gente miraba hasta normal que un grupo de chavalos estuviéramos ahí oliendo pega y consumiendo alcohol. A veces me regalaban algún dinerito para que comprara alimentos, pero uno pierde hasta el hambre, porque el consumo y la adicción no te permiten razonar”, reflexiona este joven, que ahora tiene 26 años y lucha día a día para no recaer en el vicio.

Recuerda que el día que decidió cambiar, las damas --a quienes únicamente conoce de “cara”-- le llevaron alimentos y refresco, luego le dijeron: “Montate (a la camioneta), vas a conocer a muchos amigos”, pero nunca le dijeron que iba a un centro de rehabilitación, mucho menos que era privado.

“La estadía en el centro costaba C$ 3,500 mensuales, y la rehabilitación es solo por tres meses, pero como yo no tenía dónde vivir, ellas hablaron con el director del centro y costearon tres meses más, es decir, cancelaron C$ 21,000 ¡sin que yo fuese su familia y sin que existiera ningún interés, más que regalarme la oportunidad de salir del hoyo en el que me encontraba…! A diario le doy las gracias a Dios por ponérmelas en mi camino, y le pido que las llene de vida”, manifiesta agradecido Merlo Cruz.

Aceptación, palabra clave

“La droga me quitó a mi familia. Mi mamá me internaba en los centros de rehabilitación, pero yo siempre me iba a dormir a la calle. Era un mes o dos los que pasaba sin consumir droga y alcohol, porque creía que podía controlarla y me sentía poderoso, pero me he dado cuenta de que no es así. Para poder salir de ese abismo, lo primero que uno debe hacer es aceptar que sos un enfermo, un consumidor, y que necesitás ayuda de especialistas, además, debés tener fuerza de voluntad y ganas de cambiar, porque es duro, muy duro”, recapacita Merlo.

“Muchas veces me sentí derrotado, sin fuerzas, sin ganas de vivir, porque en ese momento me hacía falta la calle. Pero dos internos que tienen más experiencia me enseñaron que yo era una persona valiosa, que recordara que quien sufría era mi madre, mi familia, y eso despertó en mí el deseo de ponerme metas y de ser alguien mejor cada día”, enfatizó.

Merlo Cruz quedó huérfano de padre cuando apenas tenía una semana de nacido, y su progenitora se convirtió en padre y madre para él y para sus tres hermanos. Ahora que ha cambiado desea resarcirles el sufrimiento y recuperar a su familia.

Durante su rehabilitación, Merlo Cruz no recibía visitas como los demás internos, siempre estaba alejado “viendo los toros de largo”, y fue en ese momento cuando conoció a su mentor, el economista Eduardo Solórzano, con quien poco a poco fue cultivando una amistad que ahora es más fuerte. “Es el padre que nunca tuve”, comenta.

“Él me ha ayudado moral y espiritualmente, es mi mentor, mi amigo, es la persona que todos los días me llama y está pendiente de mí. Me ha demostrado que soy una persona valiosa. Aunque para algunos una llamada o un saludo son insignificantes, para un adicto es algo grande, porque sentís el cambio, sentís que le importás a alguien, que ya no sos rechazado”, insistió.

“Antes, cuando yo andaba sucio, desaseado y con un vaso de pega en la mano, la gente se me apartaba por miedo, ahora no, paso y todo normal. Eso me alegra mucho, me llena de satisfacción”, comenta Merlo Cruz.

Encuentro providencial

“Cuando conocí a Álvaro estaba en un rincón del centro, nosotros llegamos a darles charlas a los muchachos, llegamos a evangelizarlos, a acercarlos a Dios. Él siempre estaba solo, entonces empecé a conversar y a visitarlo, a llevarle algunas cositas de uso personal, al igual que lo hacían las señoras que lo inscribieron”, comenta Solórzano.

Después de los seis meses, Merlo Cruz “abrió sus alas y voló nuevamente”, procurando no volver a caer en el vicio.

Álvaro Noel no tiene cédula de identidad, tampoco sabe leer ni escribir, por lo que una de sus metas para este nuevo año es alfabetizarse. “Tengo el deseo de aprender para que la gente no me engañe, aunque lo dudo, porque en la calle uno aprende de todo”, comenta riendo.

Ahora que está fuera del centro de rehabilitación ha descubierto algo que parece curioso: “He vuelto a sonreír, a tomarle cariño a la vida. ¡Hace tiempo que no reía! ¡Hasta eso te quita la droga!”, comenta.

Merlo Cruz se gana los tres tiempos de alimentos a cambio de trabajo en el centro “Zacarías Guerra”, donde labora en ornamentación y mantenimiento, pero próximamente incursionará en las áreas de electricidad y de fontanería.

Metas

“Ahora le estamos alquilando un cuarto cerca de su centro de trabajo, él (Merlo) tiene una agenda apretada, necesita mantener su tiempo ocupado para no dar espacio a las tentaciones. Ha pasado de pedir dinero y de limpiar carros en los semáforos a ganarse honradamente la vida; está aprendiendo fontanería y a conducir el tractor que recoge la basura, se le están enseñando oficios para que pueda sobrevivir”, manifestó Solórzano, el mentor.

Todo ha cambiando en la vida de Merlo Cruz, porque recuperó a su núcleo familiar. El reencuentro con su mamá, Ileana del Carmen Cruz, fue muy emotivo, y hasta fueron a cantar a la virgen en la tradicional Gritería el 7 de diciembre.

“Álvaro ha recibido la oportunidad de trabajar en el Proyecto de sandías sin semillas que se exportarán hacia los Estados Unidos. Vegyfrut --Vegetales y Frutas Procesadas S.A.-- es la empresa que le ha abierto una nueva puerta y está entusiasmado, porque otra de sus metas es ahorrar para ayudar a su mamá, y desea construirle una vivienda digna en el terreno que tienen”, comentó Solórzano.

Merlo Cruz asegura que más adelante, cuando haya cumplido sus metas en el corto plazo, quiere tener su propia familia.

Decisión es vital

“Lo primero que un adicto debe tener es voluntad para cambiar. Es una decisión propia, la persona tiene que aceptar que es un consumidor de drogas, porque muchas veces minimizan el problema manifestando que cuando quieren lo dejan y no aceptan que tienen una adicción, una enfermedad”, explicó la psicóloga Laura Rodríguez, de la Comisaría del Distrito III de Policía.

Según la especialista, los padres de familia también tienen su etapa de negación, y solo aceptan el problema hasta que la situación se les escapa de las manos.

“La adición es un problema de salud pública y difícil de sobrellevar, por lo que los padres sufren etapas de pena moral y se resisten a aceptarlo”, comentó.

Recomendó a los padres que tienen hijos adictos, internarlos en un centro de rehabilitación, “porque lo que generalmente hacen es ponerlos a estudiar para que supuestamente se les olvide consumir drogas, luego les empiezan a sacar los sacrificios que hacen por ellos, y eso no es correcto, lo recomendable es sentarse a conversar con los hijos para salir del problema”.

La experta señaló que el consumo de drogas deriva de carencias afectivas o de falta de atención, porque el papá y la mamá tienen que dejar al hijo para ir a trabajar, o bien por malas influencias, curiosidad o malos ejemplos dentro de la familia, cuando esta se dedica a la venta de estupefacientes.