Francisco Mendoza S.
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JINOTEGA
Un hombre y su hijo de ocho años fueron brutalmente asesinados a hachazos y machetazos por un hijastro y un sobrino político de la víctima adulta, quienes después enterraron los cuerpos en los alrededores de una letrina.

El hijastro del hombre le dijo a su madre que ya no preguntara por su compañero de vida, pues todo había terminado y no lo volvería a ver.

El doble asesinato atroz, que tiene conmovidos a los habitantes del lugar, por el sadismo con el que fue cometido, se registró en la comarca Wamblán, del municipio de Wiwilí, departamento de Jinotega, cuando una de las víctimas, Sebastián Ríos Castillo, de 44 años, salió con su compañera de vida, Rosa Modesta Jirón Aguilar, para dejarla en la Casa Materna, debido a que está embarazada y debía realizarse los monitoreos correspondientes.

Sebastián bebió media botella de ron y en el camino discutió con su entenado, Juan Agustín Jirón Aguilar, y con el sobrino de su mujer, Justo Pastor Jirón Talavera, de 20 años. Luego se retiró a su casa, en compañía de su hijo, Abel Ríos Zamora, de ocho años, sin imaginarse que esa misma noche les quitarían la vida.

Según las investigaciones realizadas por la Policía jinotegana, esa tarde los dos primos planificaron la muerte del marido de doña Rosa Modesta, pero también decidieron que no dejarían rastro del crimen, por lo que llegaron a la conclusión de que debían matar al niño, quien inocentemente ignoraba lo que habían ideado los familiares de su madrastra.

En las primeras horas de la noche, los dos asesinos se presentaron a la vivienda de Sebastián, a quien Juan Agustín le asestó un machetazo en la nuca, mientras Justo Pastor le propinaba un hachazo en el área del estómago y otro en la cabeza.

Pero la orgía de sangre no había terminado, debido a que los asesinos buscaron al niño, para no dejar testigos del crimen.


Sin piedad por el niño
Cuando encontraron al menor, los primos no se detuvieron a pesar que el niño estaba llorando, según lo narrado por uno de los criminales, y le asestaron varios hachazos hasta dejarlo en un charco de sangre, junto a su padre.

Luego los antisociales levantaron los cuerpos y los arrastraron a unos veinte metros, hasta llegar a donde está ubicada la letrina. Cavaron alrededor y enterraron los cuerpos para no dejar rastro, y después se marcharon del lugar como si nada habían hecho.

Nadie supo del hecho hasta el día siguiente, cuando Juan Agustín le dijo a su madre que ya no esperara a Sebastián, debido a que ya no lo volvería a ver a él ni a su hijo, que todo había terminado y como si se tratara de cuento, le narró a su madre como junto a su primo, Justo Pastor, había terminado con la vida Ríos Castillo y de su hijo de ocho años, pero además le advirtió de que no abriera la boca para decir lo que había sucedido.

A pesar de todo, Rosa Modesta Jirón Aguilar presentó la denuncia ante las autoridades policiales del municipio de Wiwilí, quienes se movilizaron hasta el lugar del crimen para realizar las investigaciones correspondientes y tratar de capturar a los criminales.


Otro hecho sangriento
Otro que fue asesinado por elementos armados es el campesino Carlos Rugama Lagos, de 38 años, quien habitaba en la comarca de San Pedro de Kininowás, municipio de Wiwilí, según la denuncia que interpuso su compañera de vida, Robertina Vergara Pérez.

La mujer manifestó que a su casa se presentaron dos sujetos vestidos con uniformes “pintos” y armados con fusiles Ak, quienes preguntaron que si ahí vivía el ciudadano Carlos Rugama Lagos, por la que ella les dijo que sí, ya que pensó que los armados eran miembros del Ejército de Nicaragua.

Uno de los delincuentes pidió que le mostrara la cédula de Carlos y preguntó que si éste era el padre de Benjamín Rugama, a lo que doña Robertina les respondió que sí.

Como buenas personas, ambos sujetos manifestaron que se dirigían a la comarca Wamblán, pero que se habían perdido y necesitaban a una personas para que les mostrara el camino que los llevaría a su destino, por lo que llamaron a Carlos para que los fuera a dejar hasta cierta parte y los orientara para llegar a su objetivo.

Fue así que el campesino salió de su casa delante de los desconocidos, pero no había caminado ni 20 metros cuando los armados lo atacaron a balazos hasta quitarle la vida. 18 proyectiles de fusil Ak impactaron en diferentes partes del cuerpo de Carlos Rugama y luego los antisociales se dieron a la fuga con rumbo desconocido.

La Policía jinotegana confirmó que tiene efectivos dedicados a la investigación, para tratar de dar con el paradero de los criminales, pero hasta el momento no hay pista de los dos armados que terminaron con la vida del campesino.