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En 1968, Ediciones Librería Cardenal publicó “Domus Aurea”, primer libro del poeta Luis Rocha (nacido en la República de Panamá en 1942; pero nacionalizado nicaragüense y de padres nicaragüenses) . Este librito contiene 13 poemas y la mayoría de ellos canta la vida hogareña, transmitiéndonos el amor que reina y prevalece como un fuerte pilar en la morada; los aspectos económicos, laborales y la lucha del matrimonio (dentro de una aparente tranquilidad que se trasluce a través de un sano conformismo espiritual), por tratar de superar y solventar las penalidades del hogar, de la vida cotidiana.

En “Una palabra nueva” se respira un ambiente sosegado, mientras el poeta trabaja en su oficina, llueve. Sentimos la lluvia que al caer en la tierra, trasciende ese olor “telúrico” que a él le “encanta y adormece”: “Estoy en la oficina/mientras cae tenuemente/ésta niña lluvia de mayo./Fuera todo tiene un vestido nuevo/cuando el viejo olor de la tierra/sube húmedo hasta mí/y algo telúrico me encanta y adormece”. (“Una palabra nueva”).

A través de la lluvia, que es como “una frágil cortina radiante”, él se imagina lo que está pasando en ese momento en su casa, pues en su mente siempre están presente la esposa y su hijo y él ve con alegría y felicidad a la amada “afanada como siempre en el hogar/sorprendida gratamente como la tortuga/quitando rápidamente la ropa del patio/y señalando y enseñando/(lluvia, lluvia, lluvia)/a nuestro hijo esa nueva palabra”. (“Una palabra nueva”).

Pero en “Resurrección en el hogar”, nos podemos dar cuenta de que las relaciones humanas en nuestros trabajos y en la vida diaria, son difíciles, que no siempre las cosas resultan mejor de lo que creemos y a veces tenemos que enfrentarnos a situaciones desagradables e inesperadas, pese a nuestras buenas intenciones, de ahí que nuestro bardo exabruptamente exprese: “Hay días perros, asesinos/que duelen como llagas o cuchillos”; sin embargo, vemos cómo Rocha, al final, supera psíquicamente estos maltratos cuando “lacerado” llega a su casa y se refugia en la amada que lo espera en su regazo, brindándole amor para calmarle sus angustias, iras y frustraciones; mientras el hijo duerme plácidamente: “Y así, lacerado, llegar a casa/en donde mi mujer como un ángel silencioso/parece haberme estado esperando/para curarme mientras convalezco en su regazo/(cantándome diría yo) futiles cosas/que me dan risa como la última hazaña del niño/quien, a propósito, a estas horas/ya debe de estar dormido. (“Resurrección en el hogar”)

“Las pequeñas cosas” es un poema que mete bulla, que despierta entusiasmo, sorpresa y energía. El lector observa un gran movimiento en el hogar, nota que el poeta todo lo que ve, oye, siente y toca lo transforma en una gran canción de amor. No hay nada que haga más feliz a Luis, que estar en su lar al lado de su esposa y de su hijo:”…las pequeñas cosas hablan felices y hablan de felicidad/pululan en hogareña algarabía, se restriegan y suenan metálicos/azucarados villancicos de cocina/con su coro de pequeñas voces;/una gaveta, el grifo, la olla que hierve,/las tazas, los tenedores, las cucharas y porras/y la mujer tarareando algo/o el niño balbuceando algo/y toda la pequeña casa es una gran canción de amor/hecha de pequeñas cosas/por el poeta”. (“Las pequeñas cosas”)

En el hogar no todo es felicidad, porque también hay preocupaciones debido a las enfermedades y a la situación económica. En “Aunque como hordas llegan”, está contenido el mundo de la familia Rocha: amor, pobreza, enfermedades, dudas, conformismo, trabajo duro, tristeza, esperanza de que Dios provea y cambie la situación precaria, y aunque Él no provea, ellos tienen la certeza de que por medio del amor y el trabajo, ellos podrán solucionar las necesidades básicas del hogar. Estupendo poema este por su gran contenido humano, por su evidente fuerza casi trágica (sin un desenlace que lamentar) y por un final esperanzador. Hay en él una cierta característica que torna a esta composición (por todas las situaciones que ocurren en el hogar), en algo épico:
Aunque como hordas llegan

Nadie canta, corre o pregunta en la casa
pues como hordas, plagas, inundaciones
llegan las enfermedades porque siempre
regresamos al buen polvo paciente que espera
y aparecen las penurias en larga fila de hormigas.
Aromas de ungüentos y pomadas fluyen de la cocina.
De tanto lavar, barrer, cocinar, zurcir o planchar
ya son sombras las manos que ahora acaricio
y otra es la riqueza y otra la pobreza después
pero hoy es un niño como un lánguido quinqué
parpadeante y lejano estremeciéndonos
de tos y llanto temblando
sin dejar dormir alma ni cuerpo
porque esta es una casa plagada
de dragoncitos problemas y chayules gigantes
pero de alguna manera, al fuego de hogar, Dios proveerá
y si no provee, si es que no provee
éste seguirá siendo un hogar
un hogar en vela, en llama, feliz
un hogar jodido pero contento
un hogar más o menos pobre
pero nada menos que un hogar.

“Máquina de coser” comunica la fuerte labor que realiza la esposa al estar cosiendo todo el día para contribuir en el presupuesto del hogar; aunque parece que este poema contiene un poco de humor en su estructura, debido a cierto giro vanguardista con que está revestido; pero el verdadero mensaje del panida es entregarnos una loa como un reconocimiento al trabajo de su mujer y por qué no, a la máquina de coser también: “Casi todo el día/su música cotidiana/tan hogar y hacedora/con el sube y baja/aguja cric, cric interpretado/por los pies infatigables/y el ojo atento de costurera/llena de vida la casa/en continua sinfonía/de camisas, faldas o pantalones/y correrías y gritos del niño/y el cric, cric sinfónico/que decrece y adormece/al volver a su silencio/quieta y dueña de casa/la callada máquina de coser/orquesta de mi mujer”. (“Máquina de coser”).


“Mesa”, maravilla tanto por su forma como por su contenido. Son versos bien estructurados y sugestivos. El lenguaje adquiere una gran riqueza en su sencillez y en sus imágenes simples, directas y transmite al lector ideas bien hilvanadas y lógicas, de tal manera que los objetivos del poema los recibimos con satisfacción, gusto y sorpresa; inmediatamente también nos damos cuenta de que estamos frente a una poema muy bueno, que encierra una confesión sincera del autor, al entregarnos un testimonio que nos emociona; todo esto lo podemos captar sin que veamos en él, ningún indicio de una postura hipócrita, complicada o rebuscada por parte del poeta. El autor también nos hace ser parte del múltiple uso y del mundo de esa milagrosa mesa, que unas veces sirve como altar, hostia, bañar al niño, planchar, comer, poemar; donde precisamente ésta le sirvió a él para que escribiera “Mesa”, de la cual hoy me ocupo. Mesa es donde comulgan: el amor del padre, la madre y el hijo; tres personas distintas y un pequeño hogar; leamos:
Mesa

Mesa de Dios o mar de poema
Esta Dios de mesa e hiciera ojalá poemas a mares
En esta mesa que es también de poemar.


La mesa. La maravillosa y dócil
única mesa de mi pequeño hogar
en donde a duras penas ya, el amor alcanza,
(aún cuando la casa fuera infinita)
es minúscula aunque mayor que mi tierno hijo
y de blanca y de sumisa Madera como mi mujer.

La solitaria, vieja y fiel mesa
que nos ha vuelto a todos parte del muy telúrico
árbol sacramental y anónimo que la engendrara
como una gran hostia cuadrangular que todo lo abarca.

porque esta mágica mesa es bruja milagrosa mesa de
bañar al niño
llorar al niño
planchar
cocinar
comer
y lo más extraordinario es que es plena y planamente feliz
a pesar de sus múltiples e interminables oficios
y el más noble de todos ellos (y de cuantos pudiere haber)
aún cuando el menos frecuente
que es el que, sobre mesa de poemas,
en estos momentos sobre ella oficio:
como escribiendo sobre un alma cuadrada
poniendo alma sobre el alma de esta mesa
porque esta bondadosa mesa es así
y ahí se queda aguardando ser lo que siempre ha sido
sin percatarse de su infinita importancia de ser
Poema de Mesa
Mesa de Amor
Misa de Mesa
Mesa de Amar.

Luis Rocha contempla en la madrugada el rostro dormido de la amada en medio del “ígneo silencio del hogar” donde solamente se escucha la respiración de ella y un leve, “blanco ruido de sábanas”. Él compara a su mujer con Sarah, Martha y Raquel para que recordemos lo amorosas, hacendosas, fieles, virtuosas, hogareñas y obedientes a Dios que fueron estas extraordinarias mujeres de la antigüedad, mismas características éstas que posee la amada. No únicamente es amor lo que el poeta siente hacia su esposa, sino también, admiración y consideración, respeto y orgullo. El poema está revestido de una contenida reflexión (contemplativa y comprensiva) hacia ella: ama y amante de casa, mujer valiosa que con su modo de ser enternece y emociona la pasión y la sensibilidad del esposo, moviéndolo a escribir:

Inicio de un nuevo día

Ahora solo contemplo tu rostro dormido
y es tanto lo que somos el niño y yo tus hijos
en este ígneo silencio del hogar
que me siento padre y te veo hija.

Únicamente escucho las respiraciones y
algún blanco ruido de sábanas.

Todo duerme. Todo ha pasado:
Las noche en que eternamente has sido
sencilla, placentera, primitiva mujer,
bíblica hembra, Sarah, Martha, Raquel.

Dentro de un momento iniciarás diligente
y cotidiana la gran revolución del día
porque ya va amaneciendo y de lo pasado
sólo queda esta sensación auroral en que
te veo tan madre que te olvido esposa.

Cómo podría entonces yo no levantarme
y cantar y hablar y escribir
infatigablemente del amor.

En “El abrazo”, nuevamente se confirma, reafirma y patentiza ese gran amor del panida que no se acaba ni se acabará nunca, porque está arraigado en su cerebro y disperso en su sangre, para él es único; y es admirable también ante los ojos del lector que, ávido percibe ese sentimiento inquebrantable donde no se vislumbra ninguna fisura del sentimiento: “Aún no se acaba, Señor, ni se acabará/mi amor/...El cálido clamor del amor/que nos pierde y encuentra/íngrimos ante, del abrazo total;/…y tu voz que ya es mi voz diga lo mismo,/el mismo canto mientras nos abraza,/nos quema, nos purifica el amor.” (“El abrazo”).


La última composición de este librito (que también lleva el mismo título del poemario) es “Domus Aurea”, que sintetiza el tema principal de esta obra: la casa de oro, la casa donde habita el amor de tres seres: el hombre, la mujer y el hijo, que se aman para invadir de amor, como una bendición, el dulce hogar que carece de muchas cosas; pero contradictoriamente, para el bardo, nada hace falta en el hogar, porque las necesidades básicas las proporcionan, las llenan y las proveen la única cosa que ellos necesitan para vivir, (en un mundo donde no hay tiempo, sólo vida para amar), el amor:

Domus áurea
Esta es la casa de oro.

Esta es Domus Aurea o
la casa del amor o
la casa de los locos de amor.

Aquí hay un mar de amor,
amor a mares o un mar de amar.

Este es un hogar o
un mar de fuego de amor.

Esta es mi casa.

Este tierno es mi hijo.

Aquella mujer es mi mujer.

Yo soy solo el hombre.

Un hombre y lo demás es,
todo lo demás, ellos, amor.

Esta es The Golden House
y yo soy el presidente.

Aquélla es la Primera Dama
y este niño el Primer Ministro o
el Primogénito Ministro.

Esta es The Golden House
y el mundo gira alrededor
pero no hay siquiera un televisor
ni Time ni Life y
tampoco Pravda ni Itvetzia.

Sólo hay tiempo y vida para amar y
un niño
una mujer y
un hombre.

“Domus Aurea” es un poemario muy especial, aunténtico y original; pues casi todos los poemas que lo conforman giran alrededor de un tema central: el amor; pero no ese amor de noviazgo, o a escondidas, erótico, posesivo y enfermizo, o compasivo, no, este amor es el de una pareja que se comprometió unirse en matrimonio para siempre y juró amarse en las buenas y en las malas hasta que la muerte los separe; es el idilio de un amor filial que es acogido y alimentado en el hogar; porque en el hogar se cultiva diariamente esa pasión que unida a un sentimiento muy religioso, la torna comprensiva, solidaria, respetuosa, laboriosa, auténtica y sincera; y aunque se estremece por las penurias, no claudica, sino que es una pasión esperanzadora y dinámica, en el sentido de que ellos jamás piensan en que se desmoronarán, más bien, tratan de enfrentar y superar los problemas económicos y las enfermedades que se les presentan, pues ellos saben que de alguna manera “Dios proveerá”. Domus Aurea” es un racimo de versos que configuran una poesía hogareña que a ratos nos conmueve por su ternura, nos consuela, nos alegra, nos entristece; pero que definitivamente nos identificamos con ella porque refleja una realidad que diariamente vemos o hemos padecido o estamos viviendo. Este testimonio del poeta engrandece el espíritu del ambiente hogareño, de la familia, del matrimonio y la lucha por la sobrevivencia, donde se trasluce la condición de la clase trabajadora. El hombre, la mujer y el niño (personajes centrales de esta aventura -?-) es lo que cuenta y engrandece ese amor que ya no cabe en el hogar porque “Aún no se acaba, Señor, ni se acabará/mi amor/...El cálido clamor del amor/que nos pierde y encuentra/íngrimos antes del abrazo total”. (“El abrazo”)

La poesía de Luis Rocha es clara, lógica, testimonial. Sus versos están formados con una característica muy propia, y su estilo surge e irrumpe la escritura correctamente expresada; pues la formación de los vocablos cuenta con un recurso idiomático muy particular, donde se nota un claro dominio del lenguaje y un personal modo de expresión. Algo muy importante de señalar también es que el uso de imágenes en estos poemas no son oscuras, ni rebuscadas, ni enmarañadas, nacen espontáneas y contienen ese olor de la humildad, de ahí que cualquier clase de lector puede entender, sentir e inmediatamente identificarse con estos poemas. En la composición precisa, diáfana y directa, estriba la grandeza de estos versos que emocionan y estremecen; y toda poesía que causa este efecto en nuestros sentidos es porque en ella se alberga un espíritu conmovedor que hace que nuestras exaltaciones (de cualquier orden), queden prendidas en el texto y perduren en nuestras memorias.