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Francisco Javier Bautista Lara

“Cien años de soledad” (1967; Edición conmemorativa RAE, 2007) puede leerse de diversas maneras. Pueden buscar, dada su universalidad hispanoamericana, según el interés del lector, distintas facetas de la historia contemporánea y la vida cotidiana de nuestros Macondos debatiéndose en distintos grados de madurez o momentos de ficción, confundidos con la realidad en límites tan difusos como impreciso es el pasado e indescifrable el porvenir.

Tomaremos el rostro de la violencia y el delito expresados en la célebre novela de Gabriel García Márquez (Colombia, 1927), e interpretándolo desde la premonición de Melquíades, el gitano de las curiosidades y los manuscritos, quien ha decidido regresar de la muerte por no soportar la soledad, en una América Latina que es hoy no sólo la región más desigual del mundo, sino la de mayor tasa de violencia delictiva, una soledad que se ufana en hacernos compañía en medio de diluvios, guerras políticas y militares, corrupción pública, superstición providencial y esperanzas ahogadas en el hielo del recuerdo que un día el coronel Aureliano Buendía fue a conocer con su padre José Arcadio y recordó años después frente al pelotón de fusilamiento.

Violencia de guerra. La novela comienza “frente al pelotón de fusilamiento” (9) y el recuerdo remoto de cuando Aureliano conoció del hielo, de quien se afirma “promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos” (125, 462). “Escapó a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento” (125), “…había tenido que violar todos los pactos con la muerte y revolcarse como un cerdo en el mutador de la gloria, para descubrir con casi cuarenta años de retraso los privilegios de la simplicidad”(198). La única referencia que la obra hace a Nicaragua es en los siguientes términos: “Así estaban las cosas cuando Aureliano José desertó de las tropas federalistas de Nicaragua…” (174). “alguien que nunca fue capturado entró una noche al cuartel revolucionario… y asesinó a puñaladas a su íntimo amigo… el coronel Magnífico Visbal” (150). La guerra, como diría Sandino, fue como se hacen todas las guerras y hubo balas y sangre. Se cuenta sobre “… los juicios sumarios, presididos por el coronel Gerineldo Márquez, y que concluyeron con el fusilamiento de toda la oficialidad del ejército regular prisionero de los revolucionarios” (185)… “el general Teófilo Vargas fue despedazado a machetazos en una emboscada” (187)… “buscando un remedio contra el frío hizo fusilar al oficial que propuso el asesinato del general Teófilo Vargas. Sus órdenes se cumplían antes de ser impartidas, aun antes de que él las concibiera” (195)… “Dos días después, el coronel Gerineldo Márquez, acusado de alta traición, fue condenado a muerte” (197). Se “llegó a inconcebibles extremos de crueldad para sofocar las rebeliones de sus propios oficiales” (199), y “las descargas de fusilerías ahogaron el esplendor de los fuegos artificiales, y los gritos de terror anularon la música, y el júbilo fue aniquilado por el pánico” (232)… “la guardia real, sin provocación de ninguna índole, tomó posiciones de combate a una seña de su comandante y disparó sin piedad contra la muchedumbre” (233) Se afirma que: “En el desorden del último año, cuando el mando central saltó en pedazos y la revolución degeneró en una sangrienta rivalidad de caudillos, era imposible determinar ninguna responsabilidad” (207).

Violencia política y orden público. El autoritarismo de la oligarquía y del grupo partidario predominante y dominado se manifiesta en la violencia política en donde la farsa, la manipulación y la demagogia prevalecen apelándose a Dios y al orden.

“Los conservadores, en cambio, que habían recibido el poder directamente de Dios, propugnaban por la estabilidad del orden público y la moral familiar; eran los defensores de la fe de Cristo, del principio de autoridad… decomisaron armas de cacería, machetes y hasta cuchillos de cocina… La víspera de las elecciones el propio Apolinar Moscote (corregidor) leyó un bando que prohibía desde la medianoche del sábado, y por cuarenta y ocho horas, la venta de bebidas alcohólicas y la reunión de más de tres personas que no fueran de la misma familia” (117) En uso de sus facultades, el corregidor después de haber sido amenazado y sacado “una semana después estaba de regreso con seis soldados descalzos y harapientos, armados de escopetas… clausuró varios lugares de escándalo que prosperaban en el centro de la población”(108). “… se votó con entera libertad… le ordenó al sargento romper la etiqueta para contar los votos. Había casi tantas papeletas rojas (liberales) como azules (conservadores), pero el sargento dejó diez rojas y completó la diferencia con azules” (118). El fraude electoral presente, “la proximidad de las elecciones fue el hilo que le permitió encontrar de nuevo la madeja de la subversión” (119). Dijo el doctor Noguera: “Lo único eficaz es la violencia… era un deber patriótico asesinar a los conservadores… en un golpe maestro de alcance nacional liquidara a los funcionarios del régimen con sus respectivas familias, sobre todo a los niños, para exterminar el conservatismo de semilla…” (120) Aureliano le dijo: “Usted no es liberal ni es nada… no es más que un matarife” (121). Aureliano le pregunta a su compadre Gerineldo: “Dime una cosa… ¿Por qué estás peleando?... contestó: por el Partido Liberal… Dichoso tú que lo sabes… Yo por mi parte apenas ahora me doy cuenta de que estoy peleando por orgullo” (161). Sin embargo, después reconoce: “no pierda el tiempo doctor… lo importante es que desde este momento sólo luchamos por el poder” (197). Eran evidentes “las ambiciones de los políticos de ambos partidos” (183). El General Moncada le dice a Aureliano: “A ese paso no sólo serás el dictador más despótico y sanguinario de nuestra historia…” (187).

Cuando el presidente de la república pensaba asistir a los actos de Macondo para imponerle al coronel Aureliano Buendía la Orden del Mérito, éste “le mandó a decir, palabra por palabra, que esperaba con verdadera ansiedad aquella tardía pero merecida ocasión de darle un tiro…” (247). La expresión refleja contradicciones y violencia política y es delito por amenaza de muerte al dignatario de la nación.

La tranquilidad en el pueblo se había perdido, algunos hijos de Aureliano querían asentarse en Macondo, “no entendía qué iban a hacer en un pueblo que de la noche a la mañana se había convertido en un lugar de peligro” (272). Decía: “Éste es un régimen de pobres diablos… cuando veía pasar a los policías descalzos armados de bolillos de palo… los antiguos policías fueron reemplazados por sicarios de machete” (273).

Violencia social. La gente se indignó al ver que el cine era “una máquina de ilusión” en donde primero aparecía un personaje muerto y en la siguiente película aparecía vivo. Sin entenderlo, “el público que pagaba dos centavos para compartir las vicisitudes de los personajes, no pudo soportar aquella burla inaudita y rompió la silletería” (257).

A partir de la protesta social y laboral en las bananeras se deriva la represión policial arbitraria y sangrienta: “José Arcadio Segundo y otros dirigentes sindicales… promovieron manifestaciones en los pueblos de las zonas bananeras… Pero en la noche del lunes los dirigentes fueron sacados de sus casas y mandados con grillos de cinco kilos en los pies a la cárcel de la capital provinciana” (340). A partir de ella “los ilusionistas del derecho demostraron que las reclamaciones carecían de validez, simplemente porque la compañía bananera no tenía ni había tenido nunca, ni tendría jamás trabajadores a su servicio, sino que los reclutaba ocasionalmente y con carácter temporal” (342), quedando en evidencia el contubernio privado y público, la manipulación antojadiza de la ley que siempre encuentra una rendija, un hueco oscuro por donde fugarse. “Se anunció que el ejército había sido encargado de restablecer el orden público” (343)… Vino entonces la asonada: “incendiaron fincas y comisariatos, destruyeron los rieles para impedir el tránsito de los trenes que empezaban a abrirse paso con fuego de ametralladoras, y cortaron los alambres del telégrafo y el teléfono” (344). “En la noche, después del toque de queda, derribaron puertas a culatazos, sacaban a los sospechosos de sus camas y se los llevaron a un viaje sin retorno” (352). Siguió la represión indiscriminada, la masacre y el genocidio: “¡Tírense al suelo! … Ya los de las primeras líneas lo habían hecho, barridos por las ráfagas de metralla… disparaban sin tregua… “(347) “…dijo José Arcadio Segundo. Ahora estoy seguro de que eran todos los que estaban en la estación…” (356) “…Tres mil cuatrocientos ocho” (382). “Describió con detalles precisos y convincentes cómo el ejército ametralló a más de tres mil trabajadores acorralados en la estación, y cómo cargaron los cadáveres en un tren de doscientos vagones y los arrojaron al mar” (395). Fueron los cuerpos acomodados en los vagones, como se “transportaban los racimos de bananos” (348).

La inexistencia de la “justicia”, la relatividad del “derecho” y la impunidad por el genocidio quedó manifiesta por cuanto “la verdad oficial, mil veces repetida… en todo el país… terminó por imponerse: no hubo muertos, los trabajadores satisfechos habían vuelto con sus familias, y la compañía bananera suspendía actividades mientras pasaba la lluvia. La ley marcial continuaba, en previsión de que fuera necesario aplicar medidas de emergencia para la calamidad pública del aguacero interminable, pero la tropa estaba acuartelada” (351). “… había quedado establecido en expedientes judiciales y en los textos de la escuela primaria: que la compañía bananera no había existido nunca” (442).

Violencia delictiva. El relato, salpicado de heterogéneas manifestaciones delictivas, narra desde la rutina distintas formas de delito, muchos vinculados a la violencia política, social, a efectos de la guerra, la desconfianza, la convivencia e intolerancia.

Desde los fundadores de Macondo, los primos José Arcadio y Úrsula, se ven obligados a salir de su pueblo a raíz del homicidio a Prudencio Aguilar, por una cuestión de honor, “la lanza de José Arcadio Buendía, arrojada con la fuerza de un toro… le atravesó la garganta” (31). Aguilar se había burlado de José Arcadio después de perder una pelea de gallos y dijo “A ver si por fin ese gallo le hace el favor a tu mujer”, quien se negaba a consumar el matrimonio por temor a procrear un hijo con cola de cerdo.

Hay abuso de autoridad y fuerza: “Cuatro soldados al mando suyo arrebataron a su familia una mujer que había sido mordida por un perro rabioso y la mataron a culatazos a plena calle”. Después: “…veintiún hombres menores de treinta años al mando de Aureliano Buendía, armados con cuchillos de mesa y hierros afilados, tomaron por sorpresa la guarnición, se apoderaron de las armas y fusilaron en el patio al capitán y los cuatro soldados que habían asesinado a la mujer” (123). “El capitán intentó catearlo por la fuerza, y Aureliano José, que andaba desarmado, se echó a correr. Los soldados desobedecieron la orden de disparar. Es un Buendía, explicó uno de ellos. Ciego de furia, el capitán le arrebató entonces el fusil, se abrió en el centro de la calle, y apuntó” (180). “La bala de fusil que le entró por la espalda y le despedazó el pecho… El capitán Aquiles Ricardo, que era en realidad quien estaba destinado a morir esa noche, murió en efecto cuatro horas antes que Aureliano José… fue derribado por dos balazos simultáneos, cuyo origen no se estableció nunca…” (181). “…un hermano del olvidado coronel Magnífico Visbal llevó a su nieto de siete años a tomar un refresco en los carritos de la plaza, y porque el niño tropezó por accidente con un cabo de la policía y le derramó el refresco en el uniforme el bárbaro lo hizo picadillo a machetazos y decapitó de un tajo al abuelo que trató de impedirlo” (273).

El coronel Aureliano “tuvo diecisiete hijos varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron exterminados uno tras otro en una sola noche…” (125) Fueron asesinados por venganza o razones desconocidas sin aclararse las circunstancias. La muerte de Aureliano Triste: “La mujer levantó entonces la pistola, apuntando con pulso firme la cruz de ceniza, y montó el gatillo…” (252). “Aureliano Centeno… con un punzón de picar hielo clavado hasta la empuñadura entre las cejas. Aureliano Serrador… entre la muchedumbre disparó un tiro de revólver que lo derribó dentro de un caldero de manteca hirviendo… Aureliano Araya… fue esperado con una descarga de máuser que le desbarató el cráneo…” (274). “Era Aureliano Amador, el único sobreviviente… Dos agentes de policía que habían perseguido… durante años,… le hicieron dos tiros de máuser que le penetraron limpiamente por la cruz de ceniza” (424).

Siendo Arcadio el gobernante de Macondo, “el trompetista de la banda lo saludó con un toque de fanfarria que provocó risas… y Arcadio lo hizo fusilar por irrespeto a la autoridad. A quienes protestaron los puso a pan y agua con los tobillos en un cepo que instaló en un cuarto de la escuela” (127).

“…nadie pudo concebir un motivo para el que Rebeca asesinara al hombre que la había hecho feliz” (156), José Arcadio Buendía fue encontrado muerto. Rebeca se recluyó para siempre en casa: “la última vez que alguien la vio con vida fue cuando mató de un tiro certero a un ladrón que trató de forzar la puerta de su casa” (158).

A Aureliano Buendía intentaron envenenarlo con un tazón de café sin azúcar, “tenía una carga de nuez vómica suficiente para matar a un caballo.”(160).

“Esa noche, la guardia derribó a Mauricio Babilonia cuando levantaba las tejas para entrar en el baño donde Meme lo esperaba, desnuda y temblando de amor… Un proyectil incrustado en la columna vertebral lo redujo a cama por el resto de su vida… y públicamente repudiado como ladrón de gallinas” (332).

Violencia intrafamiliar y sexual. Después de haber dado muerte a Prudencio Aguilar, “José Arcadio entró en el dormitorio cuando su mujer se estaba poniendo el pantalón de castidad. Blandiendo la lanza frente a ella, le ordenó: Quítate eso” (32). Otra de las fundadoras de Macondo, Pilar Ternera fue “arrastrada por su familia para separarla del hombre que la violó a los catorce años y siguió amándola hasta los veintidós, pero que nunca se decidió a hacer pública la situación porque era un hombre ajeno” (38). Tiempo después “Arcadio la agarró por la muñeca y trató de meterla en la hamaca. No puedo, no puedo, dijo horrorizada. No te imaginas cómo quisiera complacerte, pero Dios es testigo que no puedo… No te hagas la santa decía. Al fin, todo el mundo sabe que eres una puta” (135)
Se cuenta la historia de una mulata adolescente: “Antes de Aureliano, esa noche sesenta y tres hombres habían pasado por el cuarto… tomó la serena decisión de casarse con ella para liberarla del despotismo de la abuela…” (65) La propia abuela prostituyó a la muchacha (proxenetismo).

“…la pequeña Remedios despertó a media noche empapada en un caldo caliente que explotó en sus entrañas… murió tres días después envenenada por su propia sangre con un par de gemelos atravesados en el vientre” (106), siendo una niña aún se casó con Aureliano Buendía quedando embarazada sin haber superado “los hábitos de la infancia” (99), ese estado terminó por matarla.

José Arcadio pensando que Rebeca era su hermana, aunque después descubrió era adoptada “la despojó de su intimidad con tres zarpazos, y la descuartizó como un pajarito” (113), “Ay, hermanita; ay hermanita…”.

Amaranta, tía de Aureliano José le decía: “…Soy tu tía… es casi como si fuera tu madre, no sólo por la edad, sino porque lo único que me faltó fue darte de mamar” (175). Ellos “no sólo durmieron juntos, desnudos, intercambiaron caricias agotadoras, sino que se perseguían por los rincones de la casa y se encerraban en los dormitorios…” (168). Úrsula le decía al nieto: “¿Quieres mucho a tu tía?”

“Remedios, la bella, no le contó a nadie que uno de los hombres, aprovechando el tumulto, le alcanzó a agredir el vientre con una mano que más bien parecía una garra de águila aferrándose al borde de un precipicio” (269).

“Entonces Nigromante siguió recibiendo con el mismo calor de siempre, pero se hizo pagar los servicios con tanto rigor, que cuando Aureliano no tenía dinero se los cargaba en la cuenta…” (438).

Corrupción pública. “Arcadio está construyendo una casa… la sospecha de que estaba disponiendo de los fondos públicos. Eres la vergüenza de nuestro apellido…” le dijo Úrsula. “Al amanecer, después del consejo de guerra sumario, Arcadio fue fusilado contra el muro del cementerio” (142).

El general Moncada dijo a Aureliano que “le deseaba una victoria definitiva contra la corrupción de los militares y las ambiciones de los políticos de ambos partidos” (183). “Fue entonces cuando decidió revisar los títulos de propiedad de la tierra, hasta cien años atrás, y descubrió las tropelías legalizadas de su hermano José Arcadio”. (184).

Finalmente, tenemos virtud de pasado y presente, tiempos cruzados, confundidos, violencia de guerra, política, social y delictiva. Encontramos asesinatos, homicidios, lesiones, amenazas, el intento de suicidio del coronel Aureliano con un disparo (207) y el logrado por Pietro (132) a filo de navaja. Violencia intrafamiliar y sexual: violación, proxenetismo, estupro, incesto, bigamia, prostitución; robo, hurto, contrabando, usurpación, corrupción pública y privada; rebelión, masacre y genocidio. Hay abuso de poder y de fuerza estatal, atropello a la institucionalidad, menosprecio por la vida y fraude electoral. No falta amor, esperanza y magia en un mundo girando y vuelto al punto de partida. Sus páginas están rescritas hoy en diarios y noticias, basta mirar el panorama y confundirá el nombre del país en la historia por el Macondo de ficción, el cual ha quedado chiquito, ¡qué suerte!, es tan sólo NOVELA, “más que un lugar un estado de ánimo” aunque: “Ya nadie puede saber a ciencia cierta donde están los límites de la realidad” (258).

“El primero de la estirpe está amarrado a un árbol y el último se lo están comiendo las hormigas” (469).