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En las páginas de EL NUEVO DIARIO se han estado publicando por entregas, interesantes reportajes en donde se presentan detalles sobre la historia reciente de Nicaragua, en particular los años en que se dio la lucha contra la dictadura somocista.

Las versiones sobre estos acontecimientos por ser parte del pasado inmediato, generan polémicas por distintas razones, entre ellas están las proyecciones que se le dan a ciertos actores colectivos e individuales, las imprecisiones y desacuerdos con relación a hechos y fechas, incluso se llega a lastimar sin pretenderlo la sensibilidad de sobrevivientes o familiares de quienes fueron protagonistas de estos sucesos.

Los autores de estos trabajos son el conocido escritor e icono de la radiodifusión nicaragüense Jesús Miguel “Chuno” Blandón y el sobreviviente sandinista de la guerrilla urbana de los años 60, Jacinto Suárez.

El primero aborda a través de una serie de reportajes la acción de Rigoberto López de 1956, sus antecedentes y su entorno, hasta la Guerrilla de El Chaparral en 1959, los personajes centrales son además de Rigoberto, Carlos Fonseca, Julio Alonso y Rafael Somarriba. Blandón presenta por primera vez acontecimientos inéditos como el involucramiento directo del “Che” Guevara en El Chaparral y reivindica el papel de Somarriba, personaje que fue víctima de críticas destructivas durante el período revolucionario.

Suárez, por su parte, en un muy ameno relato testimonial, describe las experiencias guerrilleras de los años 60 con un título muy llamativo “La generación de los sesenta llegó a los 64”. A diferencia de Blandón, cuyo trabajo revela la explotación de distintos tipos de fuentes, Suárez se basa principalmente en sus vivencias. Ambos autores en sus distintos estilos y dimensiones, apuntan a llenar un vacío sobre una etapa muy controversial y poco conocida de la historia y dejan la posibilidad de generar un altercado constructivo para conocer y aclarar estos hechos.

Necesario rigor científico

Decimos esto, por dos razones: la primera es que tanto los profesionales de la historia, como quienes protagonizaron los hechos, tenemos la misión de describir y develar los acontecimientos por muy controversiales --como la acción de Rigoberto-- que parezcan, tal como fueron, nos guste o no, nos guste a unos y a otros. Pero sobre todas las cosas, las nuevas generaciones tienen derecho a conocer la experiencia pasada, no podemos vivir sumergidos en las historias, acomodadas a nuestro gusto, sentimientos más a flor de piel a como queremos creerlas a partir del sentido común sin el debido rigor científico.

La segunda razón es que en este país --salvo excepciones-- no ha existido cultura de polemizar sin que vaya de por medio la ofensa y la descalificación personal, en particular hemos tratado hasta ahora, de guardar distancia de esta práctica sin menoscabar la valoración crítica, que tenemos que hacer como profesionales de la ciencia histórica.

En esa dirección expresaremos primero nuestros criterios sobre algunas imprecisiones de las mencionadas publicaciones y después plantearemos el modelo de interpretación que hemos venido utilizando en nuestra experiencia en la docencia y la investigación, para explicar el periodo que media entre el ascenso de Somoza García en 1936 y la caída del tercer Somoza en 1979.

Blandón en los mencionados y ponderados artículos que rescatan la acción de Rigoberto en 1956 y la relación histórica de Carlos Fonseca, sigue repitiendo el error de otros escritores al plantear de que su viaje a Moscú de Fonseca en 1957 fue a través de la gestión del poeta Manolo Cuadra (ver END….) esto ha sido aclarado públicamente en distintas ocasiones por protagonistas de los hechos, de que Carlos fue enviado como representante del Partido Socialista y que lo de Manolo fue una coartada armada con Carlos y otros dirigentes del partido para justificar por razones obvias esta extraña y peligrosa incursión a un país comunista por parte de un mortal nicaragüense.

El contexto de la debilidad de la izquierda

Habla de la debilidad de la izquierda socialista, pero obvia las difíciles condiciones históricas de estos años (1950-1956), en que predominaban en el país además del atraso cultural y la represión, la feroz campaña anticomunista del aparato de dominación somocista, compartida con la oposición conservadora.

Tampoco se debe confundir el auxilio fraterno que la vecina izquierda costarricense prestó en 1939-1944 a los bisoños socialistas nicas, con el intento de crear un apéndice suyo en Nicaragua, es más, en los años que refiere el autor, los comunistas ticos se vienen recuperando de los golpes sufridos después la Guerra Civil de 1948 en Costa Rica.

Suárez, por su parte, rescata hechos poco conocidos sobre la guerrilla urbana de los sesenta, de la cual contradictoriamente poco se conoce, más, siguiendo la lógica de algunas de las versiones de los años ochenta, omite cuidadosamente todo aquello que no tuvo que ver con el Frente, y cuando menciona alguno de los acontecimientos como los movimientos de protesta, los presenta como espontáneos y también incurre en algunas imprecisiones.

Ejemplo: menciona a Gladis Báez, una destacada dirigente social de la época, cuya proyección fue principalmente en el movimiento femenil, la Federación de Mujeres de Nicaragua (socialista) y la Alianza Patriótica de Mujeres (sandinista) como compañera de Bernardino Díaz Ochoa, dirigiendo marchas campesinas en el Norte e ignora a su vez, a auténticos líderes campesinos como Catalino Flores y Bernardo Aráuz, quienes trabajaron a la par de Bernardino.

Destaca el trabajo de hormiga del mártir sandinista Pablo Úbeda, pero olvida decir que gran parte de su éxito se debió al trabajo del movimiento campesino que descansó principalmente en cuadros y dirigentes, que como los mencionados militaban en esa época en el Partido Socialista Nicaragüense (PSN) y que dio como resultado culminante la creación de la conocida Central de Campesinos y Trabajadores Agrícolas de Nicaragua (CCTAN) en enero de 1967.

El principal mérito del legendario Pablo Úbeda fue el aprovechamiento de este trabajo para organizar las redes de apoyo que permitieron fortalecer la experiencia guerrillera de Pancasán y no al revés de cómo lo plantea el compañero Suárez. El FSLN, como lo dejó claro en una exposición el comandante Daniel Ortega S., no estaba en condiciones ni tenía posibilidades, ni era su objetivo fundar sindicatos, cuando estaban ocupados sus cuadros en estructurar la fuerza guerrillera, y no hizo más que aprovechar el trabajo organizativo que ya existía en la zona para realizar el intento de Pancasán. Es aquí donde Pablo Úbeda jugó un papel muy importante.

Las fuentes en el estudio de la historia

En tanto, ambos autores hacen uso de fuentes orales, he de señalar que en un testimonio individual, no sólo se presentan problemas en la memoria, sino que también se vuelcan sentimientos y hasta la misma pasión político-ideológica que ha asumido el participante en un tiempo histórico distante de los hechos que describe.

Por tanto, al igual que las fuentes escritas estos testimonios deberán someterse a la rigurosidad de los métodos utilizados en este campo, uno de estos mecanismos es el cotejamiento o corroboración con otros testimonios y otras fuentes. En lo personal, además de recomendarles algunas lecturas de nuestro modesto archivo personal, podemos ayudar a localizar algunas fuentes que serían de gran utilidad para complementar estas versiones.

Además de lo antes señalado, todo este periodo de la historia reciente por su propia naturaleza le resulta difícil abordarlo a un buen intencionado narrador, cada cual lo acomoda según la literatura a la que tiene acceso, decimos esto porque esta parte de la historia es la que tiene menos estudios sistemáticos e integrales.

Muchos trabajos, entre ellos los testimoniales --salvo excepciones-- están hechos más al calor de la pasión política que a tratar de aclarar los hechos. En todo caso se repite el error de la visión parcializada de los acontecimientos enmarcados en una fuerte dosis de sectarismo en que los escritores (que no es el caso de Blandón y Suárez) sueltan con suma facilidad las bilis de su opción partidaria, que incide en lo que llamamos una omisión innecesaria de los hechos.

Como se puede notar a simple vista las formas de lucha no armadas, son casi invisibles porque los autores ponen más énfasis en los movimientos armados, de allí que autores como Suárez carezcan de suficiente información sobre los mismos.

En nuestra experiencia profesional hemos venido poniendo en práctica un modelo de explicación, que pretende ser incluyente en particular a lo que se refiere a la lucha antisomocista. En esta dirección consideramos, que se manifestaron principalmente tres modelos de oposición o formas de lucha: políticas, sociales y armada, cada una de las cuales, aunque autónoma, se manifestó de forma paralela e interrelacionadas con las otras.

Es válido recalcar que la mencionada propuesta no constituye la verdad absoluta, sino un aporte muy modesto, con el que se pretende lograr en el futuro, una explicación objetiva e integral de los acontecimientos mencionados. Es más, invito a quienes estén de acuerdo o en desacuerdo con mi posición, a exteriorizar sus puntos de vista en este mismo medio para ir aclarando esta etapa tanto polémica como controversial de nuestra historia.

La lucha política

En primer lugar se pudiera plantear la oposición política, la que se inició desde el mismo momento en que surgió la dictadura somocista en 1936, cuando sectores dentro del mismo liberalismo, más conocidos como sacasistas, se opusieron al golpe militar de Somoza García, hasta la formación y actividad de los bloques opositores Unión Democrática de Liberación (UDEL), Movimiento Pueblo Unido (MPU) y Frente Amplio Opositor (FAO) entre 1974 y 1979.

Todo esto pasó necesariamente por la beligerancia que a su manera desarrolló el Partido Conservador y sus caudillos (Chamorro, Agüero) y el surgimiento y proyección de nuevas fuerzas políticas: el Partido Liberal Independiente (PLI), el Partido Socialista Nicaragüense (PSN), en 1944; el Partido Socialcristiano de Nicaragua (PSCN) en 1957.

Cada una de estas fuerzas, además de su ideología, tenía su propio estilo, forma de proyectarse, modelo organizativo, sus proyectos políticos y vínculos internacionales fueron absolutamente distintos. Por tanto, hubo a lo largo de su existencia, polémicas y desacuerdos. Esto no impidió que se dieran alianzas políticas, que como las señaladas --además del propio trabajo de cada partido-- incidieran en la adquisición de fogueo y conciencia política del pueblo.

Las luchas sociales

El segundo modelo de esta oposición es el Social, éste es el menos conocido y contradictoriamente en ciertas situaciones tuvo mayor amplitud y beligerancia que los otros. Ejemplo: el movimiento estudiantil a través del Centro Universitario de la Universidad Nacional (CUUN) en situaciones como la de 1959, se colocó a la cabeza de las movilizaciones antidictatoriales.

En 1973 la gran huelga de la construcción protagonizada por decenas de miles de albañiles y carpinteros organizados en la Confederación General de Trabajadores (Independientes) CGT(i) ,obligó a las cámaras patronales y al mismo Somoza en pleno Estado de sitio a suspender la jornada obligatoria de 60 horas semanales.

En términos cronológicos, estos movimientos y sus acciones se ubican desde las primeras organizaciones sindicales y mutualistas organizadas por el primer partido obrero nicaragüense, el PTN, en la década del 1930, hasta los movimientos que entre 1978 y 1979 confluyeron con otras formas de lucha en los estertores del régimen somocista.

Todo esto pasó necesariamente por movimientos sociales de cierta magnitud como los estudiantiles y sindicales de 1944- 1948; los juveniles, femeniles, agrarios sindicales y comunales de las décadas de 1960 y 1970. Hacia la década de 1970 hasta 1979, es notorio el aumento de la organización y la movilización sindical.

Esto se explica con el fortalecimiento de sindicatos como el SCAAS de la CGT(I), el cual desde 1973 logró aglutinar entre 30,000 y 40,000 obreros de la construcción siendo por tanto el movimiento social más aglutinante y más combativo. Seguido muy de cerca por su beligerancia, por los hospitalarios, cuya dirección es compartida por la Central de Trabajadores de Nicaragua CTN y la misma CGT (I).

En estas circunstancias también surgen nuevas centrales y sindicatos como la Central de Acción y Unidad Sindical CAUS (Comunista) y el Frente Obrero FO (maoísta), que no llegan a prosperar como las primeras.

La lucha armada

La lucha armada tuvo sus inicios en los complots cuartelarios contra Somoza en los años de 1934 y 1935. Los protagonistas fueron oficiales egresados de la Academia militar, descontentos con el nombramiento de Somoza García como su superior y el empleo de la GN en sus aspiraciones políticas.

En adelante se manifestó a través de diversos mecanismos, además de los señalados complots estuvieron: la resistencia contra el golpe de estado de Somoza en 1936; las luchas de los sobrevivientes sandinistas en movimientos de autodefensa hasta 1948; movimientos invasionistas como los de 1944; los intentos de 1947, 1948 y 1954; el atentado contra Somoza ejecutado por un solo hombre en 1956; la conspiración militar de la FAN en 1957. Tomas de cuarteles como los de 1960 en Diriamba y Jinotepe; sublevaciones populares como la del 22 de enero de 1967. Finalmente se pueden destacar los movimientos guerrilleros que se dieron desde 1958 hasta 1979.

La lucha armada estuvo llena de muchos sacrificios y durante mucho tiempo las sucesivas derrotas que sufrieron los opositores llevó a que algunos protagonistas de las luchas políticas, sobre todo los más conservadores, la vinieran desechando como alternativa. La modalidad guerrillera se inició en 1958 en el Norte, con el movimiento del veterano sandinista Ramón Raudales.

Desde ese año hasta 1962 se produjeron entre 18 y 23 alzamientos inspirados en el éxito que tuvo la Revolución Cubana en 1959. Sin embargo, hasta mediados de 1960 una organización político-militar el Frente Sandinista de Liberación Nacional surgida en 1961 le imprime niveles organizativos a la lucha armada, organizando células armadas en el campo y la ciudad. Mérito acumulado por su principal dirigente y fundador Calos Fonseca Amador, quien retoma tanto la experiencia marxista como el legado de Sandino.

El FSLN se identificó como una organización de izquierda partidaria de una revolución social, lo que lo hizo guardar distancia del resto de opositores de la derecha libero-conservadora, quienes pusieron énfasis total en la lucha política legal. En el campo de la izquierda guardó distancia del PSN, que tenía como eje principal de confrontación, la organización política de las masas, aprovechando los mismos espacios legales del sistema.

La oposición armada desde los años sesenta en lo adelante fue hegemonizada por el Frente Sandinista, aunque se debe reconocer que desde otras instancias hubo algunos intentos, los mismos socialistas organizaron las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Nicaragua (FARN), que fue el más conocido por su connotación pública entre los años de 1966 y 1970; y los poco conocidos esfuerzos de 1978-1979 de la fracción socialista de Álvaro Montoya Lara en coordinación con las estructuras del FSLN. Esa experiencia heroica tuvo, entre otros resultados, la muerte en combate de sus dos comandantes y fundadores: Jacinto Baca Jerez, en 1969, y Montoya Lara, en 1979.

A pesar de haber sufrido fuertes reveses entre 1964 y 1967, el FSLN se mantuvo a la defensiva en medio de una tenaz represión, hasta pasar a una ofensiva militar en 1977 y en enero de 1978, con la muerte de la principal figura opositora el Dr. Pedro Joaquín Chamorro, se puede asegurar que se impuso la lógica de la lucha armada por encima de las demás alternativas. Después aconteció lo que se conoce de forma general en donde el FSLN se colocó a la cabeza de la población hasta el derrumbe de la dictadura en julio de 1979, por medio de una insurrección popular.

Los mitos y los falsos estigmas

Sin embargo, al momento de analizar estos acontecimientos se obvia de forma casi total la interrelación dialéctica que existió entre estas tres formas diferentes de lucha y su progresión histórica, pasando de una forma a la otra en la medida que se acerca el derrocamiento de la dictadura, en lo que podría denominarse, como unidad en la acción.

Todo esto se ha explicado, desde dos conclusiones extremas que podemos llamar de “cajón” en dependencia de la posición partidaria que ocupen los “analistas”. En los partidarios del Frente es común escuchar o leer “las masas se organizaban espontáneamente inspiradas por la lucha que encabezaba el FSLN”; para referirse a los movimientos sociales.

Para referirse a los cambios en la correlación de fuerzas políticas se llega a conclusiones tan generales como: “Que el desencanto con la oposición tradicional después de los sucesos de 1967 hizo que los sectores populares se vinieran plegando al FSLN”. En las posiciones antisandinistas son típicas expresiones como las siguientes: “El pueblo fue el que peleó contra Somoza y el Frente se aprovechó del mismo para tomar el poder”; “a Somoza lo botó Jimmy Carter”.

En esta dirección no se debe caer en las imprecisiones o recurrir a las suposiciones para llenar vacíos de información, o lo que es peor, pensar con el hígado lo que conduce a deformar la realidad y crear falsos estigmas. Un análisis sereno y basado en el cotejamiento de diversos testimonios y de otras fuentes es lo que nos puede conducir a una valoración objetiva de las circunstancias y los acontecimientos.

Todo proceso histórico está lleno de contradicciones en concordancia con las leyes de la dialéctica, y Nicaragua no es la excepción. Dentro de esta lógica ninguna de las dimensiones mencionadas están separadas rígidamente la una de la otra, y en situaciones políticas muy particulares confluyen.

En este caso, no se puede ignorar la presión internacional que tuvo Somoza principalmente a causa de la política de derechos humanos del presidente Carter, pero esta presión externa no es la decisiva, a nivel interno las cosas ya no fueron como antes. Se había alcanzado la madurez política y el nivel organizativo para derrocar a Somoza.

La mayoría de los analistas que ostentan este argumento, omiten que en la historia hubo situaciones externas difíciles para la Dictadura como la de 1947. Después del fraude electoral descarado contra el candidato opositor Enoc Aguado y el Golpe de Estado contra su propio candidato, el Dr. Leonardo Argüello, en mayo de ese año, la mayoría de los países (incluido EU) desconocieron al títere impuesto por Somoza García (Benjamín Lacayo).

Esta situación que se prolongó hasta 1948, pudo ser superada por el Dictador, quien con hábiles maniobras y sobre todo haciendo uso de una brutal represión, ahogó en sangre los esfuerzos de la oposición de esos años. Por tanto, la política de Carter, como la de Kennedy en los años sesenta, no hubiera tenido ninguna trascendencia sin que las contradicciones internas en el país se hubiesen profundizado en todas las esferas, a como se dio en los años setenta.

Pero sobre todas las cosas, Somoza III a diferencia de Somoza García, se encontró en lo interno con una oposición más amplia y más organizada con independencia, de sus diferencias y distancias político–ideológicas. El somocismo, por su parte, se vino aislando políticamente, hasta quedar tan sólo sostenido por la GN. Por tanto, el plantear que fue gracias a una intervención externa, es decir, la norteamericana, que cayó Somoza, no tiene ninguna razón.

1974: Un año decisivo para la oposición

Para comprender esta situación retornemos a 1974, en este año hay un fuerte repunte de los movimientos sociales y políticos, la oposición antisomocista se unifica y se fortalece en lo que fue la Unión Democrática de Liberación (UDEL), surgida en diciembre de este año.

Ya no es la alianza electorera de otras situaciones como la de 1967 la que demanda la salida incondicional de Somoza. También tuvo la característica de ser heterogénea, porque además incluyen a la izquierda organizada en el Partido Socialista , la CGT (i) y a los socialcristianos de la CTN.

Este último tuvo que ver con el crecimiento y fortalecimiento del movimiento sindical, sobre todo a partir de la gran huelga de la construcción en 1973 y las huelgas hospitalarias de 1973-1974, en que los obreros lograron resistir tanto la represión militar del sistema, como obtener reivindicaciones de las cámaras patronales. La empresa privada expresa abiertamente su oposición a Somoza y los negocios sucios de sus allegados, sobre todo después del terremoto de diciembre de 1972.

Se fortalecieron los organismos intermedios del mismo Frente Sandinista, el Frente Estudiantil Revolucionario (FER) se consolida como la principal organización en la Universidad Nacional y el Movimiento Cristiano (MC) en los barrios. Con lo que se logra la incorporación de jóvenes provenientes de las clases acomodadas y de los sectores populares en los barrios, los activistas estudiantiles participan de forma solidaria en los movimientos huelguísticos de los obreros, aunque dividido resurge el movimiento estudiantil de secundaria en colegios y liceos.

Es válido anotar --para no pecar de excluyentes-- que por esta misma época es que también empiezan a repuntar otras fuerzas de izquierda de menor tamaño como el Movimiento de Acción Popular (MAP) y el Partido Comunista (P. C. de N.), escisiones del FSLN y del PSN, respectivamente. Cuya actividad se restringió en su mayoría a algunos planteles obreros de la construcción y a un pabellón en el Recinto Universitario Rubén Darío.

¿El triunfo revolucionario fue un mérito sólo del FSLN?
En estas circunstancias fue que el Frente Sandinista rompió el silencio con una acción militar: el golpe a la casa de “Chema” Castillo en diciembre de 1974, provocando un gran impacto en la vida nacional en un momento álgido de las contradicciones sociales y políticas.

El aparato de dominación militar reacciona violentamente, se establece la Ley Marcial y el Estado de Sitio, pocas veces en la historia de Nicaragua se había visto una represión de tal magnitud, pero tanto, la población, como todas las fuerzas de oposición, logran resistir, es más, el FSLN, aunque dividido y fuertemente golpeado por la represión militar, no sólo logra sobrevivir contra las apuestas de su enemigo, sino que reaparece a través de una de sus tendencias (La Tercerista Insurreccional) en octubre de 1977, imponiendo la lógica de la lucha armada por encima de las otras opciones (políticas y sociales).

Pero las demás formas de lucha no deben desestimarse, por el contrario, intervinieron como un sólido complemento de la lucha armada, aún cuando no se ha hecho un estudio de cifras de quiénes se vinieron integrando a las células y columnas sandinistas; muchos de sus integrantes provenían de una experiencia política de otras organizaciones que no eran sandinistas, y su conducta en estos gremios obreros o de cualquier otro tipo de asociación u otro partido político no fue espontánea, fue consciente, organizada y dirigida a su manera contra el aparato de dominación.

Esta actividad paralela (principalmente de otras fuerzas de izquierda) favoreció, a veces sin pretenderlo, a la lucha armada y al mismo Frente Sandinista, en tanto concienciaron a amplios sectores del pueblo nicaragüense, por tanto, es incorrecto estigmatizar de forma negativa a quienes provenían de otras fuerzas políticas que no necesariamente se originaron dentro del sandinismo.


El FSLN, principal actor político en la derrota del somocismo
En esta ofensiva el FSLN ataca en poblaciones del Pacífico como Masaya, le hace considerables bajas a la GN, causando un gran impacto a nivel nacional e internacional. En este caso, ya no fueron los solitarios movimientos guerrilleros, de los fines de los años cincuenta, que dejaron tan sólo su heroico recuerdo, las ofensivas guerrilleras urbanas de octubre 1977, de agosto y septiembre de 1978, tienen donde amortiguar, las columnas guerrilleras del FSLN ya no sólo fueron admiradas por la población, sino que fueron apoyadas y nutridas por esta misma población que ya tenía suficientes niveles de conciencia y experiencia política (por mínima que sea) para actuar.

Todo esto, gracias a todo un proceso acumulativo, en el que intervinieron y aportaron todas las formas de lucha que implementó el pueblo a través de varias décadas de lucha contra el sistema.

Los sectores populares organizados en el MPU, y los no organizados se integraron masivamente a la lucha insurreccional de 1979, y la única organización que está en capacidad de conducirlos hacia la victoria es el FSLN ya unificado, no es el pueblo por sí solo el vehículo insurreccional --para emplear un nombre--, no podía caminar sin un conductor, y en este caso fue el Frente Sandinista el actor político que estuvo en capacidad de aglutinar y dirigir una vasta unidad política y social, que habría de desembocar a su vez en una insurrección popular victoriosa que tumbó a la dictadura somocista en julio de 1979.

Pero, los sobrados méritos del FSLN, reconocidos en todos los niveles, en términos objetivos no deben de opacar de forma total, los aportes que a su manera y en su tiempo histórico hicieron otras fuerzas políticas, llámense conservadores, liberales, socialcristianos, socialistas, etc.

Para finalizar es pertinente anotar que todo proceso histórico es contradictorio y, de acuerdo con las leyes de la dialéctica, nada es estático, y las fuerzas políticas en Nicaragua no estuvieron a salvo de esas contradicciones. En cada una de ellas en concordancia con el tiempo histórico hubo posiciones y prácticas diferentes.

Por ejemplo: en el partido conservador hubo siempre una tendencia intransigente y radical representada, entre otros, por los sectores que ejecutaron las acciones del 11 de noviembre de 1960, remanentes de este sector representados por Fernando “El Negro” Chamorro, llegaron a coincidir entre 1977 y 1979 con la tendencia insurreccional del Frente. Los ejecutores de acciones como la de septiembre de 1956 como Edwin Castro, estaban a la izquierda del PLI y coexistieron con posturas moderadas, como la de su principal dirigente, el general Carlos Pasos.

En las fuerzas de izquierda como el PSN coexistieron durante mucho tiempo dos posiciones: una conservadora, representada por los Hermanos Lorío, Pérez Estrada hasta 1967 y que tuvo continuidad con Luis Sánchez en los años setenta, más inclinados a pervivir dentro del sistema con métodos de lucha arcaicos, en contraste con la posición de cuadros como Nicolás Arrieta, Abdul Sirquer y Álvaro Montoya, quienes desde las filas de este partido impulsaron la lucha armada contra el sistema en distintas etapas. Incluso esta tendencia desarrolló la unidad en la acción con el FSLN entre 1978 y 1979, hasta fusionarse definitivamente con el mismo en 1980.

En el mismo somocismo, cuadros como P. J. Quintanilla y Trejos Somarriba se colocaron a la izquierda desde los años sesenta, para separarse definitivamente del somocismo y fundar el liberalismo constitucionalista en la década de los setenta.

Todas estas contradicciones que vivimos y observamos en la historia, nos invitan a no ser estáticos en nuestros análisis y a realizar un esfuerzo por desprendernos de estigmas, estereotipos y prejuicios sectarios, para presentar a las generaciones actuales y venideras, una versión más objetiva e integral de los hechos.