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Mil medidas a tomar y mil consejos a seguir. No camine solo, no muestre dinero ni bienes en público, no se monte a los buses que vayan a esta zona ni a aquélla. No tome cualquier taxi. No vaya solo a tal lugar después de tal hora. Cierre bien las puertas del carro, del apartamento, las ventanas, los portones. No hable con desconocidos en la calle, ni en los hoteles, ni en los centros comerciales, ni les vea a los ojos… Bienvenido a Guatemala, la capital más poblada de Centroamérica, ciudad del miedo.


El miedo se lo meten a uno desde antes de llegar al país. En la agencia de viajes donde reservé los boletos, aparte de los números electrónicos de chequeo y a solicitud propia sobre las características del país, se me envió un e-mail con información básica sobre Guatemala.

Aparte de la recomendación sobre el frío que se respira en esta metrópoli de tres millones de habitantes, para lo cual hay que ir preparado con abrigos y ropas gruesas, le enseñan a uno que hay seguir al pie de la letras las recomendaciones de seguridad para viajeros extranjeros a este país centroamericano.

Eso es para ir a la ciudad. Si el aventado turista quiere ir fuera de la capital, a las ciudades del interior, los consejos incluyen otras recomendaciones: “Evite mostrar efusivas muestras de simpatías con los niños de algunas localidades rurales. Linchamientos y agresiones a turistas se han dado por confusiones de los pobladores”.

Más allá del e-mail, uno piensa que tantas precauciones no debían ser motivos de alarma sino de alerta básica, igual a la que uno debe tomar siempre que va a cualquier país del mundo. Tal pensamiento se acaba nomás llegar uno al feo aeropuerto La Aurora. de Ciudad Guatemala.

Desconfianza a todo

La gente en la terminal, como si fueran alimentados con la misma información perniciosa que alienta a desconfiar de todo, siguen al pie de la letra las precauciones y hasta en los baños del aeropuerto se percibe ese miedo frío a ser víctima de esa violencia que se dice, y más tarde se dirá con más fuerza, destroza las confianzas de esta gente temerosa.

Después de salir del aeropuerto, en medio de una masa de gente bien arropada que carga sigilosa sus maletas, hay un taxista con mi nombre en un letrero donde se lee: “Hotel San Carlos”.

Me le acerco y discretamente le pregunto al joven del cartel: ¿Usted espera a los periodistas de Centroamérica? Se me quedó viendo un poco confundido, y tras unos segundos respondió: ¿Usted es el señor Silva? Me dijeron que era un italiano. ¿Usted no es italiano verdad? Le respondí que yo era el señor Silva, que era de Nicaragua y tenía reservaciones en el Hotel San Carlos.

El joven no lo creía. Llamó de su celular, se apartó discretamente a unos metros de donde estaba con mis maletas y no había terminado de escuchar lo que le decían al oído cuando me sonrió y ahora sí, muy presto, que le disculpara pero primero le habían dicho que el señor Silva era italiano, y luego que en realidad era nicaragüense e iba a un evento organizado por los italianos. Vaya suerte la suya de no parecer turista, a los gringos los buscan más.

Sobre el camino al hotel, ubicado en la bien urbana y traficada Zona 10 de la capital chapina, el taxista no cesó de hablar del peligro de la ciudad, de las muertes que a diario ocurren en las noches, de las maras que todo lo inundan de terror, de las pobrecitas mujeres que a diario desaparecen para luego aparecer, con suerte, decapitadas en los barrancos de las zonas más pobre de la ciudad.

Y, por supuesto, más consejos: siempre que se suba al taxi, fíjese que en las placas, que el conductor no tenga tatuajes, que sea señor y no patojo el que maneja, y póngase el cinturón y trabe la puerta, porque al amigo de un amigo de su amigo, lo arrebataron del carro en plena calle.

Así fue: el señor venía de una tienda de comercio y cargaba unas bolsas, no se puso el cinturón ni enllavó la puerta, y en un semáforo, un hombre se bajó de otro carro, abrió la puerta, le apuntó con una pistola, lo golpeó en la cabeza y lo jaló adentro del otro carro. Y luego desaparecieron y nadie supo nada del señor.

“¿No me cree? Fíjese en los periódicos y pregúntele a cualquiera. Aquí pasan cosas bien feas señor Silva”, dijo el taxista cuando vio alguna involuntaria muestra de escepticismo en mi rostro.

La confianza usa pistolas

El Hotel San Carlos es una elegante casona de dos niveles que alguna vez fue el hogar de una familia rica, y ahora es un simpático hotel céntrico de la Avenida Reforma en esta Zona 10 de Ciudad Guatemala.

Está a unas pocas cuadras de la llamada Zona Viva, un complejo bloque de hoteles cinco estrellas, elegantes edificios de muchos pisos y negocios gigantes como Malls, restaurantes, café y bares.

“Es la zona con más seguridad del país”, nos dicen en el hotel a los huéspedes. Pero otra vez las recomendaciones: durante el día pueden ir caminando a orilla de la pista, pero no se desvíen, y si se pierden alquilen un celular y llamen al hotel. Nosotros le mandaremos a traer”.

El miedo está en todas partes, al igual que el frío que cala los huesos: la gente camina rápido y no mira a nadie a los ojos; no repara en quién va al lado, al frente o atrás. Mientras más rápido, mejor.

En efecto, hay un factor de seguridad inquietante en esta Zona 10: los edificios y negocios están resguardados por militares de camufle y rifles automáticos, civiles de gafas oscuras pistolas al cinto y radiocomunicadores en las manos, guardas armados de escopetas y uniformes verdes y azules, policías de uniformes oscuros que patrullan las calles con los ojos bien abiertos y las caras fruncidas. Definitivamente, hay mucha seguridad.

Si acaso no bastaban las recomendaciones sobre la seguridad, sobran los cuentos sobre muertes horrendas y secuestros violentos en todas partes.

Un periodista radial que participaba en el seminario sobre economía y microfinanzas, en el Hotel Camino Real, en la misma zona de los hoteles, comentaba que estaba agobiado en su casa porque la semana anterior la hija de su empleada había desaparecido cuando iba a la escuela de comercio en la Zona 3.

País de sangre en la historia

La muchacha apareció asesinada a machetazos en las afueras de la ciudad a los días, y la madre de la víctima, abrumada por la muerte, abandonó el trabajo, y, por ello, no había quién hiciera las labores de limpieza en casa del periodista.

Ciudad Guatemala es un extenso valle con lomas y barrancos en sus extremos. La componen 21 zonas y múltiples avenidas. Desde 1996, cuando se firmó el final de la guerra civil entre el Ejército y los insurgentes, los desplazados de guerra de las montañas y los refugiados de guerra se quedaron asentados en los barrancos y las lomas de las periferias, y alimentaron poco a poco las zonas más alejadas de la ciudad.

Ahora las autoridades dicen que en esos asentamientos habitan los miles de mareros que cada día salen a las otras zonas a matar a varios, a violar a las mujeres y a descuartizarlas, a asaltar negocios y a acribillar a pasajeros en los autobuses que se niegan a pagar tributo a los dueños de las zonas.

Los diarios están llenos de publicaciones diarias sobre la tragedia de la violencia: “Apareció ayer el cadáver de una mujer joven por el rumbo de la zona 18 con un balazo en la nuca. La occisa estaba desnuda y aparentemente fue violada y torturada antes de ser asesinada. Vestía camisa rosa y llevaba un bolso gris”.

En otro el titular decía: “Baleado en autobús”: “El señor Pedro P. murió ayer en el bus de la ruta a la zona 1 cuando dos mareros le exigieron que les entregara una mochila. El infortunado sacó una pistola y disparó contra uno de los mareros, a quien hirió de muerte, pero el otro le descargó cinco tiros y lo mató instantáneamente. Se desconoce la identidad del asaltante”.

Pero si el miedo en esta Zona 10 es apenas una percepción que enfría los ánimos de salir a rumbear, en la zona 18, una de las áreas más calientes de la capital, el temor se palpa en las casas de concreto con muros altos con serpentinas, verjas gruesas y candados enormes.

En zona de mareros

Fuimos ahí una delegación de ocho periodistas a conocer el proyecto de rehabilitación, educación y prevención de maras de una organización sin fines de lucro financiada por el gobierno italiano.

El viaje, de la zona 10 a la 18, se hizo en taxis privados y con una gran compañía: dos patrullas policiales. Una de avanzada que inspeccionó el área antes del ingreso, y otra que acampó en las afueras mientras duró la visita al centro.

Al lugar se sube mediante una extensa gradería desde la cual se observa, a los lados y abajo, las casas de concreto cerrado al otro lado de las calles, allá a los lados del barranco y detrás de la loma donde apenas se ven los techos de cinc.

Por todos lados se ven caminos de cemento que nacen de unas graderías y se pierden en otras, suben y bajan en callejones y callejuelas a las que nadie de afuera apuesta a entrar. “Es zona de mareros”, dice Natán, el vigía del centro que vive ahí desde que se formó el centro hace siete años.

Cuenta que al inicio unos jóvenes de los muchos que huyeron de las maras para buscar una opción alejada de la violencia, ingresaron al centro en busca de ayuda. Poco a poco los fueron matando y a las muchachas que igual iban a recibir clases, las seguían para raptarlas y algunas aparecieron muertas.

“La Policía mató a varios mareros y ahora ponen vigilancia en la periferia. De vez en cuando asaltan a uno que otro, pero ya no la tienen contra el centro. Ahora se agarran a balazos todas las noches allá abajo buscando la cancha”, dice minutos antes que un oficial de la Policía llegara a avisar que en media hora debíamos abandonar el lugar, porque iban a relevar a la patrulla que nos custodiaba.

Eran las 5:30 de la tarde y ya el frío calaba casi tan hondo como el miedo de saberse abandonado en una zona donde apenas ayer habían aparecido dos cuerpos baleados.

Guatemala, el país más violento del istmo

A nivel latinoamericano, Guatemala muestra niveles de violencia homicida más cercanos a los de Venezuela y Brasil, que a los de Colombia, con una tasa promedio anual (1990-2000) de 24 homicidios por cada cien mil habitantes.

Según datos del Ministerio Público y del Organismo Judicial de Guatemala, entre el año 2000 y 2007 se registraron 6,025 denuncias de violaciones sexuales y 3,281 muertes violentas de mujeres, de las que únicamente un dos por ciento han sido resueltas.

Entre 2001 y 2006, el total de homicidios se incrementó en más de 60%. En 2005 la Policía Nacional Civil reportó 5,338 muertes violentas, 831 más que el año anterior. Esta cifra representa más de 14 personas asesinadas por día.

Según el Consejo Nacional de la Juventud (Conjuve), entre 170 mil y 250 mil de los 3.8 millones de jóvenes guatemaltecos son pandilleros.

Sólo en octubre de este año ocurrieron 249 asesinatos, y para noviembre se contaban 280 muertes violentas.

De los 249 casos en el mes de octubre, 220 fueron contra hombres, 25 contra mujeres y cuatro contra niños menores de 15 años.

Las armas de fuego --principalmente las de nueve milímetros, AK-47 y las escopetas-- fueron usadas en el 85% de los asesinatos cometidos especialmente contra supuestos delincuentes, conductores de transporte colectivo, integrantes de pandillas, comerciantes, agricultores y policías.

Un total de las 32 muertes violentas fueron con violaciones sexuales, en las cuales las víctimas sufrieron secuestro, fueron encontradas amarradas y con señales de violencia.