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La reciente entrega de Mario Vargas Llosa es, en varios sentidos, un libro de retorno. Como se ha dicho varias veces, desde Los cuadernos de don Rigoberto, en 1997, no ambientaba una obra exclusivamente en el país. Además, varios de sus personajes recurrentes –Lituma, doña Lucrecia, Fonchito, el mismo don Rigoberto– regresan a animar sus páginas junto con locaciones caras a él, como Piura o los barrios de clase media de Lima.

Pero al hablar de retorno, no nos referimos solo a estos detalles, sino también a sus temas favoritos, como son el idealista enfrentado al mundo o la conflictiva relación de padres e hijos, pero ahora en un contexto de auge económico.

La novela cuenta tres historias que se cruzan. Por un lado, el transportista piurano Felícito Yanaqué se niega a pagar cupos a misteriosos extorsionadores. Por otro, Ismael Carrera, un acaudalado octogenario, decide casarse con su empleada doméstica lo que desata la ira de sus dos haraganes hijos. Y un tercer nudo es el de don Rigoberto, empleado y testigo de matrimonio de Carrera y narrador de sus cuitas, tiene que lidiar con los extraños encuentros que su adolescente hijo Fonchito tiene con un misterioso y ubicuo personaje llamado Edilberto Torres.

En la obra de Vargas Llosa se suelen encontrar personajes con situaciones familiares complicadas. Uno de los más representativos es Santiago Zavala, quien se revela al destino familiar que le impone su padre. En cambio, en El héroe discreto vemos a padres que quieren manejar los destinos de sus hijos, y lo hacen sin temor a escarnecerles y hacerles sufrir.

El caso más evidente es el de Ismael Carrera, empeñado en dejar en la ruina a sus hijos, motivado por el ánimo de venganza. Pero también lo es Felícito Yanaqué, quien es descrito como un ser indefenso y generoso, pero que no tiembla cuando tiene que castigar o corregir a sus vástagos.

La excepción a esta situación de padres crueles con sus hijos es don Rigoberto, quien tiene con Fonchito una relación menos vertical y menos crítica, a pesar de sus preocupaciones. No adelantaremos más para no estropear las sorpresas para quien esté leyendo este libro.

Otra constante es la del idealista que se enfrenta contra el mundo, a pesar de las dificultades. Felícito Yanaqué es ese personaje en esta obra. Un humilde empresario que vive con una máxima heredara de su padre: “no dejarse pisotear por nadie”. Curiosamente, sus desgracias tienen su raíz en un momento en que flaqueó y, usando sus palabras, se dejó pisotear. Es interesante ver cómo el Nobel describe los cambios que va generando el progreso en el paisaje del país, sin afectar siempre en el comportamiento de sus habitantes.

Es imposible no ver, por ejemplo, en el fiel chofer de Ismael Carrera, Narciso, un eco del más que leal Ambrosio de Conversación en La Catedral y al taxista que hizo de testigo en la boda de La tía Julia y el escribidor, por mencionar una situación poco complicada.

Pero en donde plantea mayor desafío es en la dificultad que tiene la clase acomodada tradicional en asimilar a los emprendedores de horas recientes en los espacios en los que antes les era reservado y viceversa.

Aunque para nuestro gusto no es del todo verosímil la forma en que presenta este conflicto en muchas de sus páginas, de esta situación surge una de sus mejores escenas del libro: el más refinado de los personajes compartiendo, con apremio, el soñado viaje a Europa con quienes menos espera.

 

(Tomado de Andina, Agencia Peruana de Noticias)

 

Tome nota

“El héroe discreto”, de Mario Vargas Llosa, puede encontrarlo en Literato, tienda de libros. Calle principal Colonial Los Robles, y sucursal Metrocentro.