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Leí la reedición (2012) de la novela de Claribel Alegría, “El detén” (1977), descubrí en la brevedad, una vez más, la prosa fluida y precisa de la que fuera discípula de Juan Ramón Jiménez. Aprecié dos nuevas producciones de Rossana Lacayo: un cortometraje de ficción “Laberinto“, un cuento circular perfecto compuesto de sonido e imágenes, y un largometraje, el documental “Las pikineras”, donde la realidad del Caribe reclama al olvido.

Recorrí las obras artísticas, entre la agradable diversidad creadora de mujeres de nuestro siglo, desde distintas generaciones, en la exposición “Mujer y Arte” que anualmente realiza el Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica: María Renné Pérez, Sara Lynn Pistorius, María Antonieta Lugo, Rosa Carlota Tünnermann, Giovanna Serrano, Karla Cecilia Rodríguez, Laura Báez, Luz Marina Acosta, María Lourdes Centeno, Nunzia Valenti y otras. El recorrido a través de los cuadros colgados en las paredes ofrece un paisaje extenso en donde se descubre la belleza producida por las manos prodigiosas de mujeres pintoras nicaragüenses.

Entre ellas, la única escultora, Ilse Ortiz de Manzanares (León, 1941), erige en el centro del salón un destello de la “Energía atrapada” (2010) que en sus estructuras cilíndricas y cúbicas, corta el espacio, y en silencio deja que le circunde el viento para atrapar la luz. Desde sus “Sólidos heridos” (2007) reúne una impresionante y persistente colección, una obra en la que ha escalado durante cuatro décadas. Sergio Ramírez la define “como una pintora que al doblegar la materia y crear volúmenes, y figurar su continuidad y su desguace, lo hace en la doble dimensión del cuadro como lo haría un escultor”.

Para Francisco Arellano Oviedo “Los sólidos heridos es como un poema que ha sustituido las palabras, la música, la estrofa por tonos de colores y luces que destellan por la oposición o secuencia entre unos colores y otros”. Según Julio Valle-Castillo es “una de las pocas mujeres, sino la única, abstracta de Nicaragua”, Agrega: “una de las artistas que han aprovechado, resemantizado y recreado en estos últimos cuarenta años el cubismo”. Jorge Eduardo Arellano recuerda que fue la primera mujer que mereció un premio nacional de pintura otorgado por el Instituto de Cultura Hispánica en 1975, es “acaso la de más firmeza conceptual”.

Tuvo el privilegio de la comodidad que le permitió dedicarse, desde sus obligaciones familiares, al arte, pero aprovechó la virtud para recrear con dedicada innovación, a pesar de la trampa a la que podría llevar la abundancia. Es apreciable cómo doblega el metal, atrapa e ilumina el color, tensa las cadenas y el cable, matiza la dureza, hace girar las formas, trastoca el sonido metálico y hueco, trasgrede la oscuridad, hiere la resistencia. Refleja la tristeza, la alegría y la esperanza en sus perspectivas, a través de los materiales por las formas en que los tuerce, los colores con que los enmascara y las luces que, en su inmovilidad inconclusa, refleja.

Cada observador, no ajeno a su propia experiencia, descubre lo que le es particular, porque la obra, cualquiera sea su naturaleza, se continúa realizando después de salir de la mente y las manos de su creador(a), posándose e interactuando sobre la materia diversa e informe que logra capturarlo en la superficie y el volumen. Expresa, en la búsqueda del equilibrio, la composición y la luz, las junturas y las ataduras, las fisuras finas e hirientes, las hendiduras y sus separaciones.

Reconoce que fue la pintura, desde el inicio, una forma para expresarse “en un gremio dominado por hombres donde no es fácil ser aceptada”. Alberto Icaza le dio las primeras clases en 1969 aprendiendo algunas técnicas; su maestro influenció su composición inicial, después quiso lograrlo sola.

Su primera obra fue un abstracto, una ciudad de noche, en la textura de yeso pintó sobre el barniz quemado. En 1971 participó en una exposición colectiva en el Teatro Nacional Rubén Darío. En 1975, en Nueva York, contempló las obras de Picasso e identificó sus inclinaciones futuras, para él “el arte es una mentira que nos acerca a la verdad”. Fue influenciada por el cubismo, además del célebre pintor y escultor español, por George Braque y Juan Gris.

Le gustan el colorido de Henry Matisse, tiene un profundo aprecio por la obra de Vincent van Gogh y por los impresionistas franceses. De los nacionales reconoce la nitidez de la pintura de Aróstegui, admira a Sovalbarro y a Luis Morales Alonso, aprecia los dibujos de Leoncio Sáenz, principalmente en su época más temprana. Armando Morales es para ella y muchos otros, la mayor expresión de la plástica.

Casi no hace bocetos, va directo a pintar. Concibe en su mente la idea, allí va trazando la pintura-escultura, después, arranca la obra, los objetos e instrumentos terminarán de hacer el resto. Piensa que “la escultura ha salido de sus cuadros”. Hay en ellos diversidad temática “que trata con minuciosa insistencia porque no quiero repetir lo que otros hacen”. En la pintura se siente libre, “es un reto plasmar el arte en los metales”.

Sus obras no son ajenas a sus circunstancias personales y al entorno. Durante la guerra, pintó charneles y púas, se expresó contra la violencia con esquilas y columnas rasgadas, sitió el dolor al retorcerlos. Pueden descubrirse en algunos de sus cuadros y esculturas, en el reflejo que filtra la luz, y cuando se incorpora y contrasta con las sombras, sus inclinaciones cristianas que quizás agrega inconscientemente.

La abstracción reflejada en sus creaciones artísticas requiere descubrirse ante el observador, impacta a la vista cuando se percibe el trauma y la sensibilidad del metal doblado, el brillo o la opacidad, la altura, el ancho y la profundidad que obliga a pensar y sentir más allá de la apacible pintura que no altera formas ni colores, dejando poco para la imaginación creadora. Estas pinturas hechas esculturas y viceversa, son un reto recurrente: para la artista rompiendo brechas y para el observador superando prejuicios.