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–Mírela, está cumpliendo los setenta y todavía se echa sus buenos amantes.

–Hace bien, con la fama y la plata que tiene puede darse ese gusto.

–Pero son machos jóvenes.

–Mejor, cuando vamos al súper, ¿acaso no escogemos las frutas más frescas? La televisión española le rendía homenaje, menos delgada que gorda y sin ninguna arruga aparecía con gracia y salero remarcando las ce, las eses y las zetas como siempre. Pechugona, resaltaban sus hermosas tetas en corsé bien apretado. Consciente de su carisma proyectaba suave sensualidad con voz aterciopelada que hacía chorrear la baba a los televidentes. No obstante el tiempo corre rápido y las cirugías solamente lentean su rastro, al final no cuentan rellenos ni estiramientos.

Prefirió recordarla en la cima, cuando la diva plena de esplendor lo irradiaba por las pantallas del mundo cantando como ella sola:

“Fumar es un placer, genial, sensual, fumando espero, al hombre que yo quiero, tras los cristales, de alegres ventanales y mientras fumo, mi vida no consumo, porque flotando el humo, me suelo adormecer. Tendida en la chaise long, fumar y amar, ver a mi amante solícito y galante, sentir sus labios besar con besos sabios y el devaneo sentir como el deseo, cuando en sus ojos veo, la llama del placer. Por eso estando mi bien, es mi fumar un edén, dame, el humo de tu boca, anda, que así me vuelves loca, corre, que quiero enloquecer de placer, sintiendo este calor, del humo embriagador, que acaba por prender la llama ardiente del amor”.

–Si la imaginamos en negligé negro transparente con el pelo suelto, nos vamos al cielo con todo y zapatos.

–Usted está obsoleto, nadie menciona erotismo de folletín en época de narcos, emigraciones y cambio climático,

–¿Y qué?, ¿debo seguir la corriente a güevo sólo porque lo dice fulano?, ¿no hay chance de respirar tranquilo?,

–Eso pregúnteselo a otros.

El cine Colonial de Granada con la venta en la acera de vigorón y chingue a cinco riales proyectó la película, sentado en la banca de luneta, el espacio sin techo bajo la claridad de la luna, la vio por primera vez cantando una ristra de canciones y cayó del caballo derribado por el rayo de Dios como el de Pablo, desde entonces le colmó la infancia llenándole el magín cual promesa o rogativa de santa patrona, cargando su foto y oyendo las canciones que ponían en la radio.

Fija en instantes de no envejecer, nunca la vería confinada en silla de ruedas con albayalde y rouge sobre las mil arrugas que Fellini puso en la nonagenaria apostada en el mezzanine para contemplar la orgía de “Julieta de los espíritus”, ni la vería en el apartamentito del anciano, niño patético que le daba alpiste al canarino, porque parafraseando al poeta: “a los amores hay que matarlos antes de que envejezcan”.

No es posible travestirse eternamente, solo una vez se tiran claveles en el rellano de una escalera cantando “Clavelitos, a quien le doy claveles, clavelitos para los Churumbeles”, solo una vez alguien se transforma en la secretaria veinteañera de Adolfo Hitler teipeando en los últimos días del bunker, solo una vez se es Sara, Sara de España, Sarita Montiel, la Saritísima.

–¿Y qué marca de cigarrillos fumaba?, ¿no le parece que hace publicidad a las tabacaleras?

–Joder, pegate mecha.