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Rodolfo Sánchez Arauz no es una vocación de última hora ni un ejercicio o diversión para mientras pasa el tiempo, sino una vocación, quizás postergada, pero nunca negada; es un hombre que formó su sensibilidad e inteligencia al contacto de la poesía. Los poemas, las largas tiradas de versos escénicos o teatrales circulaban en la casa solariega de don Gabriel Sánchez en Masaya, “Alí ”, “La cabeza de Rawí”, de Darío, se decían en voz alta. Eran pan común, se compartían, se respiraban.

Desde niño, Rodolfo declamaba y participaba en teatrillos infantiles en los corredores de su casa y del Colegio Santa Teresita: era natural que cuando ingresó al Colegio Salesiano Don Bosco de Masaya, integrara el grupo teatral que dirigía el sacerdote salvadoreño Juan Alas García, quien también era poeta y autor de prosemas.

En los primeros cincuentas fue alumno del conocido y reconocido profesor Santiago Melendro y nada menos que de uno de los poetas fundadores del movimiento de Vanguardia, Luis Alberto Cabrales. Ya para 1956 fue presentado por Pablo Antonio Cuadra al publicar sus primeros poemas en La Prensa Literaria. Para esos mismos años áureos, inolvidables para la educación nacional, del Instituto Ramírez Goyena, hizo amistad con el poeta Guillermo Rothschuh Tablada y se inicia en las báquicas con las musas y las copas chorreantes de vino con su contemporáneo, el poeta Octavio Robleto.

Con fama de poeta joven partió a Argentina, la otra patria de Darío, y allá en la Universidad Nacional de la Plata cursó su carrera y sus posgrados. En América del Sur entabló amistad con Gregorio Selser, el biógrafo del General Augusto C. Sandino y más tarde del General Benjamín Zeledón, y con el novelista guatemalteco Miguel Ángel Asturias. En 1959 conoció en la Confederación Unica de Trabajadores de Chile a Pablo Neruda. Entre 1960 y 1968 frecuentó la casa de Ernesto Sábato y asistió a conferencias con Jorge Luis Borges.

Ha viajado por Europa. Ha sido diplomático y catedrático entre sus navegaciones y regresos a su Nicaragua; conferencista sobre Darío y sobre nuestra literatura. Ha fundado y dirigido periódicos y ha colaborado publicando artículos sobre temas de economía, historia y política, sin dejar de publicar poemas.

Ahora, en un gesto de fidelidad por su vocación poética, Rodolfo Sánchez Arauz recoge en el umbral de la tercera edad su producción bajo el título Poemas del breve paso (2010-2012). Poesía y filosofía; más bien reflexión y canto. Este tópico de la brevedad de la existencia es precisamente tópico porque cuenta con muchos siglos de obsesión en la sensibilidad de la humanidad y de los poetas. Sólo en la lengua española podríamos remontarnos al Siglo XIV cuando don Jorge Manrique entonó las “Coplas a la muerte de su padre”. Siglos antes, Quinto Horacio Flaco recomendaba con congoja que había que cortar la flor del instante, algo que llevaría y traerían en el siglo XVI los barrocos españoles con su acostumbrado desgarrón sentimental: Lope de Vega, Góngora y Sor Juana Inés de la Cruz. Después nuestro Rubén Darío recrearía el motivo con los elementos temporales, fugaces y florales.

Poemas del breve paso, del paso, de la existencia breve, de lo efímero de la vida: pero he aquí a contradicción del acto creador: por breve que sea el paso o el poema mismo, sobrevive a su autor, a su época, a las odas, a las tendencias literarias, a los gustos .El tránsito del poema no es breve, queda, como decían Antonio Machado o Juan de Mairena, palabras esenciales en el tiempo.

De Rodolfo Sánchez Arauz podemos decir, como de su maestro Luis Alberto Cabrales, que es un poeta de poemas sueltos, no de una obra llena de constantes; es un poeta heterogéneo y en eso reside su modernidad. No se inscribe en ninguna tendencia, corriente y escuela. Su sensibilidad lo lleva a tomar y retomar, invertir y verter la poesía moderna. ¿Cuánto de Neruda, de César Vallejo o García Lorca, y no como influencia ni limitación, sino como aprovechamiento hay soterrado en sus poemas, que ni siquiera advertimos?

Léase el poema “Viajando en búsqueda de los pájaros caídos”, dedicado a los artistas nicaragüenses, el pintor Armando Morales y el poeta Ernesto Mejía Sánchez, pájaros en vuelo durante las tormentas (¿acaso las nacionales?); inmersión por el tallo “húmedo y resinoso”, pasando ríos, lodos áureos. Raro poema como una visión del Bosco, precursora del surrealismo.

¿Cuánta melodía y ritmo escuchamos en medio verso libre o blanco? Esta es una voz configurada por la dispersión y la diversidad en sus textos. Es nostálgico de su tierra. Léase “En Buenos Aires recordando Aquella de Masaya”, texto polisémico; la mujer y la música, el son indígena de la infancia; hermetismo; tiene de la escritura automática de los surrealistas; es metafísico, pero es capaz de escribir un poema dentro del canon exteriorista nacional, narrativo o plástico, coloquial y anecdótico. Léase “Desde Buenos Aires recordando a Granada”.

Sin embargo, sus textos tienen como denominador común, como factor unificador, la plasticidad, la nostalgia, el amor (“Andina Escalante”), la vivencia, la memoria, que es la madre de la poesía; el paisaje nacional y suramericano, la melancolía, la lucha contra el tiempo (“Para atrapar las horas” y “Tarde consumada”), la sensualidad, los personajes familiares emblemáticos, los amigos, y siempre la fugacidad… el breve paso.

Sánchez Arauz es un poeta de intuición y percepciones, de una expresión espontanea pero elaborada: la reflexión sobre la americanidad, el mestizaje, la identidad; incluso la alegoría del big bang, “Ave y luz en el grietal”, (más metafórico que científico, distinto al de Ernesto Cardenal en su Cántico Cósmico); la roca, la piedra como constante. ¿Será la piedra un símbolo de la materialidad, la “piedra dura porque esa ya no siente”? ¿O será un símbolo cristiano, Pedro piedra, fundamento según la escritura de la institución eclesial? ¿La piedra es eternidad?

La fugacidad es sinónimo, símbolo o metáfora de la muerte y todo eso enmascara Rodolfo Sánchez Arauz en las “Tres elegías” dedicadas al poeta Álvaro Urtecho en ocasión de su muerte; acusan a distintas connotaciones siendo la piedra misma. La “Piedra íngrima” podría leerse como la soledad mortal del poeta, sin embargo, con capacidad comunicativa: la ingrimidad trasmite soledad. “El gran poeta y la piedra íngrima” revelaría su grandeza expresiva; la materia es capaz de poseer espíritu y lengua; y “La partida del poeta” es la elegía del amigo, la despedida, el llanto, y el retorno al vientre materno, a la matriz Lílica, cuna y tumba, neologismo que revela el nombre de la madre del poeta: doña Lilian Lacayo de Urtecho.

Siempre en la dicotomía de la vida y muerte, el óptimo poema, a mi parecer, de este libro, es el dedicado a don Gabriel Sánchez de la Cerda, abuelo del autor, patriarca de la familia Sánchez de Masaya, papa Gabriel, don Gabrielito, como lo nombramos hasta quienes no lo vimos pero lo conocimos por la tradición oral, por la veneración amistosa, familiar y por el poema. Es un homenaje al Maestro de Obras que dirigió la construcción del bello Mercado de Masaya, que aún está en pie con más fuerza que su siglo y 20 años.

Monumento a don Gabriel. Esplendido poema por la intensidad, su estructura y su concreción. Responde a la poesía biográfica y filial de la literatura americana; es toda una fiesta de recuerdos, una sucesión de imágenes de una producción plástica, retrato, sobre retrato, vestidos o trajes éticos; blancos, grises, poema sentido y sencillo, oloroso a “heliotropo y salvia”, anecdótico, lleno de nombres propios, de elementos reales y realistas, paisaje de Masaya, relación de costumbres. Poema de largo aliento y de aliento poético de verdad, que envuelve todo el libro en calidez.

 

Managua, julio 2012.