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¡Das Ewigweibliche zieht uns hinan!
¡El eterno femenino nos empuja hacia arriba!

Goethe

 

Día de mi noche, la frase extraída del Quijote con la que Heberto Incer titula su novela no pierde actualidad si se infiere que la dicha como la claridad deslumbra con rachas en medio de densas oscuranas. Muchas novelas se inician en la portada, en esta se da una imagen que actuará como punto de partida y referente en el transcurso de la obra, para el caso la “Mujer con papagayo” de Courbet puede sugerirnos una versión tropicalizada de la “Leda y el cisne”, del Tiziano a través del ave parlanchina de vistoso plumaje desplegado sobre el cuerpo femenino desnudo para poseerlo. La narración o episodios sexuales del empresario y su chica favorita, su empleadita, se abre al inter texto visual y literario, pautando pausas en la historia con citas de pinturas, estrofas de canciones y escritura del acervo universal occidental, pero las citas no son gratuitas, obedecen al afán recurrente del autor de salpimentar e impregnar de “erotismo”, vale decir de civilización, cultura y sus productos epígonos las tendaladas de semen, saliva y flujos vaginales derramados por los protagonistas.

Desde las imágenes carnales representadas en las pinturas que constituyen la máxima expresión del deseo, tenemos en aparente contraposición dos pubis extremos, el cuasi lampiño que Goya le pinta a Cayetana, la Duquesa de Alba en “La Maja desnuda”, y el peludo, muy velludo que plantó Courbet en “El origen del mundo”; en medio de las dos y tirando más para el de Gustave la joven Matilde, oferta su encanto mullido por unos tres centímetros de espesa pelambre a Diego, el gerente general exitoso y maduro. El amor en la novela navega certeramente las aguas turbulentas más que de la pasión, del frenesí sexual exacerbado con los flotadores de la imago, superando la a veces innecesaria dicotomía entre pornografía y erotismo, aireando del encierro de los museos el arte pictórico patrimonio de la humanidad con esos dos epígonos que suman más de trescientos años y adjuntan a la novela su atemporalidad.

Sacando como en las Matriushkas o en las cajas chinas cuentos de su propio cuento, en el caso de Matilde escritos en su laptop y en el de Diego con quebrantos de salud contados a su compadre Paco, los hitos literarios extraen de Hemingway del “París era una fiesta”, la anécdota donde Scott Fitzgerald le muestra el pito en el urinario para que compruebe si su mujer tiene razón sobre su tamaño, así como las observaciones de la cara de piedra Gertrude Stein pintada por Picasso, acerca de su homosexualidad, favorable a sus congéneres y deplorable para los varones. Pero es en “La dama del perrito”, donde el drama de la pareja encuentra su paralelo, si bien en la historia de Chéjov los amantes comparten igualdad social, son veraneantes en Yalta, el balneario de lujo del Mar Negro, aquí la relación es dispar, Matilde habita en la “10 de Junio” y Diego en los “Altos de Santo Domingo”, en ambos el problema estriba en el deber ser clandestino de la situación, en el ocultamiento por causas de índole similar de: esposa, hijo, subalternos, status, prejuicios y miedo al escándalo.

Singular es la imagen de Matilde levitando sobre la multitud de trabajadores y sindicalistas convocados en la plaza del primero de mayo, mientras Diego la contempla con su vestido de tono pastel quinceañero o rosado chicha ajeno a sus compañeros de estrado miembros invitados del Cosep, así es, a su amante la mantendrá flotando al margen del mundo real, prácticamente encerrada por veinte años en un condominio de lujo de la carretera sur, para que lo lleve a paraísos gozosos cada vez más intensos y diversos, donde la querida penará con fuertes migrañas cotidianas por vivir en función de él negándose a sí misma, por más que su sexo glorificado con los símiles de la tropicalia frutal como el zapote colorado y el aguacate cremoso, se hinche y respire para darle placer.

Pero a todo chancho le llega su sábado, al garañón fogoso y a la venadita arisca también, y aunque el deseo obsesivo compulsivo de Diego idealice a su corrientita maltratada como la Dulcinea del Toboso de la “10 de Junio”, y apropiando a “Las tres gracias” de Rubens, pretenda como el pintor hacer una simbiosis de sus esposas porque igual ama a las dos, ni corta ni perezosa sorprende Rosa Aura: la Pelirroja, la Llamarada, la Oro Rojo, la Diabla, (una constante presencia velada que se desliza con patas de gata por las páginas de la novela), reivindicando su derecho conyugal desastrado, quitándole lo gracioso al marido, anocheciendo su día al arrancarse la cornamenta de un solo tajo vengativo. La engañada acopia pruebas y la sucursal le da la definitiva heredándole su casa, su refugio, el nido de amor de la paloma, sitio donde se produce el binomio vital poco poético: pana del mercado/satisfacción sexual; el novelista sin ninguna intención moralizante solo pone en manos de la doctora un instrumento eficaz, la jeringa que por vía intravenosa en un acto quirúrgico letal enviará a la pareja a seguir revolcándose en el otro patio.

Para concluir esta síntesis del encuentro de Eros y Tánatos, versión local, dejemos que la memoria nos haga alzar la vista muy arriba para ver a “Los novios” de Chagall volando con sus ropas enlutadas sobre los techos del mundo y de Boaco.