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A propósito de la publicación del cuarto tomo de sus Obras, reunidas por Editorial Hispamer y publicadas con el apoyo del Consejo Nacional de Universidades CNU, hemos conversado con el Dr. Alejandro Serrano Caldera acerca del contenido de este nuevo volumen.

Este cuarto tomo de las Obras de Serrano Caldera será presentado el próximo 6 de mayo a las seis de la tarde en el salón de los cristales del Teatro Rubén Darío.

Las presentaciones estarán a cargo de la doctora Addis Días Cárcamo, coordinadora de postgrados en la UNAN-Managua, y de Alejandro Aguilar, Decano de la Facultad de Derecho de la UAM.

 

–¿Cuál es la lógica general con que ha concebido la organización de sus obras en estos cuatro volúmenes?

La lógica es sostener una tesis de fondo: considerar la filosofía como una parte de la realidad. El pensamiento, más que una parte, es una forma de la realidad. La filosofía debe surgir de la realidad concreta, pero también la realidad concreta debe surgir de la filosofía. Establecer un nexo inter-actuante entre realidad, razón y pensamiento, y entre razón, pensamiento y realidad. Porque una teoría sin práctica es una abstracción vacía, y una práctica sin teoría es una conducta instintiva mecánica e instrumental. Por tanto, la filosofía debe ser una guía eficaz para la acción. A partir de esta idea fundamental que sirve de plataforma a los cuatro volúmenes de mis obras, y dentro de esa lógica, desde el primer tomo se hace el estudio de momentos culminantes de la filosofía desde Grecia hasta el racionalismo, la ilustración y el contractualismo; el idealismo romántico alemán, el marxismo, el capitalismo y la postmodernidad…

 

–Los llamados “grandes” temas filosóficos…

–En efecto, los “grandes” temas del pensamiento filosófico universal, pero frente a las realidades histórico-políticas mundiales, hasta llegar a América Latina, en el volumen tres, la primera parte: “América Latina ante la razón filosófica”. Ahí estudiamos cual ha sido el problema de América Latina, partiendo incluso de aquella tesis de Octavio Paz de que América Latina no tuvo Siglo XVIII (no tuvo su revolución racionalista cartesiana), y eso ha hecho que se destaque notablemente en la estética: la pintura, la poesía, el arte en general, pero no lo suficiente en el pensamiento (aunque Leopoldo Zea sostiene que siempre ha habido un pensamiento y una filosofía latinoamericanas), hasta llegar al Siglo XX en donde ya se analiza entre otros el pensamiento de Zea, la filosofía de la liberación, luego las versiones de la filosofía intercultural contemporánea y mi propio planteamiento que es la filosofía reconstructiva de la unidad en la diversidad…

 

–¿En qué consiste?

–Bueno, en tratar de establecer que, en medio de las rupturas que el pensamiento y la historia han tenido, hay sin embargo elementos que podrían asumirse como un hilo conductor permanente que enlaza todo en medio de las diferencias y las contradicciones…

 

–Ahora estamos llegando al cuarto volumen…

Sí. Este cuarto volumen constituye la segunda parte de los Escritos sobre el pensamiento, la política y la cultura nicaragüense. Con este planteamiento se cierra el tercer volumen y se abre el cuarto. Hay dos núcleos: primero el pensamiento y la política, y luego la cultura propiamente dicha, para especificar un poco e interrelacionar luego en esa primera parte el pensamiento y la política. La temática es sobre las causas de la ausencia de una cultura institucional y democrática en Nicaragua. A través de ensayos, libros, artículos alrededor de este tema publicados en diferentes momentos y circunstancias, la tesis que subyace es la bifurcación o la partición que se ha dado entre lo que es el mundo jurídico y lo que es la realidad social, económica y política. Esto ocurre porque nosotros tomamos del constitucionalismo europeo, del derecho público los grandes principios de la constitución francesa, que son entre otros subordinación del poder a la ley, supremacía de la constitución, jerarquía de la norma jurídica, separación de poderes, por mencionar algunos. Eso en Europa fue consecuencia de todo un proceso histórico político, y previamente de un proceso racional, filosófico que estableció los valores de la igualdad, la racionalidad, la libertad individual, etcétera…

 

–Aquí son como nuestra realidad ideal, pero no se han concretado en la realidad verdadera…

Sí, porque ha sido la culminación de una etapa, que en Europa se da con la revolución filosófica de Descartes: la razón, el principio de igualdad que surge de la condición racional del ser humano, los principios de libertad, etc. Luego el hecho económico: la revolución industrial; luego el hecho político: las revoluciones políticas, la revolución inglesa de 1688, la revolución francesa de 1789, y luego el ordenamiento jurídico que surge de todo este proceso. Acá se produce, en buena hora, la independencia de España, pero sin que anteriormente se hubiese dado un proceso de transformación en la filosofía, en la economía y en el sistema político. Allá en Europa lo que hizo el Derecho fue recoger y ordenar jurídicamente ese proceso; fue una culminación. Acá ¿qué ocurrió?: se produce la independencia en un mundo que está dominado por ese proceso que acabo de mencionar. Pero se toma la cúspide del proceso que fue el Derecho Constitucional; se trasladan estos principios a nuestras constituciones, pero esas constituciones caen en unas sociedades pre-modernas y cuasi feudales. Eso, según mi tesis, ha provocado las constantes crisis y contradicciones, que son cíclicas, porque la causa permanece: hay dos mundos, un mundo real y un mundo jurídico constitucional. Pero en medio de todas las dificultades esos mundos paulatinamente van acercándose y llegará un momento en que haya una racionalidad y una integración entre la realidad económica, social y política, y el mundo formal jurídico, constitucional…

 

–En todo esto, en América Latina, la relación de la Iglesia con los Estados también tiene que ver mucho ¿no?

Tiene que ver mucho, y ese es uno de los poquísimos puntos en que el constitucionalismo latinoamericano no siguió el constitucionalismo europeo. Se adoptaron todos estos principios que ya mencioné, pero no (al menos en Centroamérica) el principio del Estado Laico y la Educación Laica. Aquí la constitución centroamericana de 1824 recogió todos estos principios, pero mantuvo el Estado confesional; el Estado es católico, apostólico y romano, la educación es religiosa. Se toma un noventa por ciento, pero se deja un porcentaje, pequeño, aunque fundamental, con relación a la actitud del Estado frente a la Iglesia. Y así pasó a las constituciones subsiguientes en Nicaragua, hasta la “libérrima” de Zelaya, cuando ya se adoptan los principios hasta entonces marginados del Estado Laico y la Educación Laica; pero eso se dio hasta 1895, ya casi a las puertas del Siglo XX.

 

–En este tomo vienen también sus Escritos jurídicos…

Sí. Los Escritos jurídicos recogen, tanto mi experiencia como catedrático, como mi experiencia como presidente de la Corte Suprema de Justicia de 1985 a 1988. De la fase de catedrático hay que mencionar la doctrina general del derecho individual y el derecho colectivo del trabajo, que es la parte filosófica del derecho del trabajo. Y en la parte como presidente de la Corte está todos mis escritos sobre la situación concreta del complejo fenómeno que se planteó entre el Derecho y la Revolución…

 

–Un periodo peculiar (1985–1988); fueron unos años en que em pezó a concebirse la primera constitución considerada “legítima” en la historia de Nicaragua, la de 1987…

Sí. Y, obviamente, el debate interno y externo de la Corte Suprema fue muy importante. Escribí muchos textos, y la base general de todo esto parte de un principio: el poder siempre debe estar subordinado al Derecho; sea un proceso estable o sea un proceso revolucionario de cambios. El tema es la relación entre el proceso revolucionario, el derecho y los principios de legalidad y legitimidad. Esos escritos, que están en este tomo, tratan el tema de cómo establecer el Estado de Derecho en la Revolución, y la Revolución en el Estado de Derecho; señalando que el ordenamiento jurídico y la función judicial deben contribuir a la realización conjunta de dos valores fundamentales: la justicia social y la libertad, que no son excluyentes, sino complementarios…

 

–Pero aunque exista hasta ahora ese marco jurídico establecido a partir de la constitución de 1987, siguen operando aquí factores que mantienen ese divorcio entre la Ley, o el Derecho, y la realidad político-social del país…

Así es, y eso ya es parte de un fenómeno más amplio: el de nuestra cultura institucional, que es una cultura crepuscular; hay una visión oscurecida de lo que significan la Ley y las Instituciones, que no son entendidas como el ámbito en que funciona el poder. Se trata de internalizar como parte de la identidad cultural del nicaragüense, que el poder es lo que la Ley dice lo que es el poder, y que la Institución es la causa y el cauce del poder. Mientras eso no sea una parte asumida en la convicción individual y colectiva, estos problemas se seguirán dando, porque se seguirá viendo a la constitución, a las instituciones y a las leyes, no como la fuente del poder, sino como instrumentos en manos del poder para tratar de legitimar lo que no es legítimo o legalizar lo que no es legal.

 

–O acomodarlos a la voluntad del poder…

En efecto, de forma tal que lo que se da realmente es una subordinación de la Ley al poder, para luego expresarla como una subordinación del poder a la Ley.