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El escritor nicaragüense León Núñez erigió con sus sátiras y comedias un monumento literario particular en la historia de las letras nacionales. De estilo mordaz inconfundible, toda su obra reunida constituye un paradigma, un parte aguas, mejor dicho un mojón en el estudio de la crítica a través del humor. En su género, su obra será la línea de un antes y un después en nuestra literatura. Desde 1990 que publica ininterrumpidamente, ningún analista político, sociólogo y crítico de amplio espíritu domina con igual propiedad los distintos planos de la vida social, política, religiosa y cultural y del pensamiento en el país. Sus originales trabajos escoltados por un estilo sencillo y una forma exclusiva de expresión y comunicación le permite ser el crítico más leído aquí y en el exterior.

Portavoz de los órganos que su inventiva de ficcionario ha creado a lo Borges, transmite las dudas, preocupaciones y sospechas de nuestra sociedad sobre un problema nacional. A través de su imaginación lúdica, salva al lector de su estado de coma mental. Su logro se mide por la reacción de los lectores que se ríen o se molestan por sus planteamientos. En cambio, otras publicaciones pasan inadvertidas. Raquíticas de honestidad, apenas provocan pasiones pasajeras, sin dejar huella. Compréndase que quien lee a León Núñez termina quijotizando la política y las dificultades diarias, una terapia social efectiva para que la vida, en Nicaragua, se distraiga en sus risas y cada vez pese menos.

Dos compilaciones de sus sátiras y comedias –y los demás ensayos dispersos– componen su obra fundamental: “Síndrome del figureo” (2001), selección de sus ensayos publicados (1990-2000); y “Figuras, figurantes, figurones y figurines” (2011), razón de nuestros apuntes, de 86 ensayos selectos del 2001-2010; ambas obras muy valiosas para un estudio literario, histórico y antropológico de la Nicaragua de fines del siglo XX e inicios del siglo XXI.

León Núñez es un conocedor del tema estudiado y del género literario de su predilección. Su obra es un referente de altos riesgos en el campo literario por su enfoque polémico. La innovadora obra del chontaleño supone maestría en el manejo de los recursos oportunos. En cuanto al riesgo, siempre ha estado adherido a su vida. Es más, nunca piensa si le beneficiará o le perjudicará una publicación (p. 279). No una vez recibió –y recibe– amenazas y no una vez la enfrentó y enfrenta con temple. Jamás huye al ruido de los caites ni se asusta con el “uy uy uy que te come el mono”. Sus ensayos reflejan intacta su personalidad. Por eso le cabe bien el sombrero: Maestro de la Sátira y la Comedia Política en Nicaragua.

León Núñez estudió en España. Especialista en Derecho Mercantil. De Madrid pasó a ser Juez de Distrito de Chontales. Tildado de comunista se le acusó falsamente de cuestionar el liderazgo de Somoza y de visitar la Embajada Soviética en Juigalpa (casa del poeta Guillermo Rothschuh Tablada); en 1971 lo expulsan del Partido Liberal Nacional junto con el Profesor René Matus Lazo. Siete años más tarde y después de trabajar por casi un año de Magistrado de la Corte de Apelaciones de Granada, el 25 de octubre de 1979, acusado de somocista, tiene que bracear el río El Guasaule para llegar a Honduras, y de aquí al exilio a Costa Rica. Se incorpora al Colegio de Abogados, labora de “secretario ad honorem” en varios juzgados y obtiene la nacionalidad tica; la Universidad de Costa Rica le extiende el título de Notario y aunque siendo “tico de mentira”, por su pericia logra ser nombrado Juez Mixto (1981-1982 Juez Civil, Penal y de Trabajo en Guanacaste, p. 229).

Al regresar a Nicaragua se afilia al PLC en 1990. Al pecar en su propuesta por la democratización del partido, es destituido del Banco Central. Sin titubear renuncia al partido, jura no volver a ser funcionario público y confiesa su afiliación al librepensamiento (pp. 51, 133-134). “El pescuezo más flexible del liberalismo” le vale la más nutrida ráfaga de ataques por apuntar al intocable del partido. Sin citar todas las amenazas y las balaceras sorteadas, León Núñez ha mostrado la firmeza de un chontaleño forjado bajo el sol de Acoyapa.

Nos interesa saber qué piensa un escritor de sí mismo. Es sano para valorar su obra escucharlo hablar. A su juicio no se considera un escritor ni humorista, ni cientista ni analista político. Por el mecanismo de la observación y la más pura técnica de la imaginación y el sentido común, sólo transmite con la visión de un aldeano y con un espíritu poético, el humor de la vida misma, de las situaciones o circunstancias risibles. Sus maestros le enseñaron que a la imaginación no le interesa fundamentar. Al escritor le seduce saber que la imaginación rechaza el argumento y la propone como la clave del ahorro y la salud.

A su pluma le atrae aquel personaje o situación que le germine alguna lección. No se detiene en burlarse de lo ridículo, lo absurdo y lo inaudito. Busca más. Convierte su crítica en un medio didáctico por la vía del humor. Porque según él, se necesita “grandes dosis de humor” y que “la vida debe estar muy cerca de la comedia y muy lejos de la tragedia” (pp. 33, 66, 146, 176), si bien lo hace también confiado en que si un descontento responde al humor, caería “en el ridículo” (Guillermo Rothschuh Tablada, Las uvas están verdes, 1998, p. 113).

El autor entra a todo tema y lee el perfil de cualquier figura pública sin “temblor de estrellas y horror de cataclismo” (Darío, Canto de Esperanza). Publica por su propia cuenta lo que piensa. León Núñez escribe y León Núñez firma. León no es el Adán tras el árbol. León muestra la desnudez de su pensamiento: no se esconde en seudónimos ni rebautiza personajes ni los disfraza de seres fantásticos, ni inventa escenarios porque el caudal donde se mueve le basta y sobra. No un Jonathan Swift que envió a Gulliver a los viajes de aventura por mundos ficticios, parodiando la política inglesa del S. XVII. Su patrono es Quevedo, ese crítico gigantesco de la literatura castellana, llevado al encierro del convento de San Marcos de León, por librepensador. Voltaire también fue un obelisco del heroísmo literario. Pero el heroísmo literario es atípico en la modernidad. Los casos son escasos, como un León Núñez que burlándose del miedo contrasta las mentes volubles, a sueldo, que abundan en nuestro seno.

Su crítica se ha mantenido firme y al servicio del pensamiento libre: divierte a unos e inquieta a otros, honra a unos y escandaliza a otros, engaña a unos y también a otros, con una expresión artística cristalina: una amplia variedad de recursos literarios de calidad, mansos en sus manos, a pesar de la delicada labor por controlar sus hilos. El aplauso a su arte se debe a la fidelidad con que describe en sus ensayos la diaria comedia nacional de los nicaragüenses.

Por sus sátiras y comedias se pasea la historia nacional de distintas épocas, cruzándose y confundiéndose con la imaginación. El escritor, en su empresa, convoca a todos los recursos literarios, y selecciona aquellos que le ayuden a conservar la calma y el equilibrio. En líneas sobrias, relajadas ideas. Las frases populares y los vocablos con un gran repertorio semántico y figurativo, son sus predilecciones en las fisuras, las mejores oportunidades de su imaginación. Divirtiéndose con el efecto del doblaje, en un mar encantado de sátiras y dramas geniales, navegan y bucean bien controladas figuras literarias: hipérbole, metáfora, alegoría, ironía, paradoja, paralelismo, contraste, etopeya, eufemismo, perífrasis, preterición, disfemismo, etc., se deslizan sutilmente.

En tanto, la ironía, esa figura que consiste en ofrecer un efecto opuesto al valor enunciado y que se aleja de las perspectivas externas para situarse entre la comicidad y la seriedad, se puede apreciar en la propuesta de crear el Ministerio de Fiestas Patronales, el Ministerio de Investigación Genealógicas y el puesto de Asesor Presidencial para Asuntos Genealógicos. El superlativo “ísima” puntea la ironía socrática en el atraso del avance científico de la “importantísima rama del saber humano” –la genealogía–.

En otros casos se ironiza al político que se muere de angustia por la pobreza del país; al pobre que al ser funcionario llegó a ser multimillonario sin pasar por millonario; y a los supuestos analistas políticos, con el ejemplo de un mandador de una finca de Chontales que acierta en sus análisis políticos, pese a no leer ni el periódico. Custodiar una afirmación entre comillas es igualmente una señal irónica: hablar de personas “inteligentes”; asegurar que alguien “es una tumba” (p. 61) en lo discreto; y cuestionar la palabra “fórmula” aplicada a los dos candidatos que anuncian cualidades perfectas para resolver los problemas de Nicaragua.

En su obra además se ventila el más fino y el más severo de los contrastes. Se delimita “las diferencias geográficas” en la categorización de notables. No es igual un notable de Managua a un notable de Cara de Mono (p. 35). El juego de oposición mejor logrado por la Etopeya es el llamado “Yo ahora creo en Daniel Ortega”, donde describe las virtudes, cualidades y valores del elogiado. La tensión y el suspenso se mantienen controlados. La sorpresa final, aprendida de los vanguardistas, es una aclaración, ante el estupor de su público, que no se refiere a Ortega Saavedra, sino a Daniel Ortega Reyes.

Debe saberse también un aspecto enfático. El escritor evita a toda costa el insulto. No ve el arte en la grosería. Renuncia a la imprecación y al sarcasmo por lo agresivo. El profesionalismo con que aceita la palabra en su obra lo prueba su capacidad por reflejar nítida la idea-moraleja con formas de expresión literaria delicadas. Carlos Fuentes se refirió al escritor profesional que vive de su trabajo literario. León no es un escritor a sueldo del que hablamos anteriormente, ni un adulador para agradar y robarse favores.

El papel del crítico, sus efectos y defectos se lo sabe de memoria y en carne propia. León Núñez ha demostrado ser un profesional de la palabra en el género cultivado.

Para finalizar, rememoro el homenaje al escritor León Núñez dirigido por el Grupo Literario Huellas en Santo Tomás, 2005, cuando el prof. Guillermo Rothschuh Tablada lo valoró como “uno de los mejores escritores” del país y “de los intelectuales más citados en los artículos de políticos y artistas”. Esa vez lo propuso públicamente para la repisa de la historia literaria de Chontales: el quinto chontaleño miembro de la Academia Nicaragüense de la Lengua, por sus obras, por su estilo propio, por su escuela.

 

(Fragmentos de un ensayo publicado en la revista “Letras de barro”)

 

Santo Tomás de Lovigüisca, Chontales, 25 de mayo, 2013.