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“El epigrama es una ganzúa que abre mil puertas”, se titula la próxima obra del poeta Guillermo Rothschuh Tablada (1926), donde prueba su dominio artístico por este subgénero de la lírica comparado con el alacrán, cauda venenum –dice él– o veneno en la cola. Al poeta le cautiva la brevedad del epigrama, el dulce inicio y el pinchazo final que “hace sufrir al lector y reír al creador”. El epigramista romano Catulo “escribía en las paredes sin sospechar que mañana nadie podría recostarse a ella porque salía lastimado o medio turbado”, dice el Panida chontaleño. Ya quisiera ver su epigramario, lanzando veneno a diestra y siniestra.

Pero el autor de “Poemas Chontaleños” (1960) y “El refranero chontaleño” (1992) también es maestro en la “orfebrería ensayística”, con un estilo auténtico, una escuela artística y precisa cuando sale de su pluma. En su tintero hay crítica y poesía, sabiduría y vigor. No basta citar “Santiago, El Cid y El Quijote: tres caballeros de España” (1971), discurso de ingreso a la Academia Nicaragüense de la Lengua como miembro de número (10 de abril, 1970), porque todos sus ensayos gozan del mismo valor tanto para la literatura nicaragüense como para la Hispanoamericana.

El éxito del fundador del Clan Intelectual de Chontales (14 de agosto, 1952) en la dirección del Instituto Nacional Central Ramírez Goyena fue tal que talló su Época de Oro (1953-1958), no sólo por eliminar los 25 córdobas por el derecho al pupitre; establecer el primer Gobierno Escolar en la historia de la educación nacional; instaurar el acto diario de izar y arrear la bandera azul y blanco a la voz del himno nacional; inaugurar 15 bibliotecas infantiles; promover la libertad de cátedra, la comunicación mural, impresos y mimeografiados; el surgimiento de los concursos literarios escolares; y pionero en el uso del uniforme escolar azul y blanco. Inclúyase además el homenaje en Rivas al maestro Enmanuel Mongalo, en León al Padre del Modernismo y a Alfonso Cortés, entre otros.

Redime a Andrés Castro del anonimato con sus tres viajes con el alumnado a la olvidada Hacienda San Jacinto y ahí mismo escenificar (1955) la histórica batalla del 14 de septiembre de 1856. Al siguiente año se debela -cien años después de la gesta- el monumento al héroe Castro Estrada nacido en Managua, estatua cincelada por las prodigiosas manos de la escultora nicaragüense Edith Grön (1917-1990). Este 27 de mayo en que el poeta cumplió 87 años de vida, nos acordamos de sus fundaciones, además de las citadas: cofundador de la Facultad de Ciencias de la Educación (UNAN-Managua, 1961), fundador de los Liceos Agrícolas (Chontales, Matagalpa y Chinandega, 1966), Casa del Maestro (Juigalpa, 1965), Instituto Andrés Bello (Managua, 1967), y otras.

Este 27 de mayo y siempre rememoraremos los premios recibidos por sus huellas fecundas en los tres niveles de educación –primaria, secundaria y superior- y por sus obras literarias y culturales: Orden Rubén Darío. Grado Comendador (1967), Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío (1990), Ciudadano del Siglo (Capítulo Chontales, 1999), Medalla al Mérito (Asociación de Chontaleños Residentes en Managua, 26 de junio, 2008), Doctor Honoris Causa (UNAN-Managua, 2010), Premio Nacional al Magisterio “Profesora Luisa Mercado” (2010, Masatepe), entre otros.

Este 27 de mayo y siempre recogeremos los fulgores de su esforzada búsqueda de nuestra expresión, el empuje de ese gran proyecto gestado y promovido por su pionera, la profesora Josefa Toledo de Aguerri y que el autor de “Cinco pioneros y una provincia” (1976) continuó de triunfo en triunfo por enarbolar la Chontaleñidad, la expresión más auténtica de nuestra identidad regional.

Este 27 de mayo y siempre volveremos a su “Oda al verano en los llanos de Chontales”, ese obelisco de poema que parece no haberse publicado en 1958, sino en este verano del 2013, y que la misma polvareda que levantó por su “Aquí no vive nada ni nadie/ todo se seca” en alusión al atraso cultural, yace intacta en nuestro tiempo.

Este 27 de mayo y siempre viajaremos por sus epigramas, prosemas, elegías, greguerías y hai kai: “El semáforo de los garrobos” (Pitahaya), “Una pista para las mariposas” (Arco iris), “Palomas ciegas,/ buscan romper la trampa /con el filo de sus picos” (Pechos). Volver a su poesía es recuperar el aliento, “pintar nuestra aldea”, enflorar nuestro lenguaje con sus versos barrocos, y con su lira terrígena recuperar nuestra autoestima regional, fortificar nuestra idiosincrasia; “Cita con un árbol” (1962), “Veinte elegías al cedro” (1973), esa diadema poética llamada “Quinteto a Don José Lezama Lima” (1978), “Letanías a Catarrán” (1984, 2009) y “Tela de Cóndores –Homenaje a Oswaldo Guayasamín-“ (2005).

Este 27 de mayo y siempre abriremos sus epístolas y ensayos en “Escritos pedagógicos” (1968), “El retorno del cisne” (1980-81-82-83, cuatro ediciones), “Las uvas están verdes” (1998), “Mitos y mitotes” (2002), sus prólogos y epílogos, sus artículos y demás ensayos dispersos, para elevar nuestro nivel cultural.

Que el hijo del poeta postmodernista Guillermo Rothschuh Cisneros (1899-1948), autor del famoso poema La casa paterna, siga defendiendo nuestro brillo con ese racimo de voces que enaltece nuestro espíritu: con sus versos, esplendorosos versos, con sus ensayos, magníficos ensayos. En “Donde no hay tradición hay plagio –Chontaleñidad–” (mayo, 2006) no es el único ensayo donde lleva al plano literario nuestro acervo cultural.

Que el poeta Guillermo Rothschuh Tablada siga sembrando de tarde en tarde, para que todas las mañanas calentemos en el sol poético y ensayístico de su obra, nuestra propia identidad, “es decir –en sus palabras– mi propia Chontaleñidad”. Ni con los “Treinta Asteriscos…” (2011) ni con los demás ensayos, composiciones de sus versos, simposios y estudios de su obra, pagaríamos esa deuda con el fundador del localismo con tonos universales en Nicaragua.

 

Santo Tomás de Lovigüisca, 27 de mayo de 2013.