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Este segundo film de la muestra de cine mexicano, dirigido por Salvador Aguirre (2009), nos muestra tres historias de amor en el transcurso de tres días, en diferentes clases sociales de la ciudad de México. Sucede el fin de semana de junio de 2006, antes de las elecciones presidenciales (López Obrador vs. Calderón), cuya propaganda visual y auditiva es una constante de esta alegoría social que se completa por la lucha de los vendedores ambulantes por sobrevivir su espacio.

Este elemento político en el film nos recuerda que en Latinoamérica el mismo sigue teniendo una presencia innecesariamente importante, por no haber logrado una estabilidad constante que le permita dejar de ocupar la primera página de nuestros diarios. Y dejar de estar presente en nuestro día a día.

Los personajes se perciben capturados en una realidad dentro de la trampa económica/social/política que deviene en una cultura disfuncional de las relaciones de pareja. El film nos lleva a cuestionar nuestra incapacidad de amar, y nuestro derecho natural de tener relaciones estables, armoniosas y duraderas.

No importa el nivel económico: los problemas son análogos, las soluciones diferentes. Existe una contradicción dramática entre amor/estabilidad/familia vs. desamor/inestabilidad/aborto/esterilidad, que va marcando el destino irrevocable de cada pareja hacia la separación inevitable, que a su vez determina la incapacidad de crear una balanza emocional.

De las humildes viviendas construidas sobre los techos de las azoteas de los edificios, pasando por los apartamentos de la clase media, a las mansiones de la clase pudiente de México D.F. o Acapulco. Cada espacio parece determinar con su metraje mínimo, medio o majestuoso, la amplitud de la propia mente de quien lo habita. Y con ello, lo cerrado o amplio de sus pensamientos y acciones.

Pero en el fondo, en la segunda lectura, hay una búsqueda de la identidad del mexicano. Es como tratar de verse en un espejo, o en un espacio mural, y preguntarse: ¿Quiénes somos? ¿Por qué actuamos de esta manera? ¿Qué nos impulsa a hacerlo?

El guionista no deja una salida viable a los protagonistas y los condena a una especie de limbo. A un círculo del Dante. Por eso regresamos al final a las mismas calles donde comenzamos a caminar.

Un callejón sin salida. Los vehículos rodando a toda velocidad por los pasos a desnivel de la intrincada red vial de la capital del antiguo imperio Azteca. Regresamos a ser una pieza sin identidad de un rompecabezas de más de veinte millones de habitantes. Nadie, ninguno… eso somos.

 

El Madroñal, julio de 2013.