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Para mí que este libro de Erick Aguirre, escrito con una prosa clara, está estructurado sobre interpretaciones, lecturas y una mezcla de memorias. El libro consta de cuatro partes muy integradas que interpretan en lo fundamental la poesía nicaragüense en el transcurso de un siglo, y una interrogación final sobre si ha muerto la poesía en Nicaragua. Al respecto, no habrá que afirmar, como dijo Aquel, que podrá no haber poetas pero siempre habrá poesía.

Al inicio, Aguirre recurre a establecer un marco histórico generacional de la poesía nicaragüense que parte del Movimiento de Vanguardia a nuestros días, y por otra parte, los ensayos sobre los poetas de su predilección. Esto me parece de mucha utilidad si quisiéramos presentar nuestra literatura en el horizonte de lo temporal y el entramado creativo de los autores nacionales.

El titulo mismo de “Diálogo infinito” orienta la producción de la obra y nos parece que es justo de lo que se trata, de un diálogo con los autores de nuestra poesía, además de un diálogo de textos o entre textos. La intertextualidad, ese término o esa noción creada por Julia Kristeva y Roland Barthes, permite hoy interpretar y leer con otras posibilidades la poesía o la literatura. La intertextualidad es una noción perfectamente aplicable en el caso de ese género privilegiado que es la poesía, la que incluso se llegó a pensar si era un género oligárquico cuando en realidad es monárquico, por su crecimiento exponencial con respecto a la narrativa, por ejemplo, y por la dimensión de su aporte y creación en la identidad cultural. Hasta este momento la poesía reina en Nicaragua.

Un caso patente de intertextualidad lo constituye Don Rubén Darío, en quien casi todas las literaturas confluyen en una prodigiosa y genial quintaesencia llamada modernismo. O bien en el caso del universal Ernesto Cardenal, en quien se pueden encontrar las huellas de los epigramistas romanos, tanto como las de los poetas de lengua inglesa: Ezra Pound, T.S. Elliot, Thomas Merton, Stephen Vincent Bénet o Archibald Mc Leish. Pero entre nosotros esa intertextualidad ha existido y acontece en todos los poetas, sobre todo a partir de Darío.

También desde la hermenéutica contemporánea se puede aplicar la afirmación: “Desde que somos un diálogo”, como dijo F. Hölderlin hace mucho tiempo, y que el pensador alemán Martin Heidegger retoma para analizar la esencia de la poesía. Porque en lo humano somos eso, un diálogo no clausurado e infinito con el que vamos construyendo sobre otras voces la propia entonación.

Ese diálogo que construye Erick Aguirre es más cálido y poético de lo que pensaríamos, porque supone personas creadoras en unos contextos especiales de la conversación misma que acuna una tradición, y la revolución de las palabras organizadas para aparecer como poesía. Aunque debo decir que la historia de la poesía nicaragüense puede elaborarse también con los temas o los textos modelos o grandes cantos, como el “Canto de Guerra de las Cosas”, de Joaquín Pasos. Aguirre nos muestra más bien el ángulo del tiempo histórico en lo que posiblemente todo arraiga y crece. Sin embargo, la propuesta de realizar el análisis con un marco generacional y en un sentido progresivo, revela también los declives y las desigualdades en la calidad.

Uno de los valiosos textos críticos de Aguirre es el titulado “Pablo Antonio Cuadra: dualidad y cultura”, y lo es porque sitúa al poeta y al pensador que fue Cuadra con el discurso y la figuración de la identidad del nicaragüense, que es la identidad cultural latinoamericana, hija del mestizaje y de la superación de la misma. Al mismo tiempo proyecta a Cuadra en una poética de lo nicaragüense. Más allá de los desvencijados marxistas de la ralea de Amaru Barahona, que califican a Cuadra como un ideólogo de la derecha, me pregunto cómo y dónde quedarían los marxistas del maizal criollo cuando nada sobrevive de aquella ideología decimonónica, ni como sistema sociopolítico urdido en pabellones de campos de concentración. Las doctrinas políticas o las ideologías envejecen y se tornan epistemológicamente obsoletas.

Los poetas, en general, no pueden ser calificados en términos ideológicos y políticos cuando producen revolución en las formas o con su estética. Es otra la forma de juzgar y medir la obra de los escritores. Hay que leer las obras literarias desde los horizontes propios del autor para tener conclusiones verdaderas con un método comprensivo y probado.

Cuadra, en su visión cristiana y de la nacionalidad, la identidad y la cultura nacional, es un fruto de lo que recibió; no textualiza nada porque no existe tal inconsciente colectivo, lo que existe son las ideas creadas, implantadas o asimiladas, y por supuesto, los elementos y la estructura de nuestra realidad. Por lo demás, inconsciente colectivo es un concepto de Carl Jung que no podemos extrapolar a toda cultura o emplearlo como categoría de análisis fuera del alcance del orden psicoanalítico; además es un concepto anacrónico. El espíritu penetrante de Erick Aguirre des-oculta algunos aspectos todavía no desarrollados y presentes en la obra y el pensamiento de Pablo Antonio Cuadra.

Otro trabajo de Aguirre que se demora en detalles significativos y en una calificación certera es el titulado: “Ernesto Cardenal: ¿Profeta en su tierra? Poeta por cierto que prueba la universalidad del nicaragüense y la excéntrica figura del sacerdote y el político a la vez; no disminuye el logro de su creación y su influencia en Latinoamérica y particularmente en Nicaragua, donde hay poetas exterioristas por causa de él y de José Coronel Urtecho. Una cosa distinta es cuando lo juzgamos con relación al poder que combatió en el periodo anti-somocista, y otra cuando él estaba en el vértice del poder sandinista, y lo creyeron profeta de una revolución que al final terminó en un desastre colosal.

Ernesto Cardenal, poeta de muchos temas y recursos, concluye una fase de su producción poética en un cierre de la metáfora, dándose a un ritmo cansino y un reflejo casi de fotografía de la realidad, con el que quiso hacer escuela. El mismo Cardenal en el periodo revolucionario sandinista decía que escribir poesía es fácil, y creo que en ese tiempo dictaba como un profeta israelita, un decálogo para hacer poesía, mandamientos que acogían con entusiasmo los batallones de los talleres de poesía.

Pero, ¿acaso puede morir el poeta que escribió aquellos epigramas a Claudia o la “Imitación de Propercio”, “Hora O” o “Coplas a la Muerte de Merton”, y aun algunos subtextos o cantigas del “Cántico Cósmico”? Tampoco aquí vale el juicio político. En cierto modo Ernesto Cardenal es todo un mundo de múltiples apropiaciones y representaciones e incluso una vertiente de poesía. Con Cardenal, y respondiendo a la pregunta de Aguirre de si es un profeta en su tierra, me quedo con que es un poeta de esta tierra de mitos y poesía.

La contribución de Erick Aguirre se hace desde este siglo XXI, cuando parece no abundar el ensayo crítico; y para mí que se consolida como parte de una constelación de ensayistas literarios de profundidad y poderosa intuición en nuestro ámbito. En mi opinión, un libro de ensayos como este es también un libro de pensamiento, porque logra ejercitar un nivel de la reflexión que en muchos casos se eleva a consideración general, y esto permite la polémica, el disenso, el debate y nuevos conocimientos. Esto es y ocurre cuando leemos el “Dialogo infinito” de Erick Aguirre.