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Santiago Argüello publicó sus “Lecciones de literatura española” en Guatemala, en 1935 y 36. Su obra abarcaba 1206 páginas en cuatro volúmenes y contenía un amplio panorama de la literatura española desde el siglo XII hasta el XVI. Un quinto volumen cubriría el siglo de oro español, pero no alcanzó a ser publicado.

Dichas Lecciones revelan un conocimiento vastísimo de la literatura medieval y renacentista española y contienen capítulos que conservan aún vigencia y actualidad, por lo que hemos procurado reunirlos en este volumen, como breve introducción a las letras españolas.

Argüello ya había publicado en León en 1903 una primera versión juvenil de sus Lecciones, que llegaría a utilizarse como libro de texto en colegios de secundaria de Centroamérica. Con el transcurso del tiempo profundizó sus conocimientos en la materia y adquirió una notable erudición histórica y literaria y un juicio crítico maduro e independiente. Más de dos décadas después publicó en Guatemala sobre el mismo tema y con el mismo título una obra mucho más extensa y cuidadosamente elaborada, de la que extraemos los capítulos reunidos en este libro.

Con rigor crítico hemos seleccionado lo que nos pareció que aún podría enriquecer a los lectores de hoy, resistiendo el embate del tiempo. En ocasiones, de un largo capítulo apenas retuvimos unas cuantas páginas. Este libro apenas quiere ser un aperitivo que estimule a conocer mejor la antigua literatura castellana.

Santiago Argüello recorre en sus Lecciones desde los albores de la lengua hasta el Renacimiento. Desfilan por ellas el Poema del Mío Cid, Alfonso X El Sabio, los antiguos juglares, Berceo, el Marqués de Santillana, Jorge Manrique, Garcilaso de la Vega y tantos otros. Sorprenderá descubrir en la vida y creación literaria de estas figuras ancestrales, situaciones y problemas muy modernos. La eterna lucha entre lo nuevo y lo viejo, la renovación continua de los estilos literarios, el contacto fecundante con literaturas extranjeras o el surgimiento imprevisto de genios como el Arcipreste de Hita o Garcilaso de la Vega, que renuevan las formas y acentos poéticos; son cosas de hoy y también de antaño. Y asimismo la tensa o complaciente relación entre literatura y poder político, entre creadores y gobernantes. El propio Rubén Darío buscó en estos antiguos autores españoles un conocimiento más hondo y depurado de la lengua y obtuvo de ellos grandes riquezas.

¡Qué riqueza sería contar con el volumen preparado por Santiago Argüello, hoy extraviado, sobre los grandes autores españoles del siglo de oro! Su tratamiento de los poetas y escritores medievales y renacentistas resulta cautivador, porque al revivir las vicisitudes de sus vidas, con sus pequeñeces y grandezas, en su búsqueda perenne del estilo y el dominio de la lengua, contemplamos fascinados hasta qué punto la humanidad permanece invariable. Pasan los siglos, pasan las escuelas literarias, se renuevan los estilos y lenguajes, pero la pugna creadora y la arcilla con que están hechos poetas y escritores, es siempre la misma.

El desarrollo de la lengua y la literatura española semeja una cordillera en la que se destacan algunos picos ilustres. Santiago Argüello incluye en sus Lecciones escritores de segunda y tercera fila, pero en esta selección nos concentraremos adrede en las obras y los autores capitales y, si alguna vez concedemos espacio a autores menores, lo hacemos únicamente por la amenidad con que se abordan.

Debido a su carácter antológico, este libro está formado por una serie de fragmentos hilvanados cronológicamente. Fragmentos que abren horizontes y poseen valor didáctico. Han pasado ya casi ocho décadas desde la publicación de esta obra y naturalmente será necesario matizar ciertos juicios históricos. Sin embargo, admira la amplitud de miras de estas Lecciones.

Santiago Argüello Barreto nació en León el 6 de noviembre de 1871 y murió en Managua el 4 de julio de 1940. En su juventud se doctoró en derecho en la Universidad de León en 1894, pero no ejerció la carrera y se consagró a la docencia y la escritura, llegando a ser director de los Institutos de Masaya, León y Managua, en los que enseñó literatura, filosofía, gramática e historia. “Educar”, afirma el polígrafo Jorge Eduardo Arellano, “fue el objetivo que animó casi toda su vida y obra”.

Su palabra era escuchada con respeto por la juventud nicaragüense y Darío le sugirió incluso lanzarse para presidente (y que le nombrara luego su representante diplomático en el Vaticano, cuya pompa cortesana y litúrgica fascinaba al poeta). Militó en el partido liberal cuando el liberalismo aún representaba el pensamiento crítico de la Ilustración y poseía una orientación positivista: fue alcalde de León en 1902, diputado en 1909 y senador en 1918. En 1910 salió expulsado de Nicaragua por el gobierno de Juan José Estrada, junto con Benjamín Zeledón y otros destacados liberales. Al imponerse la restauración conservadora, se trasladó a Cuba, Estados Unidos, Guatemala y Honduras. Evolucionó hacia la teosofía y llegó a profesar una intensa espiritualidad que sintonizaba con posturas filosóficas orientales y un cristianismo ajeno al dogma y la Iglesia. Escribió dos volúmenes sobre Platón y otro sobre Leonardo de Vinci. Ejerció cargos diplomáticos en representación de países latinoamericanos. Viajó por España, Francia e Italia. En Cuba fue declarado Hombre de América y la Universidad de La Habana le erigió un busto. Fue brevemente Ministro de Instrucción Pública durante el gobierno de Carlos Solórzano y Juan Bautista Sacasa y Somoza García le nombró Ministro de Educación en 1939; le sobrevino la muerte mientras desempeñaba su cargo.

Durante su exilio en Guatemala enseñó por muchos años literatura española en el Instituto Nacional y estas Lecciones son el fruto de su prolongada labor docente. El dictador liberal Jorge Ubico hizo publicar allá sus Obras en doce volúmenes. Fue escritor prolífico en verso y prosa; publicó alrededor de 30 libros y folletos en editoriales de Centroamérica, Cuba, Estados Unidos, España y Francia. Fue amigo personal de Darío y portavoz del movimiento modernista en Nicaragua.

Con el advenimiento del Movimiento de Vanguardia su obra fue execrada junto con la de todos los modernistas nicaragüenses, quedando excluido del canon literario.

Precisamente por ser uno de nuestros primeros modernistas y significar el centro de este modernismo, padeció sus virtudes y defectos y, posteriormente, el escarnio de la vanguardia. Por eso ha permanecido subestimado…aguardando un objetivo recuento y valoración que bien merece”, señala Julio Valle Castillo.

Jorge Eduardo Arellano pondera su “prosa orquestal, desbordante e intuitiva, capaz de conmover”. Y destaca que en su madurez Santiago Argüello depuró su estilo, superando la ampulosidad verbal que inicialmente le caracterizara.

Con este libro podrán por primera vez en décadas nuestros lectores y lectoras formarse un juicio propio sobre Santiago Argüello y considerar la posibilidad de un rescate selectivo y crítico de su obra.