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La puesta en cartelera del filme Polvo (2012), en el marco del Festival Icaro Nicaragua 2013, del joven realizador guatemalteco Julio Hernández Cordón, evidencia la identificación con una filmografía de un artista centroamericano, la cual es ya familiar para los amantes y seguidores de estos eventos, al recordar Gasolina (2008) y Las Marimbas del Infierno (2010), propuestas fílmicas de un marcado tinte personal, polémicas para algunos, por su diseño de producción y la temática, pero revestidas de un gran valor estético y ético, en la vertiente más fiel a la tradición del cine latinoamericano.

En el filme Polvo se pueden encontrar dos ejes temáticos de discusión, los cuales cruzan de manera transversal toda la trama. Por un lado está el tema de los desaparecidos, el fantasma de la represión militar, fresca en la memoria colectiva de la sociedad guatemalteca y centroamericana. Es una herida aún sangrante, por la magnitud de los hechos, las vidas truncadas de miles de indígenas desaparecidos, las secuelas traumáticas dejadas a las viudas, huérfanos, y la impunidad reinante todavía, sobre este trágico episodio de la historia reciente de Guatemala

El otro eje temático, problematiza aspectos de la vida cotidiana, de raigambre urbana, las cuales no dejan de tener también su contenido trágico, dependiendo del ángulo desde el cual se vea. Las relaciones de pareja, las separaciones, el desarraigo filial dejan huellas traumáticas, las cuales en muchos casos son difíciles de sobrellevar, más aún cuando se tiene la certeza y la entereza de reconocer lo que está de por medio en esas situaciones: la felicidad de los seres más queridos.

Las historias del indígena Juan y de Ignacio, joven capitalino, documentalista, comparten algunos elementos en común: sus vidas personales han sido afectadas por hechos que involucran a seres queridos, cercanos a su entorno familiar. A Juan la desaparición de su padre, y en cuanto a Ignacio la ruptura con su pareja afecta la relación con su hija. Ambos reconstruyen una memoria traumática de la que desean huir, y para lograrlo necesitan enfrentarse a esos fantasmas y reconocerlos como algo acabado.

Son dos mundos angustiados por los recuerdos que los atrapan en su vida cotidiana. Juan acepta reconstruir la forma en que los militares desaparecieron a su padre, al mismo tiempo esos recuerdos despiertan viejos rencores y disputas. Ignacio va al campo a documentar las masacres de indígenas, cargando el recuerdo de su hija y el temor ante el desarraigo, producto de la lejanía, y que la pequeña ya no lo reconozca como padre.

El título del filme trata de problematizar la condición humana. Por un lado, la materialidad de la vida y su finitud. Por otro, expresa la validez de la conciencia y de los hechos intangibles de la vida, los cuales no perecen, se conservan en la memoria individual y colectiva.

Desde el punto de vista técnico, el uso del blanco y negro y los contrastes de luz y sombra contribuyen sobremanera a crear la atmósfera de incertidumbre y angustia que envuelve la existencia de los personajes principales y el drama que viven. El diseño de producción refleja una propuesta austera, pero rica en simbología, apelando con ello a la reflexión sobre los temas y problemas sociales de nuestra cotidianidad.